Hartley
Me siento mareado.
No, creo que estoy muriéndome.
La cabeza me da vueltas, y apenas abro un poco los ojos siento la urgencia de cerrarlos de nuevo.
A mi espalda se siente el tacto de madera. Madera fría. Enfoco la vista a mi pesar, mucho más que confundido. ¿Me dormí sentado? Estoy en una habitación. Una que jamás había visto en mi vida.
Quizá no es una habitación. Es una bodega, o al menos eso parece.
Pero termino con la calma que me quedaba al notar los nudillos atados con una soga gruesa.
Tengo sangre en la camisa. No me costaría pensar que es mía, con todo el dolor de cabeza que siento.
Me cuesta demasiado mirar a un punto fijo, porque la vista enseguida me falla.
Me apoyo en la pared con fuerza y así logro enderezarme, a pesar del dolor palpitante en el hombro. Hay docenas de cajas de madera en este lugar, así que trato de ver en los orificios cuál es el contenido.
No lo logro. No tengo idea de cómo me mantengo en pie cuando el piso sobre el que me encuentro se sacude con violencia.
¿Qué está pasando?
Me siento mareado. Tanto como lo he estado tan solo una vez.
Mientras viajaba hacia…
Hoy tengo que asistir a la academia, no puedo faltar.
El pánico se apodera de mí cuando comprendo la situación.
La puerta de madera se abre de golpe, un hombre se queda mirándome confundido.
—La golpiza de anoche debió dejarte durmiendo hasta el medio día —murmura, sin dejar de escrutarme.
—Vaya sorpresa, porque estoy despierto —suelto con molestia, recordando exactamente lo que pasó.
Por eso me duelen las costillas. Este hombre fue uno de los dos que me golpeó.
A su espalda se ve el cielo, azul y vasto… y muchas redes.
Mástiles. Redes.
Estoy en un barco.
—¿Quién eres, imbécil? —pregunto, ya sin nada que perder—. ¡Te hice una pregunta!
—Ten cuidado con lo que dices, Sherwood, porque igual esto funcionará si vives o mueres —advierte, y me rio de él.
—¿Cómo sabes mi apellido? ¿Sabes qué pasará cuando se enteren de esto? ¡¿Sabes que te vas a quedar en la cárcel hasta tu último día?!
—¿Qué está pasando?
Una chica rubia, con el cabello apenas largo para rozar sus hombros se acerca a nosotros, a la entrada de este cuarto.
No respondo, estoy demasiado furioso con todo esto. No tengo mi reloj, pero sé que no llegaré a tiempo ni hoy ni mañana.
—Nada, Leonie —murmura con sorna—. La mercancía sabe hablar, después de todo. No como anoche, que se dejó golpear como un cobarde.
—Veamos qué tan cobarde soy —replico, acercándome hasta salir de la habitación, quedando frente a ambos—. Cuando no tenga esto en las manos, idiota, te vas a arrepentir.
—Muero de ansias —sigue él, y para acentuar sus palabras tira una navaja a mis pies—. Quítate la soga tú mismo. No eres más que un niño rico, apuesto a que ni sabes usarla.
No me voy a inclinar para recogerla. No lo haré.
—¡¿Qué esperas?! —dice, y todos los marineros cerca se ríen, expectantes de lo que diga este imbécil—. ¡Vamos, quiero pelear contigo!
—Esto no sirve de nada, Achard —interviene la chica, pero yo sonrío con suficiencia.
—Si tienes tantas ganas de pelear conmigo, corta tú la soga —espeto—. Está tan sucia como tú.
—No sabes las ganas que tengo de hacerte pedazos… —advierte antes de agacharse para recoger la navaja, tenso.
Y entonces, le doy una patada en la cara.
La tripulación ríe, otros aplauden.
Pero Achard, como le dicen, está en el piso, apenas procesando que le estampé la bota. Quizá tres veces. O cuatro, nunca se sabe.
La navaja se le escapa entre los dedos en una de esas veces cuando trata de defenderse, pero mantengo la hoja bajo la suela del zapato.
Este idiota quiere jugar sucio.
—Con tus puños —advierto, sin dejar de apretar los míos, unidos por una soga—. Haz las cosas limpias.
—Te vas a morir —suelta, dándome un puñetazo a la cara apenas se levanta. Como no tengo los puños libres, le doy un buen golpe con el hombro que no me duele, que, si bien no es lo mismo, pongo el empeño total en que se acerque.
—¡Suficiente! —Leonie se hace escuchar sobre los gritos, y debe ser importante. Todos callan—. Achard, avísale al capitán que Sherwood despertó. Ahora mismo.
No hay respuesta.
Leonie suspira, impaciente.
—¡¿No me escuchas?! ¡Dije ahora!
Por fin se da la vuelta y desaparece en medio del ajetreo del barco. Yo no sé qué hacer. Tengo que volver ahora mismo.
—¿Por qué estoy aquí? —suelto, hablándole a quien por supuesto debería saberlo—. ¿Qué es lo que quieren?
—No me conciernen asuntos de nuestro capitán, Sherwood —Leonie suspira, mirando con impaciencia a los lados—. Vuelve adentro.
—¿Qué? ¿Disculpa? Tengo cosas que hacer hoy, y si no te molesta…
—¿No te entra en la cabeza? —otro chico se acerca, estoy seguro de que anoche lo conocí también—. Eres prisionero de este barco, cállate y vuelve adentro.
—Nadie me dará órdenes en este barco —alargo las palabras con diversión, al mismo tiempo algo irritado—. Más les vale saber que en mi familia nadie recibe órdenes de nadie.
—Definitivamente lo hizo bien —se ríe este idiota—. Él es Hartley Sherwood, el violinista maravilla. Imbécil de segunda… Me alegra tanto no haberte golpeado fuerte —dice con sinceridad—. Se ve que no has pasado ni un mal día en toda tu vida, niño. Yo me encargo, Leonie —el hombre suspira, divertido—. No te preocupes.
Eso parece convencerla, porque sigue su camino de revisiones en el barco. Revisar quién sabe qué. No entiendo nada.
—Soy Dave —se presenta—. Un placer.
—Será mejor que giren el timón y regresemos a la orilla, porque tengo que volver a la ciudad —casi grito, furioso. No tengo tiempo para esto—. Si lo hacen, no presentaré cargos.
—Y si tú guardas silencio y vuelves a tu celda, nadie te presentará cargos a ti —otra voz se une, esta vez la de una chica—. Lo que significa, en este lado del mar, conservar tu vida.
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Editado: 13.06.2026