Epílogo
Las cosas no volvieron a la normalidad.
Solo se acostumbraron a la nueva forma de lo anormal.
La fundación siguió existiendo, con otro nombre, otro logo, otro lenguaje. El sustituto ascendió sin ruido. No como victoria, sino como consecuencia. Nadie lo celebró. Nadie lo cuestionó. Eso fue su triunfo.
Julie Quinn fue reubicada. Un despacho sin ventanas. Un cargo que sonaba a ascenso y se sentía como una pausa larga.
—No me echaron —me dijo—. Eso ya es algo.
—El sistema también sabe ser generoso —respondí—. Cuando conviene.
Greta Hyde publicó su investigación. No toda. La suficiente. Un libro incómodo, citado sin ser leído, discutido sin ser entendido. Funcionó como funcionan esas cosas: sembró frases que otros usarían mal.
—¿Valió la pena? —Me preguntó una noche.
—Todavía no lo sé —respondí—. Tal vez nunca.
Los archivos siguieron durmiendo. No destruidos. No accesibles. Suspendidos en ese limbo administrativo donde las verdades esperan a que cambie el clima político.
A veces recibía mensajes. Breves. Sin amenaza.
“Sabemos que sigues ahí.”
“El equilibrio es frágil.”
Nunca respondí.
Aprendí algo esencial en esos meses:
El poder no necesita ganar siempre.
Solo necesita que la gente se canse.
Y muchos se cansaron.
Yo también, un poco.
Pero no lo suficiente.
Una mañana encontré algo en el buzón. Un sobre sin remitente. Dentro, una hoja arrancada de un cuaderno. Letra que no reconocí.
“La historia no terminó. Solo cambió de narrador.”
Sonreí. Por primera vez en mucho tiempo.
Porque entendí que eso era verdad.
El monstruo no murió.
Pero ya no era invisible.
Y a veces, eso es todo lo que una historia puede hacer:
no salvar el mundo,
no destruir el sistema,
Sino dejar marcas.
Pequeñas. Persistentes.
Como una grieta en algo demasiado limpio.
Y mientras exista alguien que huela esa limpieza y desconfíe,
Mientras alguien recuerde que hubo archivos, cuerpos, contratos y silencios…
La historia seguirá ahí.
Incompleta.
Esperando.