El canto del mar y la sirena

9

Jaylynn

Los cuatro entramos en el camarote del capitán, y las expresiones de triunfo deben delatarnos.

De verdad es imposible mentir.

Incluso habíamos planeado jugarle una broma sobre no haberlo logrado, pero nos morimos de ganas de mostrarle el resultado.

Dejo en su escritorio el reloj y poco después él lo observa con cautela. Toma un mazo con el que trabajan al hacer reparaciones y golpea el reverso del reloj sin molestarse en leer lo escrito en él. Lo reconoce. Sabe que lo hicimos bien.

Trato de contener la expectación, pero Alizeh apretándome el brazo hasta clavarme las uñas no es un gran reconforte.

La tapa vuela por el cuarto y pronto, entre engranes y demás maquinaria pequeña, aparece una llave oxidada.

El capitán la observa bajo la luz de su vela, atento a cada detalle.

—He de decirlo, chicos. Lo lograron.

Los gritos de Alizeh y Dave resuenan en la habitación, a diferencia de mí y Achard. Él me da un apretón en el hombro, y no digo mucho sin dejar de cruzarme de brazos.

Lo logramos.

—Esta noche debemos celebrarlo —Alizeh habla por fin, apenas conteniendo la emoción—. Tocarás el violín, baile, y mucho…

—No creo poder tocarlo —termino con su festejo, y entonces baja la vista.

—¿No te lo han…? ¡Jaylynn Rosewell! —no le importa lo que diga el resto dentro, se termina por decidir y me saca casi a jalones hacia el exterior. Sé a dónde vamos.

Bajamos las escaleras hasta la cocina, y mi amiga prepara unas vendas. Sabe que detesto que me revisen las heridas, y en especial cuando son producto de balas. Es una vergüenza que no se puede poner en palabras.

Yo misma lavo la sangre con el agua caliente que conseguimos de la cocina, apenas levantándome la manga de la blusa.

—¿Estás segura de que no tienes una bala ahí dentro? —murmura mi amiga, centrándose en lavar el abrigo negro en una cubeta—. Achard dijo que te disparó sin pestañear.

—Si la tuviera, la sentiría —replico, dejando de lado la tela mojada—. Es una lástima que no podrán celebrar esta noche, no hay música de buen gusto.

—A menos que nuestro nuevo violinista quiera tocar —dice, sin molestarse en ocultar la sonrisa descarada.

—Yo creo que prefiere tirarse por la borda, si soy sincera.

—Dave lo ha estado entrenando, ¿lo has visto? Sabe cómo usar una espada, y no pelea nada mal.

—Vivía en Poregrath. Claro que sabe usar una…

Pero él no tenía necesidad. No vivía en el pueblo, su ciudad está demasiado lejos de las posibilidades de ataque, y no se ve como una persona a la que le tendrían que enseñar ese tipo de cosas.

—Nerván quiere interrogarlo —revela en voz baja, sin apartar la vista de mí—. Pero ese sería un trabajo más sencillo para Achard. Estuvo a punto de golpearlo, se entenderán mejor.

Sé que ambas vemos el punto, pero lo veo con más claridad. Debe ser por seguridad, o algo así, pero no tiene mucho sentido interrogarlo ahora.

No hablará sobre su hermana, pero hay algo que no me deja de dar vueltas en la cabeza.

—¿Cuándo tiene pensado hacerlo?

—Mañana por la mañana —Alizeh advierte mi curiosidad—. ¿Por qué?

No respondo, en su lugar imagino qué podría estar haciendo Sherwood en estos momentos.

—Te cayó bien…, ¿no, Jay?

Recuerdo esa noche en que lo conocí, y comencé a hacerlo más cuando noté la calma que emana ahora ese muchacho. O la que quiere hacer creer.

—No. No me cae bien, sólo es algo que debo resolver.

Una vez que termino y ambas regresamos a nuestras tareas, me mantengo en el mástil hasta que Leonie termina de supervisar el cargamento nuevo que se introduce en las bodegas, luego de haber sido limpiado. Desde arriba, noto cómo se guarda la última caja, y entonces es cuando decido bajar la red.

No hay nadie en la cubierta, no quien me preste atención, al menos.

Abro la bodega apenas para entrar en ella y la cierro a mi espalda.

Miro por el cuarto de madera, al que creí completamente a oscuras, pero tiene una rendija, dos, en las que se cuela la luz de los faros encendidos a esta hora de la noche. Deduzco al instante que de día es mejor.

Camino casi a ciegas entre el cargamento, y por fin me tropiezo con el que buscaba. Alejado, demasiado quizá del fondo, pero ahí está. El estuche de un violín, de cuero que promete que es demasiado para que una persona con un solo trabajo pueda pagarlo.

Por puro nerviosismo, me recojo el cabello tras las orejas, y solo en ese momento me adelanto hasta el fondo de la bodega.

Entonces lo veo, y descubro que ha estado atento a los movimientos desde que la puerta se abrió. Tiene ropa nueva, supongo que le permitieron cambiarse luego de ser de utilidad.

—Buenas noches —saludo, manteniendo una distancia considerable del muchacho sentado contra la madera de la pared. Tiene las manos atadas, como cada vez que vuelve aquí, según me contaron.

—¿Tú aquí? —murmura, y nuestras miradas se encuentran.

Hartley Sherwood tiene unos ojos cafés que desde el primer momento me detuve a detallar, pero ahora me observan con odio contenido. O tal vez fastidio. Es difícil saberlo.

—¿Qué haces aquí? —insiste, sin muchas ganas—. ¿Te enviaron para hacerme compañía o algo así?

Tiene un sentido del humor, eso sí. Me aclaro la voz, pero lo dejo hablar. Creo que eso me gustaría si no hablo con nadie en todo el día a menos que sea para entrenar.

—¿O quizá quieres matarme? —dice, esta vez, confundido—. No lo sé, pero supongo que no me molestaría.

—Y ¿eso por qué? ¿No tienes ganas de volver a tierra firme?

—No me molestaría porque así ustedes nunca sabrían en dónde está mi hermana.

Lo sabía, no es totalmente inocente.

Sabe que mido su expresión, por eso quiere que hable primero.

—¿Tú la odias? —pregunto, sin dejar de escrutarlo.

—Define odiar. Odiar para tenerla lejos, o quizá… odiar para no verla nunca más.

Algo nuevo se enciende en mi mirada, lo siento presente. Mientras la suya no cambia, y parece vacía, la mía ha encontrado algo nuevo en lo que fijarse.




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