El cadaver tambien rie

    CAPÍTULO 19: La invitación imposible

CAPÍTULO 19

La invitación imposible

La invitación llegó en papel.

No correo. No mensaje cifrado. Papel grueso, tipografía sobria, sin logotipo. Un gesto innecesario, y por eso mismo significativo.

Conversación privada. Sin grabaciones. Sin intermediarios.

El sustituto sabía exactamente qué estaba haciendo. El papel no era cortesía: era escenografía.

—No vayas —dijo Greta cuando se lo mostré.

—Claro que voy —respondí—. Eso es lo que espera.

—¿Entonces?

—Entonces haré algo que no espera.

El lugar era un despacho prestado, en un edificio que no figuraba en ningún organigrama oficial. Ni viejo ni nuevo. Funcional. Neutral. El tipo de sitio donde las decisiones se sienten temporales, aunque duren décadas.

El sustituto ya estaba allí. De pie. Sin prisa.

—Gracias por venir —dijo—. Habla bien de usted.

—Habla de mi curiosidad —respondí—. No la confunda con docilidad.

Sonrió. No por nervios. Por cálculo.

—No soy su enemigo —dijo—. Soy su evolución lógica.

—Eso dicen todos los reemplazos —respondí.

Se sentó. Me ofreció café. Rechacé. El primero no siempre es importante.

—Usted cree que expone el sistema —continuó—. Yo creo que lo obliga a adaptarse. Y eso es valioso.

—¿Para quién? —pregunté.

—Para todos —respondió—. Incluido usted.

Ahí estaba. La invitación real.

—Podría ocupar un rol —añadió—. Crítico, pero integrado. Una voz incómoda, sí, pero legítima. Eso protege más que la marginalidad heroica.

—¿Protege a quién? —insistí.

—A la conversación —dijo.

Casi me reí.

—No quiere conversación —respondí—. Quiere marco.

Su expresión no cambió. Los buenos no se delatan.

—Glen Miller cometió errores —continuó—. Usted lo sabe. Yo también. Pero usted insiste en el escándalo. Yo propongo continuidad.

—Con mejores modales —dije.

—Con menos cadáveres —respondió.

Silencio.

Ahí estaba el chantaje verdadero. No sexo. No archivos. Responsabilidad moral.

—Si sigue así —añadió—, alguien más va a pagar el costo. Siempre pasa.

—¿Me está amenazando? —pregunté.

—No —dijo—. Le estoy ofreciendo una salida elegante.

Lo miré. Por primera vez, vi algo parecido a convicción. No ética. Convicción administrativa.

—Usted no cree en la verdad —dije—. Cree en la estabilidad.

—La verdad sin estabilidad es ruido —respondió—. Y el ruido se silencia.

Me levanté.

—No vine a negociar —dije—. Vine a confirmar algo.

—¿Qué cosa? —preguntó.

—Que el monstruo ya no necesita colmillos —respondí—. Solo buenos modales.

No intentó detenerme. Sabía que no hacía falta.

Al salir, encontré a Quinn esperándome en la calle.

—¿Y? —preguntó.

—Es peor de lo que pensábamos —respondí—. No quiere destruir nada.

—¿Entonces?

—Quiere que todo continúe… pero sin fricción.

Ella asintió.

—Eso es lo más difícil de combatir.

Miré el edificio una última vez. Ventanas limpias. Ninguna luz encendida. Perfecto.

La invitación había sido imposible de aceptar.
Y también imposible de ignorar.

Porque ahora sabía algo crucial:

El sustituto no iba a cometer errores.

Así que el error tendría que venir…
De otro lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.