4
Jaylynn
Cuando camino por el callejón al lado de Dave y Achard, trato de ver más allá de nuestros propios pasos, tal y como me ha dicho demasiadas veces el último.
Ciudad Carta es sencilla cuando se trata de planear cosas. Todos siempre tan ocupados en sus vidas extravagantes y lujosas…
Las calles empedradas parecen de la mejor calidad, sin mencionar los escaparates de tiendas y tiendas. Hemos pasado al menos tres tiendas de joyería, y todas estaban relativamente llenas.
Me parece una tontería, tomando en cuenta que algunos terrenos cerca de aquí no son tan dados a los negocios.
La tela que me cubre la parte baja de la cara resulta asfixiante para este momento a pesar del frío y por eso la aparto y guardo en el bolsillo, deteniéndome cuando noto una luz extrañamente radiante al final del callejón.
—Parece el inicio de otra tienda lujosa —murmuro, pero Dave se lleva un dedo a los labios, también bajo un trozo de tela negra.
Esto es absurdo. No hay nadie que pueda escucharnos, no sé por qué arman tanto alboroto.
—¡No tan rápido!
Una voz llega desde la misma distancia, y pronto un muchacho aparece en medio de la luz que sale del local, corriendo sobre el empedrado.
—Leith, la cosa no es ir rápido —quien se observa es la segunda voz, arrastra las palabras—. Yo tengo que ganar.
No alcanzo a ver con claridad nada desde donde nos pegamos a los ladrillos, pero al final de la calle está ese joven, que más que otra cosa parece estar pasándosela bien.
Achard se tensa y lleva una mano al cinturón de cuero que enfunda una pistola.
Qué ridículo.
—¿Qué piensas hacer? —pregunto en voz baja, dándole un codazo—. Está borracho, no tienes que disparar.
—Entonces tráelo hasta aquí —replica, impasible—. Una u otra cosa.
—No quiero hablar con ese idiota, ¡tiene una botella en la mano! —sigo susurrando, y el pánico empeora cuando noto que Dave me mira nervioso—. ¿Para qué nos sirve?
Nadie responde, pero debe ser importante. De otro modo no estaríamos aquí, vigilándolo.
—Tienes dos segundos o le dispararé para que sea más sencillo —murmura Achard, y yo suspiro con frustración.
Avanzo con cuidado con la intención de ver al muchacho algo más de cerca. Está totalmente borracho, mientras habla y ríe con otra persona que quizá se encuentra a una distancia cercana.
No pueden disparar porque no está solo.
De tener sentido común lo pensarían, pero Achard es un idiota.
—No lo hará —escucho que murmura Dave—. Tiene tanto miedo a esto que ni siquiera piensa las cosas, Sorsha se encargará en cuanto termine en la casa.
Me quito la capa negra que los tres portamos, dejándola en el piso. Pronto abandono las sombras, acercándome a la calle iluminada sin nada que cubra quién soy.
—Disculpa… —empiezo, acercándome al desconocido.
—¡Hartley Sherwood una noche más, damas y caballeros! —hay otro chico que grita en los escalones de la cantina, ese era el local—. Esta vez no hay nadie que te detenga.
—¡Cierra la boca, Leith! —replica este, dando un traspié en el proceso.
No se me escapa que al escuchar el primer nombre mis amigos se movieron algo más cerca de nosotros, así que realmente vamos por el camino que esperan.
El tal Leith desaparece dentro de la cantina, luego de reírse.
Logro tomar a Hartley del brazo antes de que caiga, y sólo por eso se vuelve. Es como si ni siquiera me hubiera notado antes. Trata de adoptar un aire relajado, aunque hace dos segundos estuviera a punto de estrellarse contra el empedrado.
Cuando lo miré de lejos, no creí que era esto lo que encontraría. Tiene la camisa blanca arrugada y las mangas hasta los codos, el cabello castaño algo revuelto y ni hablar de la botella de champaña que ahora mismo noto está vacía. Es el aspecto de quien se porta mal pocas veces.
No puede ser quien buscan, parece demasiado… No parece el tipo de persona que se involucraría en problemas con nosotros.
—Señorita —sonríe, y no ha dejado de observarme. Se le marcan los hoyuelos en la piel bronceada—. ¿Usted me conoce?
Me entristece un poco decir que no, porque realmente se ve como una persona interesante.
Y lamento un poco que su tono sea tan jovial. Debe tener como diecisiete o dieciocho años.
—No lo creo —digo, sin poder evitar compartir la sonrisa—. ¿Usted me conoce a mí?
—Lamento que no sea así, porque es usted… —niega, todavía atento a mis facciones—. Es usted una hermosa melodía.
—¿Melodía? —repito, divertida. Entonces recuerdo por qué estoy hablando con él—. ¿Sabes cómo llegar a la calle principal desde aquí? Me siento algo desorientada sin los faros encendidos.
—Oh, claro que sé. Conozco esta ciudad mejor que a mí mismo —dice, mientras divaga sobre quién sabe qué de las constelaciones que vemos hoy en el cielo. Me hace cuestionarme si de verdad estamos con la persona correcta, pero poco a poco se acerca al callejón.
Suelto su brazo una vez que la sombra nos cubre a ambos, y miro a los dos que nos esperan.
—Avísenle a Sorsha que no tiene nada que hacer aquí —anuncio, irritada—. Y más les vale.
Sin aviso, Dave le da a Hartley un puñetazo directo al estómago, seguido de otros más a las costillas que Achard completa. El muchacho se dobla de dolor en el piso, impotente.
—¡¿Qué haces?! —se me olvida por un instante el silencio que debo guardar, pero logro regular el tono—. Dave, no hagas eso, no se puede defender.
—¿Y crees que querríamos que se defienda? —replica Achard, mirando al muchacho que yace en el piso, con la nariz sangrando e inconsciente.
—Lo necesitan vivo, ¿no es así? —suelto, incrédula—. Puede ahogarse con la sangre, idiota.
Dave se sorprende ante lo último, pues no es un secreto lo mucho que lo aterra Achard. Este, sin embargo, se limita a reírse.
—Mañana por la mañana tendremos una historia muy buena sobre cómo no usaste ni un arma para traerlo hasta nosotros —es todo lo que dice.
#1613 en Otros
#81 en Aventura
#4988 en Novela romántica
drama y suspenso, aventura accion, amistad aventuras romances y misterios
Editado: 13.06.2026