Hartley
Las luces son ostentosas para mi gusto una vez que salgo a la acera desde el vehículo.
No entiendo para qué se monta tanto espectáculo, ni tampoco lo comprendí cuando abandoné la comodidad de la sala de estar.
No tengo motivo alguno para pensar que no vale la pena el espectáculo que voy a darles. Yo, Hartley Sherwood, planeo ser el titular del periódico mañana por la mañana.
Nunca es difícil, así que este público no puede ser la excepción.
Mis padres, la pareja Sherwood, se adelantan a propósito hacia el recibidor de la mansión frente a nosotros. Me tomo el tiempo necesario en sacar el estuche del equipaje, y paso los dedos por el cuero con calma.
Hoy también es una buena noche para dar una función.
Los postes de luz fallan un poco en protesta a la lluvia, pero los entiendo. A mí tampoco me agrada tanto que digamos.
Me reciben en la entrada apretones de manos y varias miradas de chicas que quizá habré visto en otras casas. No soy bueno con los nombres, pero esa es la menor de las preocupaciones ahora. El resto de violinistas me observa casi por encima del hombro.
Nunca se saluda a la competencia, o al menos en esta parte del reino.
Camino por la alfombra color crema a mis pies hasta el salón en el que al verme las parejas ocupan. Siempre es lo mismo, se escuchan los pasos a mi espalda mientras me posiciono al lado de otros dos jóvenes, que portan el mismo traje negro que yo, tanto camisa como saco.
Saco el violín del estuche, siendo testigo de la expectación de todos los invitados que visten su mejor atuendo esta noche.
Como cada vez que toco, acomodo los puños del traje como sea mejor, y entonces coloco el instrumento en posición.
Las notas, calmadas como una brisa de atardecer, inundan el lugar con la melodía perfectamente ensayada a la que el grupo entero da vida.
Pronto comienza el vals, uno que todos conocen al ser mi última pieza compuesta. Mis dedos conocen el arco demasiado bien como para equivocarse, y ni hablar de las cuerdas que se hacen conocer con sus mejores notas. Esta vez se toca mi composición, fue la mejor de todas las que han creado mis compañeros.
El salón de baile, con ventanales con cortinas de terciopelo, se llena entero al centro para bailar al compás de la música.
La misma que dejó de ser mi vida entera desde hace mucho tiempo, aunque no se lo confiese a nadie.
Como todas las canciones en Poregrath, esta cuenta una historia. Una que tardaré un poco más en reconocer, pero que posee un tono melancólico, como si alguien se preparara para un último duelo con quien ama.
Caballeros dignos, damas con altas reputaciones, todos se congregan cerca de mí, disfrutando de las notas y notas que abandonan el instrumento.
…
Me paso una mano por el cabello, más cansado de lo que recordaba en esas semanas. Incluso me deshice del traje, está colocado sobre el espaldar de la silla de madera en la que me encuentro.
Leith está a mi lado, cada vez que volteo lo encuentro exhalando humo. Así que tomo mi propia pipa, dejando de lado de una vez todas las formalidades.
—Así que… —empieza, riéndose—, ¿tocaste otra vez? ¿Incluso después de hablar con ellos?
Miro a mi alrededor en la cantina, pero termino por asentir.
Me subo las mangas de la camisa blanca hasta los codos, incapaz de pensar en muchas respuestas para acabar con las preguntas. Son inevitables para este punto de la vida en que parece que toco fondo, yo creo.
Sostengo la astilla sobre la vela en la mesa, haciendo que se incendie un poco. Entonces logro encender lo que necesitaba.
—¿Sólo vine para verte fumar? —Leith me da un codazo, pero no despego la mirada de la pipa incluso después de retirármela de los labios.
—¿Qué quieres que diga? —murmuro, negando—. No es mi culpa ser un imbécil.
Él asiente, pidiendo otro par de tragos.
No es que los últimos días me haya ido excelentemente, así que es de entenderse la compasión, aunque me cause repulsión pensarlo así.
No me gusta que nadie sienta compasión por mí cuando se trata de mi lamentable vida entre la música.
—¿Sabes? Hace mucho tiempo era más fácil —continúa Leith, haciendo el mismo gesto con las manos de siempre que quiere lograr que entre en razón—. Tú ibas a esa otra academia, te saltabas las clases… ¿Por qué ahora no hacer lo mismo?
—En primer lugar, porque saltarme las clases era una opción cuando no había nadie que conociera ahí —replico, comenzando a tomar el licor sobre la mesa—. Era más sencillo cuando mis primos no estaban en la misma clase que yo.
Niega, pensativo.
—Debiste hacer algo cuando te propusieron ese contrato, Sherwood. Es apenas la quinta presentación, y la verdad no se te ve feliz por ningún lado.
—Lo hago por mi familia, lo sabes.
Ahora, con veinte años, no siento que haya cambiado nada respecto a eso. Desde que tengo idea del concepto llamado “deber”, no hay otra cosa que tenga más importancia.
Es como si estuviera escrito a fuego en mi consciencia, en alguna parte.
Si es que tengo una, por supuesto.
—No creo que exista alguien más infeliz que tú en este lugar, si te soy sincero —Leith suspira, obligándome a mirarlo la segunda vez que lo hace.
—Pues lo hay. Podría tener compromiso con alguna casa y no tener dinero para llevar a ella. Justo aquí, hay mucha gente que pasa por esa situación. O quizá…, que mi matrimonio no funcionara, eso también.
Me apiado de todas esas personas, porque sé que están aquí. Pero eso mismo no se justifica con nada de lo anterior.
—¿Puedo preguntarte algo, Hartley?
Asiento, vaciando el vaso.
—¿Le tienes miedo al compromiso?
—Le tengo miedo a que no aparezca en mi vida.
Porque necesito algo que hacer bien, para variar. Todo el tiempo, o un poco menos de eso.
—¿Te refieres a estar con alguien?
—No, me refiero a que nadie más me ofrezca un contrato —suspiro, apoyando los codos en la mesa—. Lo estoy haciendo todo mal.
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Editado: 13.06.2026