El café de las segundas oportunidades

Capítulo 1: El reencuentro bajo la lluvia

El olor a canela y café recién molido siempre había sido mi refugio, pero esa tarde de lluvia, mi pequeña cafetería se sentía más vacía que nunca. Estaba a punto de girar el cartel de la puerta a "Cerrado" cuando el sonido de las campanillas me detuvo.

Entró una ráfaga de viento frío, y con ella, el hombre que congeló mi mundo.

Era él. Adrián.

Llevaba el cabello oscuro ligeramente mojado por la lluvia y una chaqueta de cuero que le daba un aire informal pero impecable. Sus ojos, de ese verde intenso que yo había intentado olvidar durante dos largos años, se clavaron en los míos. Se quedó estático en el umbral, como si temiera que yo fuera un espejismo.

—Hola, Maya —dijo, y su voz, pausada y cálida, envió un escalofrío directo a mi corazón.

—Adrián... —apenas pude pronunciar su nombre. Dejé el paño sobre la barra, sintiendo que las piernas me temblaban—. ¿Qué haces aquí? La última vez que supe de ti, aceptabas ese puesto en el extranjero.

Dio unos pasos hacia mí, acortando la distancia con esa seguridad tranquila que siempre lo había caracterizado. Se detuvo al otro lado de la barra, tan cerca que pude percibir el aroma a lluvia y a su colonia de siempre.

—Volví, Maya. Volví por ti —confesó, sin apartar la mirada ni un segundo—. Pasé cada día intentando convencerme de que dejarte ir había sido lo correcto para crecer profesionalmente. Pero la verdad es que ninguna ciudad se sentía como mi hogar... porque mi hogar eres tú.

El dolor del pasado y las noches de extrañarlo parecieron disolverse bajo la calidez de su mirada. Sin embargo, el miedo fue más fuerte.

—Adrián, ha pasado tiempo... las cosas cambian —susurré, intentando poner una barrera.

Con extrema delicadeza, él estiró la mano sobre la barra y rozó mis dedos con los suyos. El contacto eléctrico me hizo dar un respingo. Adrián entrelazó sus dedos con los míos, con una suavidad que me prometía que esta vez no se marcharía.

—Sé que te herí al irme —murmuró, inclinándose un poco, su rostro quedando a centímetros del mío—. Pero no he venido a pedirte que olvides. He venido a pedirte que me dejes empezar desde cero. Déjame enamorarte de nuevo.

—¿Y si tengo miedo de volver a salir herida? —confesé en un hilo de voz.

Adrián sonrió, una sonrisa pequeña, dulce y llena de ternura.

—Entonces iré tan despacio como tú quieras. Solo te pido una oportunidad, Maya. Una cita. Mañana por la noche. Si después de eso me pides que me vaya, lo haré.

Miré nuestros dedos entrelazados. Mi mente decía que era peligroso, pero mi corazón ya había tomado una decisión.

—Está bien —acepté en un susurro—. Una cita.




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