CAPÍTULO 17
El cuerpo como moneda
El cuerpo siempre paga antes que la palabra.
Lo entendí cuando dejaron de llamarme para “aclarar” y empezaron a invitarme a cenar. No amenazas. No sobornos evidentes. Algo más antiguo y eficaz: presencia.
—Solo queremos hablar —decían—. Sin grabadoras. Sin abogados.
El lugar era siempre el mismo tipo de sitio: restaurantes caros que no hacen ruido, luces bajas que prometen discreción, camareros entrenados para no recordar caras.
El poder también tiene fetiches.
La primera fue una asesora ministerial. Inteligente. Directa. Demasiado segura de su propio atractivo como herramienta.
—Esto se está volviendo incómodo —dijo, sin rodeos—. Para todos.
—La incomodidad es el síntoma —respondí—. La enfermedad viene de antes.
Sonrió. Cruzó las piernas con una lentitud estudiada. No era seducción. Era una oferta.
—Hay formas de colaborar —añadió—. Beneficios mutuos.
Ahí estaba la moneda sobre la mesa.
No me propuso sexo. Me propuso interpretarlo. El gesto, la insinuación, la posibilidad flotando como un contrato no escrito.
El cuerpo como mensaje: yo puedo darte acceso, protección, cercanía.
—No estoy en venta —dije.
—Todos lo están —respondió—. La diferencia es el precio.
Se levantó antes de que pudiera replicar. Sabía que había dejado algo. No deseo. Duda.
Llamé a Greta apenas salí.
—Están cambiando de estrategia —le dije—. Ya no quieren borrar. Quieren comprar.
—¿Con dinero?
—Con cuerpos —respondí—. Con lo que representan.
Porque el cuerpo no es solo carne. Es estatus, promesa, pertenencia. Estar cerca del cuerpo correcto abre puertas que ningún archivo puede forzar.
Esa noche, Ledesma confirmó lo que temía.
—Hay testigos retractándose —dijo—. De repente “recuerdan mal”. “Confundieron sensaciones”.
—¿Qué les ofrecieron? —pregunté.
—Silencio cómodo —respondió—. Cama limpia. Futuro sin sobresaltos.
El sistema siempre paga en cuotas pequeñas, pero constantes.
Pensé en los archivos de Glen. En cómo había convertido el deseo en jaula. Ahora el poder hacía lo contrario: convertía el deseo en salvación.
—El cuerpo como moneda —murmuré—. Viejo truco.
—Funciona —dijo Quinn—. Siempre.
Me quedé mirando mi reflejo en la ventana. Ojeras. Cansancio. Un cuerpo que ya no era joven ni útil como promesa.
Y entendí algo brutal:
Yo ya no era comprable por ese método.
Eso me volvía peligroso…
Y prescindible.
Esa misma madrugada recibí un mensaje nuevo, más amable que el anterior:
“No seas rígido. Todo el mundo necesita contacto.”
Borré el mensaje sin responder.
Porque el contacto que ofrecían no era humano.
Era contable.
Y supe que el siguiente movimiento no sería seducir ni amenazar.
Sería reemplazar.