Hartley
Las pesadas cortinas de la sala de estar nos protegen ahora que estamos dentro de la valla blanca que rodea la casa. La señal de Jay es sencilla: debe dispararle a cualquier cosa del patio trasero, así la atención se concentrará el tiempo justo para entrar en la casa. Buscamos un joyero. Todavía no sé ni cómo tiene que verse.
—Anoche demostraste que tengo razón —Dave habla en voz baja, a mi izquierda—. Tienes ese aire refinado todavía, te lo tienes que sacudir para empuñar bien una espada.
—¿Qué relación hay en eso? —replico con irritación, sin dejar de observar la fuente de piedra sobre el césped.
—Demasiada, pero eres tú quien no lo mira. No se puede ser dos cosas a la vez.
—Bueno, Jaylynn es una pirata al mismo tiempo que es maravillosa.
—¿Sabes cuántos años tienes? —suelta con sorpresa.
—Por favor, está claro que yo también…
—Está tardando bastante —Alizeh da un codazo a Achard con nerviosismo—. Ve por ella, estoy segura de que algo le pasó.
—No hemos escuchado nada —este suena algo más tranquilo, pero está tan tenso como nosotros.
Completo silencio. Es inquietante como incluso el interior de la casa parece vacío, pero lo creo imposible con la hora en que nos presentamos.
Pienso en asomarme por la ventana a nuestro costado, la que yace en pedazos en el césped, cuando el resonar de pasos hace eco desde dentro.
Sé que todos lo escuchamos. Luego, silencio otra vez.
Hasta que un disparo rompe el aire, y no precisamente nada del patio trasero.
Nos quedamos tan callados que se escucha el movimiento en la calle frente a la casa.
—¡Va a matarla! —sisea Alizeh, comenzando a entrar por la ventana.
Cuando por fin reacciona, Dave la toma por debajo de los brazos para sacarla de nuevo, sin importar cuánto trate de zafarse del agarre. Sin dudarlo tanto, decido entrar en su lugar.
Escucho los gritos de protesta, pero no me importan. Ese hombre, el padre de Dastan, podría estar aquí. Tiene cuentas con Jaylynn.
Saco la pistola del cinturón, pero apenas abro la puerta al exterior siento un golpe en la cabeza que me deja en el piso. La punta de una pistola.
Un hombre me apunta directamente al pecho, y antes de que pueda reaccionar, se desploma cerca de mí.
Jay parece alterada, aparece corriendo para ayudarme a ponerme en pie.
—Rápido —susurra, y de nuevo los pasos. Hay una puerta de madera más pequeña bajo las escaleras. Es un armario. Lo recuerdo del día en que nos reunimos con Caitlyn, ella buscaba aquí su abrigo.
Jay cierra tras ella con delicadeza, tal vez la primera vez que trata con la misma a nada que tenga una perilla.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —murmura en voz baja, ambos agachados tras los abrigos—. Les dije que a la señal…
—Lo sé, pero después un disparo, tú no estabas, no avisaste… —no puedo continuar, porque su mano vuela hacia mis labios. Los pasos están en la cocina.
Aparta la vista de mí para concentrarse, y ahora lo entiendo. No fueron ellos quienes dispararon. Fue ella.
—Tiene que dejar la casa —dice una voz grave tras la puerta—. Señora Fenton…
—No —replica la mujer, que por primera vez en meses logro escuchar—. No, no puedo irme. Mi familia…
Ante ello, Jay parece cambiar un poco su expresión. Ya no me siento tan tranquilo como antes.
—Debe marcharse con su hijo. Hágalo por la memoria de su esposo, seguro vienen por usted.
—Por mi esposo es que deben actuar ahora. ¡Encuentren a esa maldita!
No sé por qué me sorprende que Jaylynn trate de ocultar la culpabilidad frente a mí. Quizá no fue totalmente adrede, porque nunca parece mostrar nada más que indiferencia en situaciones así.
—Cerraste la puerta del sótano —dice Jay cuando los pasos se alejan, sin dejar de mirarme. Sólo por eso retira el mitón de mi boca—. Lo hiciste, ¿verdad?
—Eh…
—No puedo creerlo.
—Ambos estábamos ahí —replico, sin poder creerlo.
—La primera regla es cerrar todas las habitaciones de las que sales —suelta, cada vez más irritada. Se pasa una mano por la cara hasta abrir la puerta con delicadeza.
Cuando ambos salimos a cocina, encontramos la puerta del sótano cerrada.
—Si hubieran sido ellos… —empiezo, y por eso sé que ya no estamos solos.
—Arriba, ahora —Jay me toma del brazo cuando nota que no reacciono, olvidándose de no hacer ruido. Corremos por las escaleras hasta la habitación principal, o eso parece a juzgar por lo grande que es. Está vacía, y noto en específico un mueble del mismo modo. Una cuna.
—¿De qué hablaban allá abajo? —pongo en palabras por fin mi pregunta a causa de la visión—. ¿Qué le hiciste a esta gente?
—Yo no…
Un portazo en esta misma habitación.
—Cuando regresemos, prometo que le diré a Nerván lo inútiles que son fuera del barco —espeta Jay, mirando a los dos chicos frente a nosotros. Dave parece el más culpable—. ¿En dónde está Alizeh?
—Abajo… —empieza este, pero se calla al instante.
Otro armario, al parecer, porque Achard lo abre.
No nos queda bastante tiempo, porque alguien intenta abrir ahora mismo. Tomo a Jay de la mano para situarnos bajo la cama, algo lejos del resto.
La puerta se abre con un chirrido, y así permanece un rato. Están buscando algo raro aquí. O eso creía.
Veo la punta de un vestido hasta el piso, uno de seda. Jay parece reconocerlo, porque se tensa a mi lado mientras ambos nos apoyamos en los codos sólo con el edredón que cae de la cama cubriéndonos.
El llanto de un bebé. La cuna no estaba vacía, sólo era el dosel que no nos permitía ver nada.
Nos quedamos de lo más quietos cuando los pasos se acercan a la cama y se detienen. La mujer va hacia la puerta y pone el pestillo. Se dirige al armario, y antes de que podamos hacer nada ya escuchamos el sonido de un gatillo aflojándose. Reconocería eso a mucha distancia, pero está claro que esta persona nunca ha tenido contacto con un arma más allá de con la gente que protege su casa.
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Editado: 04.07.2026