El repentino apagón nos tomó por sorpresa, pero ninguno de los dos se movió. En medio de la oscuridad, guiados solo por la tenue luz de la luna que se filtraba entre las nubes, la cercanía de Adrián se volvió el centro de mi universo.
—Parece que el destino no quiere esperar más —murmuró Adrián con una sonrisa que pude sentir contra mi piel.
—A veces el destino es impaciente —respondí, dejando ir por fin todos mis escudos.
Ya no había dudas, ni miedos, ni pasado. Solo estábamos nosotros dos.
Adrián rompió la última distancia y sus labios buscaron los míos. El beso comenzó con una timidez casi dolorosa, un roce suave que pedía permiso, pero en cuanto mis manos subieron a su nuca y me pegué a su pecho, el beso se transformó. Fue un encuentro lleno de alivio, de promesas silenciosas y de un amor que había resistido el tiempo y la distancia. Sabía a café, a lluvia y a un regreso a casa definitivo.
Cuando nos separamos, jadeando suavemente, él apoyó su frente contra la mía. Sus brazos me rodeaban la cintura con fuerza, como si temiera que el viento pudiera llevarme.
—No te voy a soltar nunca más —prometió, besando la punta de mi nariz.
—Más te vale, Adrián. Porque no pienso dejarte ir dos veces —respondí, sonriendo con el corazón desbocado de felicidad.
Caminamos de regreso bajo su paraguas, compartiendo risas y planes para el futuro. Al llegar de nuevo a la puerta de mi cafetería, el lugar donde todo había vuelto a empezar, supe que las segundas oportunidades sí existían. A veces, la vida te aleja de alguien solo para demostrarte que, sin importar las vueltas que dé el mundo, hay corazones que están destinados a encontrarse en el mismo café, bajo la misma lluvia, para siempre.