Jaylynn
¿Debería entrar? No.
¿Tengo curiosidad? Tampoco.
¿Necesito saber qué decir cuando me pregunten? Absolutamente.
No es que yo sea una experta en esto que planea el capitán, pero la verdad dudo que nos hayamos encontrado con quien buscábamos.
Es decir, es demasiado comentado que Elion Sherwood tiene más dinero que tres barcos juntos, pero no creo que su hijo nos sirva de mucho.
Suena terrible, pero no creo que estemos dando con la pieza importante.
Algo que Achard me dijo antes de que únicamente se me explicara a quién buscábamos sin mencionar por qué, es que buscábamos a un pianista famoso.
Yo le veo a Hartley muchas cualidades, pero ninguna podría ser que es pianista. Usando sarcasmo en ambas cosas.
Eso creo.
La verdad insisto en que es interesante, pero lamentable lo que estamos haciendo.
No tiene para nada algo que ver en esto, porque al ver una navaja en manos de Achard no pensó dos veces antes de azotarle la bota en la cara.
Una persona más sensata… No. Una verdadera idiotez sería no pensar en eso.
Achard sólo se contiene porque lo necesitamos con vida, pero es de los muchos a bordo en este barco a los que los Sherwood no agradan bastante.
Yo sé lo que todos. Que el padre de este chico es un gran violinista igual que su esposa es una pianista de lo más reconocida. Sé que tienen tres hijos, pero ni idea de cuál buscábamos.
Alguien me dijo que mi presencia en el plan podría costarle su lugar en la tripulación, pero creo que será él mismo quien se invite a la salida.
Sería un error impresionante si hicieron las cosas mal.
Dejo de mirar por la borda hasta llegar a unos pasos de la habitación, la más grande el barco, que pertenece al capitán.
No tengo ni idea de lo que está sucediendo, y no porque no haya sido requerida al interior.
Todavía no sé qué diré si por culpa de Achard nos equivocamos, yo traje a la persona equivocada.
Alizeh se termina de trenzar el cabello, dejando su trenza roja a la espalda y se concentra en mí al acercarse un poco.
—Per fi et veig —murmura, divertida. Me ofrece su licorera, pero niego—. ¿Qué? ¿De verdad estás nerviosa?
—Nadie replicó cuando dije que no entraría —me cruzo de brazos, algo más tensa.
—Sí, porque ya tenían quien resuelva la situación.
Me quedo callada hasta soltar un suspiro de pura frustración.
—No puede seguir así, es una escoria —suelto, sintiendo la rabia asomarse—. Tiene que dejarme margen, nunca podré acercarme al castillo.
—¿Para qué quieres el castillo? —se ríe, como siempre que hablo de esto. Imita mi gesto al cruzarse de brazos, balanceando el metal de la licorera—. Si ni siquiera hay príncipes ya, el rey está casado.
—Qué vas a saber, quizá busco a alguno de sus primos.
La carcajada que suelta me contagia, pero sólo entonces se aclara la voz.
—Estás nerviosa por lo que le hiciste a ese niño, ¿verdad?
—¿Niño? —repito, divertida—. ¿Hablas de Hartley?
—Ah, con que así se llama. ¿Así es como lo trajiste? Escuché que estaba borracho, pero no que tú lo emborrachaste.
—Quizá porque estaba fuera de la cantina cuando lo encontramos. Y tampoco es como si de no estar ahí no le hubiera pasado nada peor, estaba mucho más que borracho —recuerdo la escena, aclarándome la voz—. ¿Qué le pasa?
—Acabas de decirlo, estaba borracho —carraspea antes de soltar un marcado acento catalán, mucho más que el mío—. Qui sap què li passa, té el costum.
—No em refereixo a què li passa, ¿por qué estaría ahí? Sus padres deben tener muchos amigos en cualquier parte.
—Apuesto a que siempre le roban de la cartera cuando va a ese lugar —asiente Alizeh, pero pronto se calla. La puerta de madera en la segunda planta se abre hacia dentro apenas y Dave me pide que entre con discreción mientras dice algo entre líneas al mismo tiempo.
No entiendo nada.
—Sort a la gàbia de tigres, Criminal —Alizeh se despide de mí dándome un codazo antes de que corra hasta las escaleras.
Despacio, avanzo hasta el marco de la puerta, y entro con cautela.
El lugar es un caos de gritos y reproches, pero me detengo cuando me posicionan un brazo ante el pecho, bloqueándome el paso.
Solo de levantar la mirada tengo que aguantar las ganas de apartarla de un empujón.
—¿Quién te dijo que pasaras? —Sorsha, con el cabello atado en la coleta oscura de siempre, me mira con intriga—. Este es mi asunto, mi plan.
—Perdona que difiera, pero Achard me contó una versión distinta —miento, porque sé lo mucho que le molesta.
Tal y como esperaba, suelta un suspiro de indignación que trata de disimular, pero la aparto sin cuidado, adelantándome hasta el centro de la habitación, pasos antes del escritorio en el que se encuentra Nerván, nuestro capitán desde hace una década —que por ese entonces rondaba los treinta años—, observa a Achard y Dave alternativamente.
No puede ser que yo no estuviera metido en esto y el último me incluyó, ¿verdad?
Sería un golpe muy bajo.
—Allí estás, Criminal —Nerván habla después de carraspear un par de veces, y aguanto la sonrisa cuando varios de los hombres aquí se sorprenden.
No es un secreto la simpatía que el capitán tiene conmigo, pero se debe al tiempo que llevo a bordo de su barco. Desde hace mucho tiempo nosotros nos hemos llevado bien. Me siento orgullosa cuando digo que él me enseñó la mayoría de cosas sobre la vida como la llevamos en el mar. Porque incluso una vez tomé el timón como si supiera usarlo, cortesía del capitán cuando cumplí quince años, dos meses a bordo de su amado barco: “El canto de la sirena y el mar”.
— Te buscábamos. Vas ajudar aquests ximples a ficar-se en problemas —su expresión se vuelve algo severa—. O eso me contaron.
—No, no, no —replico, levantando las manos apenas en el aire con nerviosismo—. No hice absolutamente nada, yo sólo…
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Editado: 13.06.2026