El canto del mar y la sirena

18

Hartley

Entro en el camarote principal flanqueado por desconocidos, pero esta vez no me siento tan tenso. No podría tratarse de nada por lo que preocuparse.

—Sherwood —saluda el capitán, indicándoles que puedo acercarme más. Pero me detengo al centro de la habitación, todavía no le tengo tanta confianza—. Al fin te integras un poco, ¿eh?

—Así es —murmuro, sin comprender la repentina amabilidad.

—Es momento de darte las gracias.

Eso podría ser sarcasmo. Por lo que he escuchado, el capitán no se ha hecho presente en la tripulación ni una vez desde la tarde en que subimos al barco de Dastan. No esperaba que quisiera verme, sin importar el tiempo que haya de distancia entre una cosa u otra.

—Hiciste un gran trabajo en la cantina —sigue como si yo no me estuviera enfrentando a un ataque de nervios. Menos mal que sé fingirlo, o sería añadido a la lista de defectos que ya tienen de mí aquí—. Uno que no me esperaba, a decir verdad. No se hablan maravillas de los prisioneros en mi barco, ya deberías saberlo.

—No tenía que felicitarme, capitán —digo con incomodidad sin poder evitarlo—. Y tampoco mentir. No le agrada mi presencia. Creyó que le sería de utilidad, que tendría miedo a la muerte y hablaría.

Eso es algo que cualquiera pensaría. Y también lo más sensato.

El hombre se queda pensando un momento, y yo me preparo para escuchar la confirmación.

—Sin embargo, le dijiste algo diferente a Jaylynn.

Me quedo callado esta vez, y él se pone de pie, camina hasta situarse delante del escritorio.

—Dijiste que tu lugar aquí era a cambio de información —insiste, pero su calma es engañosa—. No veo para qué otra cosa serías útil. Tampoco que te encuentres en posición de negociar.

—Si le soy sincero, me esperaba algo menos de generosidad por su parte. De todos ustedes —murmuro, cruzándome de brazos—. Y si he demostrado ser de su confianza, no veo el porqué de la presión.

—Yo puedo ver ahora mismo por qué todos hablan de ti en la ciudad.

Sin más, se ríe. De esas veces que no auguran nada bueno.

Le sostengo la mirada, sin dejar de pensar en lo que podría estar suponiendo.

—Más te vale tener algo por lo que esperar, Sherwood. Porque si no te costará caro.

—No crea que soy de esos que no mantienen su palabra. En ciertas ocasiones, soy diferente.

Esta en especial parece valer la pena, pero son razones que no tiene por qué conocer nadie.

—Esta noche saldrás y será tu última prueba de confianza —el capitán suspira, como si de verdad me considerara—. Apenas lleguemos, entonces demostrarás que vale la pena tenerte aquí.

Sin más, vuelve a sus tareas en el escritorio, y yo lo tomo como una señal para retirarme. No espero a que nadie me empuje de vuelta a la cubierta, prefiero ir hacia las cajas de armas que planeo limpiar esta tarde. Comienzo a subirme las mangas a los codos como ya es habitual.

¿Vale la pena tenerme aquí? ¿Eso fue lo que dijo? Si fue un halago, se sintió más bien como un puñetazo a las costillas.

—¿Estás en problemas? —pregunta Dave apenas se acerca.

—No lo creo —admito, limpiando el interior de un gatillo con calma.

—¿Seguro? No es normal por aquí ir por esos rumbos si no eres parte de su familia.

Y vaya familia traicionera que tiene. Apoyo con fuerza la tela y la pistola se dispara sin piedad hacia la madera de un mástil.

—Cuidado —Dave se ríe en cuanto me alarmo, quitándome la pistola de las manos—. Esa estaba en la mesa, por eso está cargada. Casi te pasa lo mismo que a Jay.

—Error de profesionales, entonces —murmuro con irritación.

No dice nada más, pero noto que un par de chicas se acerca, pero ninguna de ellas es Alizeh. No sabía que Dave tuviera más amigas que ella.

—Hola, Dave —una de trenzas rubias lo mira con una media sonrisa—. ¿Qué tal va el recuento?

No es que yo sea precisamente un experto, pero creo que si ella le habla así puede ser por dos razones. O quiere un favor, o…

—Hasta ahora han sido tres tormentas en una semana —murmura este, intrigado—. ¿Tú qué tal has ido con las notas, Nisrine?

—No mejoran —murmura otra chica, una más alta—. Es un desastre sin esa semana en la que no tuvimos vigía. Entonces quizá hubiera más reportes del clima.

—¿No vas a presentarnos? —pregunto a Dave a propósito cuando noto la atención de Nisrine en mí—. Es grosero hacer esperar a una dama.

—Ya, claro, se me olvidaba —este se ríe, señalándome—. Este es Sherwood, ya creo que lo conozcan.

—Es un placer —Nisrine señala a su amiga apenas, sin apartar la mirada—. Ella es Ezlyn.

Esta asiente, con algo de curiosidad.

—Tiene un acento peculiar —Ezlyn ríe, negando—. No es catalán, parece de otro idioma.

—No se debe al idioma, señorita. Pertenezco al reino de Poregrath, o al menos a su capital —digo, sonriendo ahora que ellas también lo hacen—. Y en el lugar del que provengo, sabemos reconocer cuando se hace un hallazgo.

Dave me observa con la misma intriga que sé que Leith hubiera adoptado. Espero la respuesta, y la obtengo.

—No sé cuál sea su hallazgo, Sherwood, pero… —Ezlyn habla con calma, casi pensativa—, es usted un gran tirador. Lo reconozco, ese es mi hallazgo.

No digo nada más, divertido con esto. Ya tenía varios días sin divertirme de esta forma, y debo admitir que en cierta forma lo…

—¿Qué se supone que haces?

Jaylynn no se acerca tanto, pero aquí está. Me dedica una mirada que no entiendo, porque de inmediato se pone a gritar más fuerte.

—Dave, tienes trabajo que hacer, ¿no es así? —espeta, irritada—. Con razón no podemos avanzar en la cubierta, en lugar de hacer lo que te corresponde, juegas con el resto.

—Tranquila, Jay… —empieza él, pero se calla en cuanto esta suspira.

—¿Te lo voy a repetir? No se puede avanzar si no arreglan el maldito mástil, y si no hubiera estado a punto de morir por subir la red hace dos días, lo haría yo misma.




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