CAPÍTULO 21
La víctima necesaria
Toda estructura necesita un cuerpo.
No uno cualquiera.
Uno creíble.
El nombre apareció un viernes por la tarde, cuando la atención pública ya empezaba a cansarse. Ni demasiado importante ni demasiado irrelevante. Alguien con acceso, con ambición, con errores documentables.
Perfecto.
—Ya eligieron —dijo Quinn sin sentarse—. Y no es bonito.
—Nunca lo es —respondí—. ¿Quién?
Me dijo el nombre. No lo repetiré. No porque no importe, sino porque eso es exactamente lo que el sistema necesita: que importe lo justo.
—Lo van a mostrar como el nodo corrupto —continuó—. El que “excedió funciones”. El que “malinterpretó lineamientos”.
—El chivo expiatorio ilustrado —dije—. Con vocabulario técnico.
—Y pruebas suficientes —añadió—. No falsas. Seleccionadas.
Ahí estaba la precisión quirúrgica. El poder no inventa cuando puede editar.
El sustituto apareció esa misma noche, con gesto grave y palabras suaves.
—Hemos detectado desviaciones inaceptables —dijo—. La institución no puede tolerar prácticas individuales que traicionan su espíritu.
El espíritu. Siempre absuelto.
Greta estaba furiosa.
—Es obsceno —dijo—. Lo usan para cerrar todo. Para decir “ya aprendimos”.
—Y muchos lo creerán —respondí—. Porque necesitan creer que el problema tenía nombre propio.
La víctima declaró dos días después. Voz quebrada. Asesorado, pero no protegido del todo.
—Asumo mi responsabilidad —dijo—. Nunca debí actuar solo.
Solo.
Ahí murió la red.
Nadie mencionó supervisiones. Incentivos. Silencios compartidos. Solo un individuo que se equivocó demasiado.
—¿Y los archivos? —preguntó Vera—. ¿Y el índice?
—Quedan como “material en análisis”, —respondió Quinn. —Traducción: congelados.
La maquinaria respiró aliviada.
Yo no.
Porque vi algo que los demás no estaban mirando:
La víctima no estaba sorprendida.
Estaba… aliviada.
Había recibido lo que necesitaba: una narrativa clara, un castigo limitado, una promesa implícita de que el daño no sería eterno.
El sacrificio también es un contrato.
—Aceptó —murmuré—. Porque le garantizaron que no caería solo.
—Exacto —dijo Quinn—. Porque el sistema nunca abandona a quien muere bien.
Esa noche caminé sin rumbo. La ciudad seguía intacta. Los bares están llenos. Las risas. La vida normal que siempre gana.
Pensé en Glen. En cómo había creído controlar el deseo ajeno.
Pensé en el sustituto. En cómo controlaba ahora la interpretación.
Y entendí algo que dolía más que cualquier derrota:
El sistema no teme perder una batalla.
Teme perder la capacidad de cerrar historias.
Y esta, por ahora, estaba cerrada.
Con un cuerpo en el centro.
Con una lección cuidadosamente empaquetada.
Con la promesa tácita de que no volvería a pasar.
Mentira antigua.
Eficaz.
Pero no definitiva.
Porque, aunque el público aceptara el final,
aunque los archivos durmieran otra vez,
aunque el monstruo sonriera con modales nuevos…
Yo sabía algo que ellos no podían borrar:
La historia había quedado incompleta.
Y las historias incompletas…Siempre regresan.