Jaylynn
—Adelante —siseo, y entonces comienza el verdadero desastre. La rampa por la que subían mercancía sigue tocando el piso, así que los tres nos adelantamos hasta la cubierta.
Achard, Dave y Alizeh se quedan atrás, evitando que cualquiera pueda alcanzarnos. Los sonidos de balas rompiendo el aire llenan el barco, pero hemos practicado esto varias veces antes de venir. El camarote principal, a diferencia de en nuestro barco, está dentro de los pasillos del segundo piso, no bajo el timón.
Sorsha se adelanta hacia la puerta del final, y solo entonces Hartley se separa de nosotras. Va hacia el primer piso, tal y como acordamos.
Dará el golpe final si algo sale mal.
Un hombre entreabre la puerta continua, y Sorsha dispara a la perilla para indicarle que debe permanecer dentro. Obedece, y la verdad elogio la idea.
Lo tomaré en cuenta cuando no sea crucial lastimar a nadie. Entonces abrimos la puerta, y está dentro. Dastan está mirando unos boletos, quizá de barco sobre su escritorio.
Me sorprendería que después del atentado de ayer quisiera viajar en este barco de comercio, la verdad. Quizá desconfió de la gente que trabaja para él, incluso del mismo Hartley.
—¿Qué…? —empieza el hombre al ver a Sorsha, pero la expresión se le torna de absoluta rabia cuando me nota—. ¡Tú, maldita…!
—Yo soy la única que usa esa clase de apelativos a bordo de un barco, y me importa un comino que este sea el tuyo —empiezo, y a la señal Sorsha cierra la puerta con seguro tras ella—. ¿Dónde está el anillo? No lo hagas difícil, Fenton.
—¡No te daré nada, escoria!
Sorsha se acerca a él para que intercambien un par de palabras nada más, porque cuando trata de tomarlo del cuello de la camisa para que la mire él la aparta.
—Y tú eres una traidora —recalca, sin dejar de mirarla—. Me usaste. Me usaste, asquerosa traidora.
—¿Para qué más le podrías servir? —me rio, jugando con el gatillo de la pistola—. ¿De algo más puede servir un ingenuo arrogante?
—Lo mismo para lo que tú le sirves a Nerván. Eres su mascota.
Entonces sí me vuelvo a mirarlo.
—El anillo.
—No. Y tampoco te voy a decir en dónde está.
No está en el barco. No está en el barco.
No podemos viajar en reversa, no con el otro barco siguiéndonos la pista una vez dejemos este puerto.
Trato de adelantarme hacia ellos, pero Sorsha sigue tratando de convencerlo.
Busco por la habitación, cualquier cosa, que pueda darme una pista. No hay nada. Está como recién ordenada, incluso en el clóset solo son más y más camisas, zapatos lustrados hasta romperse.
¿Qué voy a hacer?
En medio de las súplicas, los ojos de Fenton van hacia la ventana de su habitación, hacia el primer piso.
Hartley. Ya vio a Hartley.
Sin pensarlo mucho, disparo a una de las manos con las que se aferraba a un cajón.
—¡Estás cada día más loca! —espeta, pero apenas cruzamos miradas su expresión se suaviza. Demasiado, a decir verdad.
Miro detrás de mí a ver si tiene una trampa en algún sitio, si hay gente apuntándome. Pero no hay nadie.
No lo entiendo.
—¿Sabes qué, Jaylynn? —murmura, casi atragantándose con la risa—. Quizá después de todo sí pueda cobrar lo mucho que le has hecho a mi padre.
Aprieto los puños, furiosa.
—El mismo que no te ha querido dar su apellido, qué adorable.
Sin embargo, su expresión no cambia.
Estoy tan concentrada en ello que de un momento a otra toma a Sorsha de las muñecas y la arroja hacia la cama. La pistola se me traba cuando trato de accionarla y eso le arranca más carcajadas a Dastan.
—Qué suerte, Jay. Atenta a la ventana, ¿sí? Quiero que mires todo el espectáculo.
Más pasos se escuchan en el pasillo. No puede ser, no había sólo una persona. No tiramos del todo la seguridad, y el resto abajo no sabe nada.
—Tenemos que salir —empiezo, y no bromeo cuando digo que busco como loca por toda la habitación por una silla. El cristal de esta ventana es del mismo que el de una botella, pero son cubos apilados. No puedo romperlos de un codazo.
—Si te asomas ahí te matarán —replica Sorsha con la voz rota, y por primera vez me vuelvo a mirarla.
Está llorando. ¿Qué demonios…?
—¿Te lastimó? —digo, buscando una razón coherente.
—Sí… —murmura, pero no encuentro sangre por ninguna parte. No puede ser lo que creo, ella no se rebajaría a esto.
—Escucha, salgamos de aquí, cuando lo hagamos, podrás reírte en su cara.
—¡No, Jaylynn! Es todo.
No entiendo la negativa, pero no se refiere a salir. Habla de la vida, lo sé por ese tono. Es el mismo que le escuché cuando teníamos quince años y su hermana murió ante mis ojos.
Es el mismo con el que me gritó que esa debí ser yo, el mismo con el que discute con Achard cada vez que gusta de mi compañía. No creí escucharlo otra vez, y menos con la coraza de odio que nos separa.
Trato de entender. De verdad que sí.
Encuentro la respuesta al bajar la vista, hacia su vientre.
No presté atención a lo que hablaba con Dastan, pero ahora lo sé.
Por más que la odie, por más que la deteste, comienzo a buscar por la habitación para que podamos salir ambas. Para que otra vez estemos en el barco, con oportunidad de odiarnos como siempre.
—¡Jaylynn, no hay salida!
No la escucho. Encuentro lo que parece ser un palo de cricket, y aunque golpeo no hay resultado.
Trato de ajustar bien la pistola, pero tampoco cede.
La respiración se me acelera. No puedo fallar, no puedo…
—Se acabó, Jaylynn. Déjalo estar.
Sólo necesito accionar la pistola, tiene que funcionar…
—Achard te ha enseñado esto —digo, presa del pánico al escuchar gritos, espadas y disparos en el primer piso—. Es un artillero, sabes de armas.
—Lo último que haré por ti será arrastrarnos juntas al final —es todo lo que dice Sorsha, sin importar que ahora yo, su enemiga más real en la tripulación, esté agachada junto a ella mientras permanece sentada en la cama.
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Editado: 04.07.2026