El canto del mar y la sirena

21

Jaylynn

No me había pasado seguido, pero estuve a punto de dormirme en la cima de la plataforma, y es un ruido particular el que me despierta.

Ya no estamos junto al muelle, y anoche no tuve intención de preguntarles cómo les fue en tierra firme. Me limité a esperar a Alizeh hasta que tuvo ganas de contarme, adivinando que quería saber de todos modos.

Dice que alguien hizo un buen trabajo, pero lo cierto es que no me esperaba tanta honestidad en su voz cuando lo dijo.

Miro en todas direcciones, hacia el origen del sonido. No lo encuentro.

Es difícil de explicar, fue demasiado como para pertenecer a una espada. No hay nadie en la cubierta, es mucho más que tarde.

Y entonces lo veo: un barco se acerca a toda velocidad a nosotros, pero a causa de la neblina no distingo la bandera.

Bajo por la red, y un golpe en la madera de la proa hace que el barco entero se sacuda. Están tan cerca que intentaron volcarnos.

Un alboroto se hace presente en el pasillo de las habitaciones, en donde estaban todos hasta el momento a causa del frío. Apenas toco la madera tomo una de las espadas en la mesa, llevando tantas como puedo hasta la salida en la que se agrupa la tripulación.

Pero un empujón me hace soltarlas de golpe, trato de levantarme del piso, pero una mano va directo a mi cuello.

No cabe duda. Es el grupo de Dexter. Son los únicos que usan máscaras negras cuando harán cobardías. Pero la que lleva este hombre tiene algo de especial. Tiene detalles en pintura blanca, un ornamentado que no había visto jamás. Debe ser Dastan, quizá.

Los gritos comienzan, igual que el tronar de todas las espadas y uno que otro disparo. No entiendo por qué no nos movemos. Estamos dejando que suban al barco.

Enfoco la vista sólo para descubrir a un hombre a horcajadas sobre mí, tratando de ahorcarme. Tanteo la madera y logro dar con una espada, que logra cortarlo lo suficiente para que me suelte.

Toma la suya, sujeta a su costado. Y nos unimos al tronar de metales y desastre.

Tengo que subir hasta el timón, o al menos averiguar en dónde está Nerván. ¿Por qué nadie está haciendo nada?

Cuando el desconocido trata de apuntarme a la clavícula con la espada le doy dos patadas al costado que lo dejan sin entender un par de segundos. Suficientes para correr hasta Alizeh, que pelea con dos personas a la vez.

El sonido de las botas contra la cubierta llena el aire, y comienzo a perder un poco la calma cuando me doy cuenta de que no se trata de neblina. Parecen bombas caseras, las habían estado lanzando desde la distancia.

Comienzo a pelear contra uno de los tipos que trataba de inmovilizar a mi amiga, pero logra acertarme al costado apenas. Escucho voces por todas partes, gritos que no parecen decir nada en específico. A quien me lastimó le causo un corte en el mismo lugar, asegurándome de que sea mucho más profundo, y por eso se queda en el piso cuando paso por su lado, buscando alguien que esté controlando las velas, que no parecen moverse por alguna razón. ¿Por qué no se mueve en absoluto?

El sitio en el que me hirió la espada comienza a sangrar, y me llevo la mano al sitio casi por acto reflejo. Fue un error descuidar al resto.

Corro hacia el piso en el que se encuentra el timón, al final de las escaleras, pero al pasar frente al camarote principal descubro que el mismo hombre de la máscara ornamentada me seguía.

Peleo con la espada, con los puños y todo lo posible para que no tenga oportunidad de notar que estoy herida. Hasta que por mantener distancias me golpeo la espalda contra la pared de madera.

Comienzo a dudar sobre esta gente, todos están vestidos negro, nada habitual si son sólo piratas que vienen de parte de Dexter o Dastan. O quizá lo son y tratan de despistarnos.

Tengo que reaccionar en un parpadeo para desviar la espada que me apuntaba directo al cuello. Mi adversario por fin me mira a los ojos, y veo lo que creí desde un comienzo: no están aquí para llevarse nada que no sean vidas. Si lo permito me matará justo ahora.

Aguanto la espada con fuerza cuando su forma de empuñarla iguala la mía. Nuestros ojos se encuentran otra vez cuando levanto la mirada, y distingo la misma de un asesino.

Lástima que no me conoce todavía. Sé que no lo hace, porque sabría que a mí no se me apunta con una espada sin razón.

Se escuchan disparos de cañón, y alivio es imposible de ocultar cuando noto que provienen de nuestro barco. La mayoría corre de vuelta al suyo, saltando la poca distancia entre una nave y otra. No son profesionales. Hubieran dejado a alguien a cargo de sus propios cañones y atacar mientras tanto.

Y aunque todos se van, el hombre frente a mí no me quita la mirada de encima. No se piensa ir sin matarme, y yo no lo pienso dejar marchar sin un recuerdo de que se metió conmigo. Golpeo con la rodilla directo a su estómago, y se dobla un poco. Aprovecho para empuñar la espada a su antebrazo y marcarlo a mi antojo mientras todavía se recupera.

Me dedica una última mirada antes de seguir al resto hacia el barco, pero lejos de disparar cañones lanzan otra de sus bombas cobardes de neblina. Es ahí cuando me doy cuenta de por qué no nos alejamos sin importar cómo estén las velas.

Alguien bajó las anclas. Por eso no nos movemos.

Ese barco se aleja, aunque sé que pronto podría hundirse por los daños causados por los cañones.

Por fin corro hasta el timón, y tal como esperaba, el sitio está vacío.

Bajo hasta las habitaciones, buscando por todas partes a Achard, que era quien estaba ahí hasta hace unos minutos.

El armario al final de la habitación principal llena de literas se aporrea con golpes secos, como si hubiera algo dentro.

Tomo la espada a mi costado, y cuando la abro la bajo por completo.

Gilly estaba escondida ahí, seguramente porque Leonie o Dave la trajo durante el ataque. Está asustada, y tardo un rato en convencerla de subir a cubierta, pues ya no hay nada de qué preocuparse.




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