Hartley
Desde que llegamos a Valkrety, las cosas no han sido precisamente agradables.
En especial porque a nadie le pareció un buen lugar, a pesar de la pinta refinada que caracteriza al reino.
Pasaron dos noches para que por fin pudiera conciliar el sueño en el hotel que nos quedamos, y me tranquilicé mucho más cuando acompañé al resto a rentar carruajes en el centro del reino.
Ahora mismo no es exactamente nuestro mejor día, pero las cosas cada vez parecen empeorar menos a causa de las decisiones del capitán. Y porque todos tienen la certeza de que nos acercaré a la academia, cosa que es segura.
Cada uno tiene una habitación en el hotel, pues solo somos Achard, Jay, Dave, Alizeh y yo. El resto se ha quedado en el barco, al menos por ahora.
Apenas terminamos de cenar, cada uno en su respectivo sitio, salimos para encontrarnos en el pasillo. Esta noche de nuevo me visto con las gabardinas habituales, cortesía del capitán. Parece que el resto debe verse igual de desapercibidos en este lugar, a juzgar por el evidente cambio de camisas sueltas y pantalones del mismo tipo.
Dave y Achard bajan conmigo al primer piso, hasta luego salir a la calle. Tenemos el tiempo medido, pero ciertas señoritas se tardan bastante.
—Tenía mucho sin usarlo —comenta Dave, y sé que lo dice para que yo lo escuche. Achard no parece muy interesado en la conversación—. El reloj de bolsillo. Creo que no lo usaba desde mi boda.
Es de plata, ahora lo veo. Lo mete de nuevo en el abrigo pasados unos segundos en los que me pregunta sobre el lugar al que nos dirigimos. Yo le cuento lo poco y mucho que sé como alumno: las familias más importantes asisten a los recitales, las clases eran eternas… y yo, singularmente, tengo un sitio en cada lugar al que visito si en él se encuentran las personas que se interesaban en esas clases.
—¿Piensas tocar otra vez? —pregunta, pensativo.
—¿Prisionero en el barco? —murmuro, y algo de rencor se me escapa sin quererlo en una risa amarga—. Yo creo que mi carrera se limita a ustedes, cuando quieran puedo hacer de músico.
Dave se ríe, pero no puede oculpar la culpa. Ni siquiera es suya, no tiene sentido.
—Jaylynn también toca el violín. Sólo que no tan seguido.
Y yo diciéndole que el modo de tocar a bordo del barco era absurdo.
—Es… difícil de imaginar.
Dicho esto, la puerta que sigue después de los escalones se abre, y Alizeh y Jaylynn aparen por fin. La primera va con un vestido azul fuerte, que tiene detalles en encaje. Es casi el mismo que usa Jay, pero… Jay.
Jay luce el mismo color en una versión pálida, y por primera vez la veo atarse el cabello ébano en una media coleta. Cualquiera pensaría que le molesta vestirse así, tan lejos de su estilo habitual, pero parece bastante contenta.
Y… deslumbrante.
—Estás preciosa —Achard se adelanta hacia ella, que sólo asiente para quitarle importancia. Yo no hago lo mismo. ¿Cómo dijo? ¿Así? Ni siquiera yo soy tan descarado.
O, mejor dicho, nadie se ve igual de bien que yo siéndolo.
—Es mejor que nos demos prisa —Jay me mira por primera vez, sonriendo apenas—. ¿Por qué calle es mejor?
Me tardo en procesar lo que sucede.
¿Me sonríe? ¿Por qué? ¿Por la ropa? ¿Porque le agrado? ¿Le gusta mi ropa?
—Ah… —empiezo, recuperando el habla después de haber detenido de más la mirada—. Sí, yo los llevo. Adelante.
Los cinco comenzamos el camino por las calles iluminadas por faros modernos, casi idénticos a los de Ciudad Carta. No puedo creer que yo esté aquí. Este reino se acerca bastante a mi ciudad, y no me da tanta intranquilidad caminar por las calles.
Después de todo, sabía que era inevitable volver por aquí. Pero hay algo que no me creo del todo; hemos deshecho el camino desde que me secuestraron. Estamos de regreso, y sé que no ha pasado precisamente poco tiempo.
El lugar es reconocible, muchas millas antes de llegar: la gran cúpula en el centro, las paredes ornamentadas, todo indica el lujo de la escuela de música más prestigiosa del reino.
Apenas llegamos a la escalinata principal, subimos sin pensarlo nada. Para mí esto es como cualquier día, pero ellos… ellos miran mucho. Jamás había visto a Jaylynn mirar tanto tiempo nada, y ahora veo que no aparta la mirada de las columnas color crema con ornamentado cerca de la entrada. Nunca me había percatado de su color de ojos con exactitud. Son azules. No como el océano. Azules como diamantes, unos bastante preciosos.
—¡Hartley Sherwood, el violinista!
Me vuelvo al instante cuando noto a Emmerly, la chica que conocí en mi ciudad.
—Es un placer verte de nuevo —digo, por fin desviando mi atención—. ¿Qué haces tan lejos de casa?
—Es una larga historia, pero es divertido cambiar de aires. Veo que haces lo mismo, al parecer. ¿Vienes a una función?
—¿Hoy tienen función? —pregunto, y con ello llamo al resto con un gesto vago de la mano. Es mejor que los reconozcan aquí, antes que comiencen a desconfiar—. Emmerly, ellos son amigos míos.
Dave y Achard solo asienten y miran, pero Alizeh se adelanta hasta la chica para elogiar su elección de zapatos y de ropa en general.
Jay se acerca, pero se mantiene a mi lado sin intervenir.
—Y ese collar —sigue la pelirroja, sin ocultar la sonrisa—. ¡Te queda divino!
—Muchas gracias —Emmerly sonríe con educación, divertida—. Tú también te ves muy linda con ese vestido.
Alizeh se pone a darle explicaciones al respecto, pero en medio de eso me vuelvo hacia Jaylynn, que no ha dicho nada. Parece mirar a Emmerly con cierta desconfianza, y cuando se percata de que la observo me mira quizá incluso de peor manera.
No lo entiendo.
O tal vez sí. Sonrío ante la idea, pero eso hace a la pirata apartar la mirada. Debo contener lo que pienso, debo callarme, al menos hasta que regresemos al barco.
—Me gusta mucho esa ropa, Harltey —comenta Emmerly, atenta a mi reacción—. Te queda bastante.
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Editado: 04.07.2026