El tintineo de las campanillas de la entrada ya no me generaba esa punzada de soledad de antaño. Ahora, cada vez que sonaba, una sonrisa automática se instalaba en mis labios.
La cafetería estaba llena. El aroma a café tostado, pan recién horneado y risas flotaba en el aire. Pero mi mirada se desvió de inmediato hacia la mesa del rincón, nuestra mesa. Allí estaba Adrián, concentrado en su tableta digital, revisando los planos de su nuevo estudio de arquitectura. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas y sus gafas de lectura puestas, un look que, aunque intentara negarlo, me volvía loca.
Como si sintiera mi mirada, levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los míos y me dedicó esa sonrisa de medio lado que guardaba exclusivamente para mí.
Dejé la bandeja en la barra y caminé hacia él con una taza de su café favorito.
—Un americano con un toque de avellana para el arquitecto más brillante de la ciudad —dije, colocando la taza frente a él.
Adrián atrapó mi mano antes de que pudiera retirarla, obligándome a sentarme en su regazo.
—Gracias, preciosa —murmuró, depositando un tierno beso en mis labios que supo exactamente a felicidad—. Aunque el café es solo el segundo motivo por el que vengo aquí todos los días.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es el primero? —pregunté juguetona, enredando mis dedos en su cabello oscuro.
—Ver a la dueña. Sigo intentando convencerla de que se mude conmigo de forma definitiva.
Sonreí, sintiendo un calorcito hermoso en el pecho. Hacía apenas una semana que me lo había propuesto formalmente, y la verdad es que ya no tenía miedo. El pasado era solo un recuerdo lejano, una lección que nos había enseñado a valorar lo que teníamos.
—Bueno, he estado pensando en tu propuesta... —lo miré fijamente, haciéndome la interesante—. Y creo que la cafetería puede funcionar perfectamente sin mí por las noches. Así que... acepto. Me mudo contigo, Adrián.
Los ojos de Adrián se abrieron de par en par, brillando con una alegría pura. Sin importar que estuviéramos en medio del local lleno de clientes, me tomó por la cintura y me unió a él en un beso profundo, lleno de pasión y de una gratitud inmensa. Un beso que gritaba futuro, uno que habíamos construido juntos, paso a paso, con paciencia y mucho amor.
Cuando nos separamos, él apoyó su frente contra la mía, con la respiración un tanto agitada.
—Te amo, Maya. Gracias por no cerrarme la puerta aquella tarde de lluvia.
—Te amo, Adrián. Gracias por volver a casa.
Fuera, el sol de la tarde brillaba con fuerza, iluminando nuestro presente y el hermoso camino que aún nos quedaba por recorrer. Porque algunas historias no terminan con un punto final, sino con un nuevo comienzo.
FIN
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