El canto del mar y la sirena

15

Jaylynn

Todavía me duele el pecho cuando me miro la venda en la mano, que por primera vez dejé que Alizeh me pusiera sin replicar.

Todo el revuelo ha puesto en marcha cada parte del barco, pero se aseguró de acabar con el dolor apenas notó el escarlata manar sobre la arena en el puerto.

—¿En qué estabas pensando, Jay? —suelta, con lágrimas en los ojos igual que cuando la vi en el muelle. A pesar del dolor que tengo en la mano izquierda, tiene el descaro de estamparme el puño en el brazo—. ¿Por qué eres así?

—Yo… Yo tenía que hacerlo… —replico con irritación, pero de nada sirve—. Iba a morir si no…

—Te hubiéramos encontrado —solloza, y cuando la miro se muerde el labio inferior para no seguir llorando—. ¿Por qué no te cabe en la cabeza que eres mi única familia y por eso debes seguir viviendo tanto como yo?

Entonces me siento culpable. La culpa me golpea con toda su fuerza cuando su llanto llena el camarote principal, del que no nos hemos movido. Nerván está a unos pasos más, detrás del escritorio mientras espera a Achard.

Todavía no llega porque no quiere decirle lo mismo que yo.

—Fue algo estúpido —coincide el capitán, cansado del alboroto—. Jaylynn, pudiste haber muerto.

Aguanto la respiración cuando por fin la puerta chirrea y Achard entra. Quiero salir corriendo, no quiero escucharlo.

—Es casi seguro que la mataron —susurra, y también es como si me golpearan.

No me giro a ver la expresión del capitán, debe estar devastado. Salgo junto con Alizeh para dejarles su privacidad a ambos, padre e hijo.

No puede ser mi culpa, ¿verdad? Ella no quiso reparar la pistola…

—Debo avisarle a Leonie sobre esto —murmura Alizeh, sorbiéndose la nariz mientras trata de controlarse—. Ya vuelvo, ¿sí?

Sabe que no quiero estar sola. Me conoce bien, a veces mejor que yo.

La tripulación entera se alarma cuando Leonie se entera, los que estaban más cerca esparcen la noticia. Uno de nuestros mejores integrantes se ha ido para no regresar.

No quise contarle el detalle que descubrí a Achard. Sé que los destrozaría más saberlo, así que es algo que pienso callarme siempre.

No soporto el dolor que esto causa, y en especial cuando pude haberlo evitado. Otra vez.

Ahí, más adelante del pasillo que lleva al último piso, está Hartley. Mira por la borda ahora que todos vuelven a sus habitaciones luego de haber entrado al camarote principal para darle sus condolencias al capitán.

Sin pensarlo mucho, me acerco despacio. Pero me detengo al ver al muchacho, Hartley parece triste.

Estoy a punto de volver sobre mis pasos, pero decido seguir con esto.

—Hartley… —lo saludo, y al verme no cambia mucho. Sólo esboza una sonrisa apenas, incluso apoya los codos en la borda.

—¿Cómo estás, Jaylynn? —murmura, sin apartar la vista del frente.

—No lo sé —admito, ahora a su lado. Me apoyo en la borda también, con la atención puesta en las olas—. No sé cómo debería estar.

Nos quedamos en silencio un buen rato, sólo escuchando el sonido de la espuma contra el barco.

—No te di las gracias.

Me vuelvo, e incluso debo alzar un poco la vista para mirarlo a los ojos. Está totalmente erguido ahora que se aparta de la borda para mirarme, aunque su semblante sea todo menos resuelto.

—Gracias por salvarme, Jaylynn —repite con calma, pero de inmediato vuelve a esa desolación de antes.

No puedo evitar decir lo que pienso.

—¿Por qué hablas como si hubieras preferido que te dejara ahogarte?

Me hubiera esperado cualquier otra respuesta antes que la que recibí.

—Porque quizá así es —dice en voz baja, tanto que incluso debí acercarme más para escucharlo con claridad.

—No digas eso —replico, desconcertada—. ¿Por qué?

—Nadie lo hubiera sabido —sigue, esta vez negando con una risa amarga—. Quizá hubiera sido lo mejor, ¿sabes?

—Nunca es lo mejor. Tú…

—Sé que no te importa ni te debería decir sobre esto, pero… hubo un momento parecido a este en mi vida antes. Ese día no cambia ni dista de hoy. Igual quise…

Mi corazón late quizá con la misma tristeza que me provoca esta conversación, ambas irracionales. Y como ya estoy en eso de cometer tonterías, noto que su mano aprieta con fuerza la madera del barco.

Cubro su nudillo con el mío, vacilante.

—Ese día…, ¿también hubieras muerto a causa del mar? —pregunto en voz baja sin dejar de mirar su perfil.

Niega, y le noto los ojos vidriosos, cansados de contener dolor.

—A causa de mi hermana.

La confesión flota entre nosotros, tanto tiempo en el que espero a que continúe porque quiere hacerlo, no porque se lo pida.

Toma aire con trabajo antes de hablar.

—Quería que dejara de respirar, y cuando estuve a punto, sólo vi el mar reluciendo con la superficie lejos de mí. Quería hundirme, quería que no me encontraran para…

No dice nada más, peleando con lo que siente. Y lo dice tan seguro, como si yo lo entendiera sin explicaciones. Pero es extraño. En parte lo hago.

Niego, entrelazando nuestros dedos con fuerza y el hecho de que no me haya apartado me hace hablar con más seriedad.

—Pues yo quería salvarte hoy. Y no porque otros digan que mereces hundirte es cierto, te lo prometo. Lamento… Lamento haberme tardado cuando me soltaste, tardé en bajar por ti, y…

—No tienes que disculparte por eso. Me salvaste. Me salvaste de morir como alguien más quería desde hace tiempo. Te lo agradezco, de verdad —dice con una sonrisa triste, estoy harta de verlo fingir—. Ten por seguro que haré lo mismo por ti un día, muchas gracias.

Miro hacia las olas, aparto la vista de él para que no vea cuánto me frustra.

Y entonces el agarre se suelta, pero levanta la mano hacia mí. Me aparta un mechón de cabello tras la oreja con delicadeza.

El gesto me deja tan perpleja que solo reacciono cuando se aleja hacia el otro extremo de la cubierta una vez más ahora que las actividades se reanudan y puede ser útil.




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