El canto del mar y la sirena

13

Jaylynn

—No es este, ¿cierto? —murmuro, sin dejar de apretar el puente de la nariz—. No se parece en nada.

El capitán asiente, haciendo una señal a su hijo.

—¿Qué piensas de esto? —pregunta a Achard, que no deja de dar vueltas en la habitación.

Se detiene, y comprendo al ver la alarma en su mirada. Yo también la sentí cuando pensé en una segunda opción.

—Tenemos que subir a su barco como si nada de esto hubiera pasado —suelta, y el caos entre los tres se desata.

—Jaylynn no puede estar ahí, la reconocería —interviene el capitán, sorprendido—. No significa no.

—Pero podría ir con ella, padre…

—No quiero que vayas, ninguno de ambos. Fin de la discusión.

—Sorsha podría ir con nosotros —digo cruzándome de brazos, mientras las palabras me saben a vinagre. Es la única solución—. Es más sensata, y… y estuvo con ese tal Dastan.

El silencio se hace presente, pero es lo único que encuentro coherente. Podría ser la única manera de llegar hasta sus otros anillos.

—No quiero que vayas con Jaylynn —Nerván nos observa a ambos, y luego a la habitación vacía—. Estarás en la isla para cuando todo haya terminado, debe ir con Sorsha.

No puedo ocultar del todo mi disgusto, pero de algún modo lo controlo.

—Hartley conoce al tipo —intervengo tal vez demasiado rápido ante la idea de ir con mi enemiga solas en esto—. Si es su amigo puede distraerlo mientras tanto.

—¿Hartley? —murmura Achard y de inmediato me aclaro la voz.

—Sherwood. Sherwood lo conoce.

Quizá el capitán ve la desolación mal fingida en mi cara porque termina de asentir.

—Pero si esto se arruina por su culpa, Jay…

—Entonces tomaré toda la responsabilidad.

Y con eso me estoy arrojando al mar sin absolutamente nada a lo que aferrarme, porque asiente. Estoy en problemas, más de los que debería a estas alturas.

Salimos del camarote principal, y Achard me sigue hasta los nudos que estoy dispuesta a arreglar cuando Camden y Ashton se unen a él.

—No van a adivinar lo bien que salió anoche —escucho que empieza Achard, presumiéndole a sus amigos. Se conocen en el barco por no servir de mucho en esta clase de misión, pero de todas formas lo escuchan porque son inseparables. Dejo de prestar atención, atando el cáñamo—. Una locura total.

—¿En serio? —Camden se pasa una mano por el cabello, divertido—. ¿Y él? ¿De verdad sirve de algo?

—Oh, claro que sirve de algo —replica Achard con sorna—. Para quejarse de todo el oro entre el que vive. ¿Saben qué? Tal parece que le molesta tener dinero.

—¿Sí? —Ashton lo piensa más—. Se veía de lejos, pero no lo pensé demasiado… superficial.

—Le tiene envidia a su hermana, eso es verdad. Le cambió la cara cuando le hablaron de ella, y ni hablar de su prometida. Incluso el tipo le pagó para…

—Achard —intervengo, sin dejar de observarlo—. ¿Qué te pasa?

Los otros dos chicos se apartan un poco, e incluso fingen no mirar.

—¿Qué me pasa de qué, Jay? —replica él, divertido.

—Es su privacidad. No tienes por qué hablar de ello.

—¿Sí? Pues yo creo que sí, es un imbécil miserable que ni siquiera…

—No le digas imbécil —replico esta vez, y me arrepiento al instante.

¿Qué estoy haciendo? Dejo de apretar con fuerza la soga, porque no era consciente hasta ahora.

—¿Sí? ¿Por qué? Hay que decir la verdad cuando la hay.

—Nadie va diciendo a todos cómo eres tan comunicativo con lo que escuchas.

Entonces sus amigos comienzan a reírse. Eso me arranca la poca paciencia que tenía.

—Entonces… —empieza Achard después de mirar hacia la cubierta vacía—. ¿Lo estás defendiendo? ¿De ser como es?

—No lo estoy defendiendo de nada…

—Lo haces. Lo haces, y está bien. A lo mejor entiendes cuando veas lo que digo.

¿Por qué es tan arrogante? No tolero que se comporten así.

—Espero lo mismo, porque no tenías por qué hablar sobre él a sus espaldas. ¿O temes que te vuelva a patear la cara y por eso lo haces? Oh… ¿no se lo habías contado a ellos? Deberían enterarse —me vuelvo a Camden, que parece palidecer al lado del otro idiota—. Sherwood le dio una buena paliza cuando despertó el primer día.

—Y de la que yo le di nadie habla, ¿no? —Achard suena tenso—. Cuando nos conocimos.

—Se la diste con Dave cuando no podía defenderse —acorto la distancia entre ambos, furiosa—. Eso no te hace más hombre, que lo sepas.

No soporto escuchar que hable como si lo supiera todo, y eso es con cualquier persona. Pero esto… esto me lleva al límite y no puedo evitarlo.

Achard da un paso atrás, algo inseguro esta vez.

—No vuelvas a hablar a espaldas de nadie, ¿entiendes? —recalco, molesta con la inocencia que trata de aparentar—. Porque si eso es lo que te preocupa, Hartley ya tiene un lugar en el barco. Uno que quizá te pueda desplazar, y tienes que tragártelo.

—¿Hartley de nuevo? —suelta, irritado y confundido a partes iguales—. ¿Dejó de ser Sherwood?

—Piensa en lo que dije, ¿quieres?

Paso por su lado hacia la cubierta, bajando las escaleras. Hartley está con Dave mientras hablan sobre el entrenamiento y lo practican, dando golpes con la espada a todas direcciones. Pero sigo molesta con él. Hartley es un arrogante de todos modos, aunque sí estoy segura de que nadie debería hablar de él si no está presente para hacerle frente a quien lo haga.

No tiene nada que ver con mi disgusto de ayer, sé que ahora lo detesto por razones bastante diferentes.

Más tarde, Alizeh y yo terminamos de entrenar, sólo por eso nos dirigirnos hacia las habitaciones al final del corredor que contiene los camarotes principales. Las nuestras están en el último piso del barco, sólo con un par de ventanas circulares que muestran algo de luz.

La litera que hemos compartido todos estos años nos espera, y mi amiga tarda más que yo quitándose las botas. Me recuesto en el catre de abajo, demasiado exhausta como para que me importe que ella esté sentada a centímetros de mí mientras se deshace de los nudos de los zapatos.




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