El café de las segundas oportunidades

Capítulo 2: Una promesa en el aire

Al día siguiente, los nervios me carcomían. Me había puesto un vestido sencillo de color verde agua, el favorito de Adrián, y apenas pude concentrarme en cerrar la cafetería. A las ocho en punto, los faros de un auto iluminaron la acera.

Cuando salí, Adrián ya estaba esperándome debajo de un paraguas. Al verme, sus ojos verdes brillaron con una intensidad que me hizo olvidar el frío de la noche.

—Estás hermosa, Maya. Siempre lo has estado —dijo, ofreciéndome su brazo.

No fuimos a un restaurante lujoso. Adrián me llevó al pequeño parque botánico de la ciudad, que esa noche estaba extrañamente vacío y decorado con luces cálidas. Caminamos despacio, compartiendo un silencio que, en lugar de ser incómodo, se sentía extrañamente reconfortante, como si los dos años de distancia nunca hubieran existido.

—He pensado en ti todos los días —rompió el silencio Adrián, deteniéndose frente a un estanque donde se reflejaban las luces—. En París, en Nueva York... no importaba qué tan hermoso fuera el lugar, siempre me descubría deseando que estuvieras ahí para verlo conmigo. Fui un tonto al pensar que el éxito profesional llenaría el vacío que dejaste.

Me giré hacia él, sintiendo una opresión en el pecho.

—Me dolió mucho tu partida, Adrián. Me quedé aquí, construyendo mi sueño con la cafetería, pero siempre mirando la puerta, esperando que regresaras.

Adrián soltó el paraguas, dejándolo caer a un lado, y tomó mis dos manos entre las suyas. Sus manos estaban cálidas, un contraste perfecto con la brisa nocturna.

—Lo sé, y me arrepentiré toda la vida de haberte hecho llorar —dijo, y su voz tembló ligeramente por la emoción—. Pero he renunciado a los contratos internacionales. He vuelto para quedarme, para abrir mi propio estudio aquí. No quiero una vida exitosa si no es contigo, Maya.

La sinceridad en sus palabras era palpable. Ya no había rastro del hombre que priorizaba su carrera; frente a mí estaba el Adrián que me amaba con todo su ser. Él acortó la distancia, levantando una mano para acariciar mi mejilla. Su pulgar delineó mi pómulo con una ternura que me desarmó por completo.

—Te amo, Maya. Nunca dejé de hacerlo —susurró, acercando sus labios a los míos.

El espacio entre nosotros se redujo a nada. Esperé el beso, pero justo cuando nuestras respiraciones se mezclaron, un trueno resonó en el cielo y las luces del parque se apagaron por completo, dejándonos en una penumbra mágica.




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