El canto del mar y la sirena

27

Jaylynn

Cuando miro en el espejo, no puedo evitar odiarme un poco por lo que veo. Incluso una semana después de abandonar el puerto, no puedo olvidar lo que nos sucedió en Valkrety ni aunque quisiera hacerlo. Los moretones en mi mejilla y en la clavícula, los únicos que se aprecian con claridad sin importar el tiempo, están para recordármelo.

Aprieto el metal que sostiene mi reflejo, comenzando a bajar un poco el escote de la blusa. Quisiera borrar muchos días, pero en específico en el que descubrí cuál podría ser el primer pago por las cosas que he hecho.

Mi mano encuentra por fin lo que buscaba: la delgada línea desde la clavícula hasta empezar el mentón. Un camino provocado por una navaja.

Cuando Leonie me curó el resto de heridas, no le conté de esa. Me da tanta vergüenza, me hace sentir tan inútil…

Estoy marcada de por vida ahora, y ni siquiera puedo decir que tuvo un propósito. De nuevo no encontramos el maldito joyero.

Guardo el espejo en el cajón más cercano cuando escucho pasos en el pasillo, aunque no es nadie importante. Desde hace dos días, cuando pude mantenerme de pie el suficiente tiempo como para no sentir el dolor de los golpes, no paré de entrenar. Quiero aprender a golpear con la misma fuerza que otros usaron conmigo, aunque yo la tengo.

Intenté defenderme, por supuesto. Imposible si uno sostenía una navaja contra mi cuello.

Salgo de las habitaciones hasta el pasillo luego de colocarme una chalina azul sobre los hombros.

El movimiento es el mismo dentro, aunque por primera vez salgo con intención de supervisar nada. No me quedaron muchas ganas apenas volvimos, y por primera vez no protesté entonces en descansar.

Quería olvidarlo todo.

Y todavía tengo una conversación pendiente.

Subo las escaleras mientras presto atención a penas a las olas que se mueven. El océano se ve en calma, pronto deberíamos llegar al puerto, una vez ahí hay planes, por lo que he escuchado.

Me sostengo del barandal de forma casi inconsciente cuando un moretón detrás de la rodilla me pasa factura. Aprieto la madera con fuerza hasta que advierto a Alizeh, que me observa desde la entrada del camarote principal, hacia donde me dirijo. Finjo estar bien, camino hacia ahí sin aparente problema, aunque cada paso me cuesta demasiado.

La pelirroja intenta decirme algo, pero la ignoro un poco sólo saludándola antes de entrar en el camarote. Cierro de forma que se escuche el azotar de la madera, por eso no tengo que anunciarme, igual que en los últimos años. Hoy en particular, no me place comparar mi estancia aquí con la experiencia. Hoy, por primera vez, no estoy aquí para complacer al capitán con buenas noticias o información útil.

—Jay —me saluda, el hombre parece algo cansado. Como siempre. Hoy no tengo muchas ganas de guardarme mis reservas—. ¿Cómo estás? ¿Ya te sientes mejor?

—Vine aquí para contarte dos cosas —digo, sin alejarme tanto del centro de la habitación.

Levanta la vista cuando advierte mi tono, y me parece perfecto que entienda que no vine para jugar a las preguntas.

—Sorsha estaba viva —empiezo, sentándome en la silla frente a su escritorio luego de arrastrarla por el piso con la bota. Veo que no tiene intención de levantarse para hablar conmigo, así que yo me acerco—. Lo sabes, ¿no?

Tarda en responder, pero al final asiente con gesto ausente.

—Lo sé, Jaylynn. Estuvo aquí, mucho tiempo, siempre molestándote, siempre…

—No. No me refiero a eso —lo corto, comenzando a perder la paciencia—. Estaba viva. Tan presumida, tan… tan altanera…

—Jay, no debes…

—¡No estoy hablando de recuerdos! Estaba viva. Fue ella quien ordenó que me golpearan, estaba casada con Dastan Fenton, ¡era su esposa! Y hubiera… hubiera tenido….

—¿Y qué? ¿Tú la mataste? —pregunta con cautela por fin, derramando el vaso.

La risa que me sale es amarga, tanto como los últimos días y horas.

—¿Por qué? —murmuro, sin dejar de mirarlo a los ojos—. ¿Me crees capaz, padre? Porque eso eres de mí, todos lo saben. Que Nerván fue débil y acogió a una niña, ¡que la eligió sobre sus propios hijos! Pero no. No fui yo. ¿Quieres saber quién lo hizo? Fue tu hijo. Le dio un tiro sin importarle nada.

Y Achard debe pensar que yo no tengo ni idea. Cuando apenas reaccionaba en el pis, ese momento que se me hace tan borroso, escuché un disparo en alguna parte de la estancia, subiendo las escaleras. No me giré a mirar, precisamente porque sabía quién lo había dado, y lo confirmé cuando por fin subí con Hartley. Achard miraba el cuerpo de su hermana, y lo hacía con la misma crudeza con la que le he visto asesinar a otros.

—Le dije que hiciera lo posible por protegerte apenas me enteré de que te secuestraron —Nerván habla con un tono distinto, furioso—. Se tomó al pie las instrucciones, por lo que parece.

Por fin está sucediendo. Me está culpando por la muerte de Sorsha.

—¿Sabes por qué todos hacen tratos con tu barco? —pregunto, sin ganas de escucharlo—. Porque te tienen lástima. Tienen lástima del gran capitán que eras antes de todo lo que sucedió. Pero, ¿sabes algo? No me interesa lo que todos digan, porque todos abordo creen que fui yo quien mató a Sorsha. Achard ni siquiera metió las manos para desmentirlo, porque él era el único que sabía la verdad, él me inculpó.

—No haría eso, Jaylynn. Es mi hijo, y no lo críe para que fuera un hombre así. Él te ama, mucho más de lo que mereces.

Quizá lo último se le escapó, pero no pienso discutírselo. Jamás sería nada de un hombre como Achard.

—¿Recuerdas la última vez que dijiste algo así? —murmuro sin poder evitarlo, casi como lo recordara—. Que un hombre me amaba. ¿Recuerdas que casi muero ese día?

—Me gustaría saber si algún día me contarás lo que pasó en realidad hace dos años.

También piensa que lo inventé. Todavía tengo pesadillas con ese día, pero trato de convencerme de que son solo estragos de haberme defendido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.