El canto del mar y la sirena

10

Hartley

Desde ayer, las cosas han sido distintas. Exactamente no sé cuánto tiempo ha pasado, pero ya no tengo una cuerda atada a las muñecas. Y tampoco tengo que pasar el día en la bodega. Ayudo en lo que hace falta en la cubierta, y debo decir que es algo realmente entretenido sin importar la lluvia torrencial que oscurece el cielo.

Y también que Dave como la única persona que habla conmigo no está tan mal. Cada cuanto quiere preguntarme cosas a las que respondo poco, y lo respeta para preguntar sobre más. Es una versión más adulta de Leith, y con más vergüenza.

Ahora me mareo menos en esta zona del barco, y no es un mal comienzo. Así espero pasar los próximos días y meses, pero cuando la noticia se hizo pública casi todos estuvieron en mi contra.

Incluso ahora, no es raro que me observen mientras ayudo a otros, o los comentarios sobre mi vida. No creo que les concierna, de cualquier manera.

Es mi vida, como lo he dicho. Aunque ese preciso concepto me ha perseguido todo el tiempo, como si no tuviera derecho a decirlo.

Hago los nudos correspondientes en las redes, y al concluir me encargo de limpiar las armas.

Sin embargo, mientras estaba arriba noté un cambio en el ambiente. Es extraño de explicar.

Paso el paño por las pistolas, lustro los cañones desde su sitio y sólo cuando termino observo el mar bajo nosotros cerca de la borda, moviéndose contra la madera, haciendo espuma a nuestro paso.

Nunca había visto nada parecido.

Las voces a mi espalda me hacen volverme, y sólo entonces noto que la contramaestre, Dave y la otra amiga pelirroja de esa chica se encuentran mirando hacia el horizonte. Quizá no estaba loco y fue un cambio en el viento, la tormenta no ha parado en absoluto desde hace unas horas.

Entonces, Jaylynn aparece, de un salto sube por las redes y se aproxima hasta el mástil, a la plataforma más alta.

Con verla me logro marear un poco, no quiero ni imaginar cómo debe ser subir hasta ahí.

—Están aquí —es todo lo que dice mientras se desliza hasta el piso de nuevo, y a su paso va dando indicaciones a los marineros antes de ir corriendo hasta el timón donde se encuentra el capitán.

—¿Qué sucede? —le pregunto a Dave, el único que me responderá.

—Otro barco —murmura, sin despegar la vista del frente, hacia el mar que se une al cielo—. Subiste, ¿no es así? ¿No los notaste?

—Estaba casi seguro de que algo cambió, pero no supe qué exactamente.

Dave me observa como si algo le hubiera llamado la atención, por eso la chica pelirroja se vuelve a verme y sonríe.

—Eres Hartley, ¿no es así? —pregunta, extendiendo la mano—. Soy Alizeh, un placer.

Le devuelvo el gesto, todavía confundido. En medio del caos, ella parece la única tranquila.

Cuando Jaylynn baja las escaleras, Sorsha, como les he escuchado llamarla, se le une igual que Achard, los tres van hacia la proa.

Estamos cambiando de dirección de repente, pero, aunque ahora es un poco visible el otro barco, no se ve como si fuéramos a chocar.

Pronto todos se ponen en movimiento, las miradas cambian e incluso Dave me arroja una espada. ¿Qué hago con ella? Apenas me enseñó un par de cosas.

Algo viene volando desde el horizonte, no alcanzo a verlo bien.

Cuando cae a escasos metros del barco, estoy seguro de que me paralizo.

Han utilizado uno de sus cañones, y la bala no nos alcanzó.

Se acercan a mayor velocidad, y pronto puedo ver su bandera ondearse, azul, con una gema de la que no distingo la forma en el centro.

Dave sube corriendo cuando gritan que el timón se atascó, pero me alerta más darme cuenta de que Nerván ya no está ahí, está movilizando armas junto con otros que abren las cajas de la bodega.

Decido seguir al primero, directo hacia las escaleras.

Miro la dirección en que Dave empuja, y noto algo en la base de la madera.

—Lo estás despegando —suelto, presa del pánico—. Se está despegando del suelo.

—Tiene que ser con fuerza… —replica Dave, y lo hago a un lado.

Tomo la madera del timón, girándolo hacia el lado contrario, y es un crujido de la madera lo que se escucha antes de que dejemos de movernos en la dirección no deseada. Pronto nos movemos con mayor plenitud cuando en el primer piso despliegan las velas.

Escucho una voz cerca de nosotros, pero Dave está muy concentrado en reparar la base de madera.

Corro hacia el borde del balcón en este piso para atrapar a su hija, la niña trataba de correr hacia él. La tomo en brazos y solo entonces el barco da otra sacudida. Las olas nos están moviendo a causa de la tormenta.

En el primer piso, la ola ha metido agua en la cubierta, y aquí se nos hace difícil mantenernos en pie.

Dave viene hacia mí y me agradece por haber tomado a la niña, y no la suelta. Es cuando entro completamente en alerta.

Alguien está subiendo hasta el mástil, y la reconozco al instante: Jaylynn se aferra a la red pesada por el agua, pero persiste.

—¿Qué quiere hacer? —pregunto a Dave, ambos estamos de rodillas en la madera, aferrados al balcón a causa de los movimientos salvajes del mar—. ¿Por qué nadie la detiene?

Sigue mi mirada y la alarma se enciende en la suya.

Grita su nombre sin parar, pero eso se me hace incluso peligroso, puede girarse a mirar y caer.

Lo noto, una vela no se ha desplegado al completo. La chica lleva la empuñadora de un cuchillo entre los labios, quiere romper el nudo atascado.

Dave no se queda con ello, cambia de táctica y decide gritar hacia la cubierta. Leonie lo escucha y trata de adelantarse a la red, pero entonces nos sacudimos de nuevo.

La cubierta es un caos de gritos y agua, razón por la que la contramaestre tuvo que aferrarse a la borda para no resbalar.

Todos gritan en el primer piso cuando Criminal resbala, dejando caer el cuchillo en el intento de aferrarse de nuevo a la red. Los pies le cuelgan en el aire, pero consigue mantenerse aferrada por ambos puños. Observo la escena con el corazón en uno de los míos, porque está completamente loca.




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