Jaylynn
No puedo creer que haya llegado al punto de necesitar hacer esto.
Mi propia reputación está en riesgo por culpa de ese idiota y ahora debo gritarles a todos que no me interesa. Si incluso organizaron un duelo anoche para evidenciar lo contrario, esto es grave.
Sigo siendo yo. Y él sigue sin ser nadie aquí.
Me adelanto hasta la habitación en la que dormimos la mayoría, y al verla vacía tomo la espada que guarda Alizeh bajo la litera.
Comienzo a dar golpes al poste de madera cuando recuerdo cómo hice que le sangrara el brazo. No quería lastimarlo, pero tampoco es muy hábil.
Y hacer esto se siente terrible. Nunca miento, y menos cuando se trata de otros. Siempre digo lo idiotas o inútiles que me parecen, pero esta vez estaba mintiendo.
De verdad no pretendía decir las cosas sin frenar.
Apoyo la frente contra el poste, agotada. ¿Qué estoy haciendo?
—Un poco más y caen lágrimas en la cubierta.
La voz de Alizeh me hace cerrar los ojos, más irritada que antes.
—Tampoco fui tan dura —replico, sin volverme a mirarla.
—Me refiero a ti —murmura, y adivino que está sentada en mi cama cuando los resortes del colchón suenan—. No hablabas en serio, ¿no?
Estoy a punto de dar otro golpe al poste con la espada, pero la suelto.
—Claro que hablaba en serio. No lo soporto.
—Ya, claro. Esto te va a costar un poco caro, porque de verdad lo lastimaste.
—No es verdad —replico con fastidio—. No morirá por esto, sabe que no…
Y entonces lo noto. La idiota aquí soy yo.
—¿Por qué sabría que no ibas en serio? —escucho la sonrisa en la voz de Alizeh incluso antes de volverme—. ¿Qué se lo dice?
Tomo la espada y doy otro golpe al poste.
—Lo detesto —murmuro, más cansada que molesta esta vez.
¿Qué tiene haberlo lastimado? No es como si se fuera a morir por un corte tan superficial como ese.
—Deberías hablarlo con él —sugiere, sin dejar de mirarme—. Ya sabe que mientes, pero… existe la posibilidad de que lo dude.
—No tengo que explicarle nada, no me interesa —puntualizo, pero me arranca un suspiro de frustración.
Si debo hablar con él después de esto, será porque actuaré igual que hoy. No me puedo permitir distraerme así, y agradezco al resto recordármelo.
Pero odio la idea de que en el más remoto caso de hablarle de nuevo sería porque yo empezaría con una disculpa. No está en mis planes futuros, y dudo que lo esté.
Primero no le disparo y ahora me molesta haberlo enfrentado. Es una forma muy idiota de atormentarme.
…
Cierro la puerta a mi espalda, pero esta vez sí me adelanto un poco más en el camarote.
—Escuché que salieron sin mí —empiezo, sin saber muy bien cómo actuar luego de casi un mes sin ver al capitán.
Este parece tranquilo, y asiente sin mirarme.
—Sí, porque es importante que te quedes. Eres el capitán en estos días, no lo olvides.
Asiento, porque ¿cómo lo olvidaría? Hago casi todo el trabajo, sin importar cuánto trate de verlo de formas distintas. Y es algo que me fascina. Por fin estoy demostrando que pueden confiar en mí, estoy dando razones para eso.
—Pero me extraña —replico casi en contra de mi voluntad—. Yo siempre voy cuando salen.
—Hoy no, Jay. Hoy no eras importante.
Me quedo en silencio demasiado tiempo, tanto que incluso a mí comienza a preocuparme.
—No he pasado mucho tiempo aquí desde… desde Amerie.
Contengo la respiración al escucharlo.
—Esos días no pude estar junto a mis hijos —continúa el capitán, levantándose para apoyarse en el escritorio—. No tenía ni ganas de respirar.
—Yo…
—Sé que lo sientes, Jay. No fue tu culpa lo que le pasó a mi hija, a ninguna de ambas. Sin importar lo que otros digan, eres leal. Ahora puedo verlo.
De nuevo, asiento. Pero levanto la vista con lo siguiente.
—Sin embargo…, lo has remarcado en estos días.
Al notar mi confusión asiente, algo intrigado.
—Sí, lo has remarcado. Puede que te divirtieras un poco con Sherwood, pero nunca olvidas tu sitio.
Jamás pensé que estaríamos aquí para hablar sobre eso, pero así es. Me siento extraña por alguna razón.
—Yo no me divertía —replico, desconcertada—. En ningún momento…
—Lo sé, porque no le diste oportunidad. Y así debe ser —me corta, esta vez algo más severo. Está midiéndome aunque lo oculta—. Porque él es el prisionero de este barco, Jaylynn. Y tú, bueno… te la has pasado intentando convencerme los últimos años, no lo tirarías todo por la borda por alguien como él, ¿no?
—No, capitán.
—Me alegra escucharlo. Porque sé que sí has oído de él. Sería una vergüenza, Jay. Disfrutar la compañía de un niño… Tienes veinticinco años, y haces bien en no olvidarlo. Pero, sobre todo, no olvidas que eres mi mejor pirata, y eso deberías grabártelo por si algún día te hace dudar.
—Jamás lo haría.
—Me alegra. Me alegra muchísimo que lo entiendas. Porque lo haces. Puedo confiar en ti. ¿Verdad?
—Siempre puedes hacerlo.
—Entonces asunto cerrado —dice, asintiendo por última vez—. Les doy permiso de montar su fiesta en la cubierta cuando Alizeh regrese. Espérala, para que toquen el violín o lo que quieran. Te lo has ganado.
Sabe que nada de eso me agrada mucho. De nuevo está tratando de estudiarme de una forma a la que no estoy acostumbrada por su parte.
Una forma que sólo podría existir debido a la desconfianza.
Sin más que añadir al respecto, salgo de la habitación y cierro los ojos, tratando de calmar la ansiedad que me carcome. Tampoco entiendo por qué está ahí.
Camino un rato sin rumbo por la cubierta vacía, ignorando el muelle que tenemos al costado ahora que llegamos a esta ciudad. Es la primera vez que ellos salen y me quedo. Sólo yo. No porque dijera que no quería o me hubieran obligado porque estaba enferma.
Estoy aquí porque no me necesitan.
Me dirijo hacia la habitación, que todavía no tiene a nadie en las camas. Todos siguen en sus tareas, pero ya no las que requieren fuerza ni izar velas. Ahora mismo es un trabajo silencioso, casi imperceptible. Pero la vida en el barco no cesa, no importa que aún no se zarpe.
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Editado: 04.07.2026