El canto del mar y la sirena

8

Jaylynn

No ha cambiado mucho la actitud de Achard hacia mí desde ayer. A pesar de las veces que muchos, incluyendo a Sorsha y Nerván, me han dicho del grave error en el que metimos a la tripulación, él se ha mantenido bastante tranquila, aunque podría ser el más afectado.

Entre los mapas que me entregaron para localizar la zona teníamos el nombre de quien buscábamos. Caitlyn Sherwood.

Por supuesto que no tenía sentido traer a su hermano, desde que lo vi supe que estaba haciendo algo incorrecto.

Apoyo la espalda con firmeza al mástil detrás de mí, no puedo creer lo que hice.

Ahora de verdad nadie va a creer en mí, y no es la primera vez que lo escucho en el barco.

Ni la primera vez que pasaría.

Aunque todos insistan en que los errores se olvidan, los míos particularmente no son del todo historias viejas por aquí.

Ni siquiera lo son para mí.

Si hoy decidieran que valen, tendría problemas mayores a los que pude hacer que olvidaran.

El atardecer se hace presente, pero he estado aquí arriba la mayor parte del tiempo a propósito.

Bajo la red con cuidado, y no es un secreto lo habitual que he estado a punto de caer por ella. Últimamente me mareo un poco más cuando hay de por medio tanta distancia.

Las olas no ayudan en absoluto, y al pisar por fin la madera de la cubierta me siento algo más tranquila.

—¿Qué tal ha ido todo? —pregunta Dave cuando me ve pasar por su lado, pero no respondo.

Estoy muy molesta.

—Vamos, no puedes estar molesta por lo que pasó —sigue cuando me dispongo a atar bien nudos lamentables que han hecho otros marineros. De nuevo, no respondo—. Vamos, Jay… ¡Criminal!

—No tengo ganas de hablar, así que déjame tranquila —termino por decir, perdiendo la paciencia—. Y tú, en específico, deberías saber por qué.

Camino por la madera, tratando de alejarme en vano.

Seguramente Leonie le ha contado cosas después de separarse de mí y Alizeh.

Las tres somos muy amigas, pero cuando incluye a Dave Leonie nunca está de nuestro lado.

—Sabes que lo que dije sobre Sorsha…

—No quiero que la menciones —replico con la voz más sombría de lo que pretendía ahora que centro la atención en el mar que se mueve bajo nosotros—. Esta conversación se acaba ahora.

Del otro lado de la cubierta, noto que alguien se dobla quizá por dolor de algo… y poco luego se inclina hacia la borda.

—¿Qué le dijiste que hiciera esta vez? —murmuro con voz queda, sin apartar la vista de Hartley—. Está matándolo.

—¿Ahora sí quieres hablar?

La mirada que le dedico debe indicarle lo que es bueno para sí.

—Le dije que hiciera los nudos, después de enseñarle a hacerlos —termina por decir, cruzándose de brazos.

—Eso explica por qué están tan suaves.

—¿Lo dices porque no los hice yo?

—Lo digo porque tú se lo enseñaste.

De nuevo, nos quedamos callados mirando cómo se las arregla Sherwood para no caerse mientras creo yo, termina con el sufrimiento del mareo.

—Anoche estuvo a punto de dispararle —Dave omite el nombre a mi petición. Se aclara la voz, y por fin lo observo—. Dice que le pediste no hacerlo.

—Dice que este es su barco y no sabe nada sobre tratar una situación como la de ahora. De nada nos sirve lastimarlo, nunca confiará en nosotros.

—Entonces eso es problema suyo.

No del todo. Según escuché, nos será útil. Si es que logramos convertirlo en alguien que lo sea.

Tampoco me dieron tantos detalles, pero con eso basta para saber qué no hacer.

—Cámbiale el sitio a donde estuvieron ayer —digo en voz baja, notando que Alizeh me espera desde el piso de arriba—. Allá no se mareará tanto.

Recordar los primeros días que pasé aquí me obligan a sentir empatía, porque si no estás acostumbrado es una tortura.

Mucho más cuando tienes un lugar al que volver, imagino.

Esa será una diferencia muy grande en cómo se tome su tiempo aquí, porque sí tiene un motivo para regresar.

Subo la escalera hasta donde Alizeh me espera con una bolsa de tela. Es pequeña, pero no lo bastante como para no contener cosas intrigantes.

—¿Qué es eso? —pregunto, pero entonces Leonie nos interrumpe subiendo los escalones.

—Jay, ¿hablaste ya con Dave?

—Define hablar —replico, irritándome de nuevo—. Si quieres que me regañe como ya has hecho tú unas cuatro veces, mejor dile que haga justo eso. Se ve que lo esperabas.

—Tienes problemas con Nerván —murmura Alizeh, y me preocupa que su tono no sea de pregunta—. Leonie tiene razón. Debes preguntarle a Dave qué hacer ahora.

—Dave está ocupado con…

—Con lo que arregla por ti —termina Leonie, molesta. Se acerca más a nosotras, claramente recopilando paciencia—. ¿Sabes del problema en que nos metiste?

—¿Sabes que él me hizo actuar sin pensar dos veces? —suelto, pero no digo más detalles.

Nadie puede saber que actué más rápido porque mencionó a Sorsha. Nadie puede saber que lo hice para demostrarles que yo soy mejor.

—Mira, Jay, no tengo nada más que decirte si ni siquiera tú quieres ayudarte.

—Dave no quiere ayudarse —me cruzo de brazos, sin ceder un ápice—. Y tampoco Achard. ¿Por qué la culpa es sólo mía?

Pero la respuesta se queda flotando entre nosotras, las tres la conocemos bien.

No puedo evitar frustrarme más por esto, y Leonie lo nota.

—Nerván te perdonó por eso —dice en voz baja, apoyándome una mano en el hombro—. No dudes que esta vez será lo…

—No —me aparto de ella con brusquedad—. No quiero que me perdone, no lo necesito.

Es todo lo que digo antes de bajar las escaleras de vuelta a la cubierta y llegar a mi habitación por el corredor. Suelto la puerta que se cierra de un buen golpe, tratando de recuperar la calma.

¿Que me perdone? ¿A mí?

No puede suceder otra vez, no debería existir una razón por la que haya una segunda vez.

Debe haber algo que pueda hacer para enmendar las cosas.




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