Jaylynn
Si tuviera que hacer una lista de todas las cosas que he hecho hasta ahora, tanto buenas y malas, creo que me sobraría espacio en blanco. Siento que no he vivido casi nada desde que me subí al barco la primera vez, y es inaceptable si este será mi último día.
No entiendo nada para cuando dos hombres y una mujer me conducen al sótano en la casa en que nos metimos, porque ni siquiera se molestaron en llevarnos a otro lugar. Pero esta vez estoy sola. Hartley se quedó en la sala de estar, y a juzgar por los puñetazos que recibió, definitivamente no es para tener un trato mejor que el mío.
Pensando precisamente en esa amabilidad, uno de mis escoltas me empuja, aunque falten cinco escalones hasta el piso, y que tenga las manos atadas. No tengo una mordaza a diferencia de Sherwood, porque yo sí entiendo que en situaciones así de nada sirve gritar. Mis antebrazos se golpean con fuerza cuando caigo, lo único que evitó lastimarme la cara.
Nadie dice nada, ni siquiera para burlarse. Casi preferiría lo contrario, pero mi expresión de indiferencia no ha cambiado desde que nos atraparon en el puerto.
Ese último disparo no sólo quería terminar con Dexter Camelot, también esperaba que alguien en el barco lo escuchara y dieran vuelta.
Me doy la vuelta para ver a quien me dio el empujón, todavía en el piso, y una mujer que conozco me devuelve la mirada.
—Parece que alguien por fin cayó en la trampa —murmura, sin dejar de sonreír. Me apresuro a sentarme, y apenas hacerlo se acerca con calma—. ¿Quién diría que así terminarían las cosas para ti, Jaylynn? Para tu padre…
Le hace una seña a los hombres, que me llevan sin delicadeza hasta la silla al centro del lugar. No estaba aquí antes, y si lo estuvo, alguien de nosotros debió tirarla al entrar a la casa.
Todos creen que Nerván es mi padre, sin importar cuánto lo niegue. Pero el reino es muy distinto de esta mujer, que sí sabe la realidad.
No oculto mi sorpresa al ver a Sorsha. Sabía que no estaba muerta.
—¿Cuándo vas a dejar los celos de lado? —rio, sin miedo a morir. Ya nada puede salvarme, más vale disfrutar de este momento—. Sí, me cree su hija. Mucho más que a ti.
No se lo piensa nada al darme una bofetada, quizá con más saña gracias al tiempo que llevamos sin vernos. También se me hacía raro pasar los días sin nadie recordándome lo inservible que puedo llegar a ser.
—Hoy Nerván pensará que no tiene ni una sola hija más —dice, disfrutando de la situación mientras camina a mi alrededor—. Y tú te quedarás sin barco, ¿eh? Porque seguro has sido la capitana desde entonces.
—Apuesta lo que quieras —miento, sólo para hacerla enojar.
—Es estúpido. Tiene un hijo —suelta, refiriéndose a Achard—. Eres una…
—Sí, tiene un hijo. Qué bien que realmente no soy hija de Nerván —digo, apenas conteniendo la risa. Niego, sintiendo el labio roto—. Porque así me podría volver familia tuya de estar con Achard, recuerda cuánto aprecio me tiene.
La mirada que me devuelve es asesina, y yo rio por lo bajo. ¿Por qué no saca la pistola? Debería hacerlo pronto…
Me quedo en silencio, mirándola de arriba abajo. Toda la ropa que lleva no es ni parecido a las blusas y pantalones que solemos usar en el barco, sin importar cuántas veces a Alizeh y Leonie les guste cambiarlos por vestidos, Sorsha sería la última en ponerse uno. Y aquí está, ataviada con un vestido azul cielo con puños de encaje.
No creo que se lo haya comprado ella, menos con lo poco que traía encima al quedarse en el barco la última vez cuando rompí la ventana.
—¿Qué miras? —espeta, por fin deteniéndose frente a mí.
—Lo haces por él, ¿no? —pregunto, mirándole el vientre. Pasó suficiente tiempo como para notar un cambio, parece igual que antes en la tripulación. Si ocultaba el embarazo bajo los abrigos mientras estaba con nosotros, es posible que el tiempo se haya cumplido—. Por el hijo de ese desgraciado.
Su mirada cambia, fingiendo no haberme escuchado. Claro que sí.
—Nunca te pensé caer tan bajo —suelto, poniéndome de pie—. Cuando Nerván se entere de esto, ahora sí no existirás para él, te doblegas ante quien intenta matarlo cada vez que tiene la oportunidad, eres una…
Se acerca a mí, y sin dudarlo me clava las uñas en el hombro al mantenerme sentada otra vez. Sin embargo, no bajo la mirada.
—Escúchame bien —empieza, y por su voz sé que está completamente acabada—. Nunca vas a salir de aquí a menos que mueras, así que al menos compórtate para morir de forma digna. Me encargaré personalmente de dispararte, yo pedí hacerlo. Y…, ¿sabes por qué? Porque querías arruinarme, desde el momento en el que te apareciste como una niña miserable y asquerosa. Desde entonces, yo supe que la desgraciada aquí eras tú.
Usa la otra mano para intentar darme otra bofetada, por lo que sin pensarlo muevo ambas manos atadas para apartarla, haciendo que pierda el equilibrio y se desplome en la pared.
Incluso atada, quiero que me den igualdad de condiciones.
—¿Está bien, señora? —le pregunta uno de los hombres, y ella sólo asiente.
No me esperaba encontrarme de nuevo a esta mujer, con una vida demasiado similar a las que solía hacer burla. Siempre dijo que detestaba a quienes se casaban y heredaban la posición. Parece que ahora debe tragarse las reservas respecto a ello.
—¿Te quieres morir? —me espeta Sorsha, caminando hacia mí de nuevo—. Porque no tengo problema en matarte antes de que él llegue…
Se calla al instante. Muy tarde, ya estoy riéndome tan fuerte que resuena en las paredes.
—¡Te casaste con él! ¡No puedes tocar más fondo, se casaron!
—Al menos yo tengo la opción de casarme —replica, pero acepta el pañuelo que le ofrecen para limpiarse las manos. Claro, que malo es tocar paredes sucias. Me mira con odio—. A ti nadie te desposaría, menos con todo lo que has hecho.
—Es como las cosas que dicen los niños cuando ya no saben con qué más pelear —espeto, irritada del mismo discurso—. ¿No te sabes otra cosa?
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Editado: 04.07.2026