El canto del mar y la sirena

31

Jaylynn

No he podido pensar demasiado desde que regresamos al barco y lo agradezco. Tampoco es como si hubiera querido hacerlo, pero incluso dos semanas después no hemos zarpado. Todos los días parecen iguales.

Solo de llegar al barco tuvimos una reunión con el capitán sobre lo ocurrido, hice todo lo posible en no olvidar detalle sobre lo que descubrimos antes de regresar al puerto. Le enseñé la nota que encontré en la tienda sin mencionar quién tuvo una audiencia conmigo, y desde entonces hemos estado esperando respuesta, cada día tenemos una reunión al respecto.

Hoy, por fin, parece que ha tomado una decisión de la que todos deberíamos enterarnos, de no ser por ello no nos habría llamado tan temprano.

Achard y Alizeh aguardan algo alejados junto a la puerta en el camarote principal, nadie más que yo se ha animado tanto a recordar las noticias.

Hartley no se ha apartado de mí desde que estuvimos de vuelta, y tampoco sé muy bien que piensen de eso el resto. Es la menor de mis preocupaciones ahora.

—No creo que debamos ir a Krelkrith por el momento —el capitán habla en voz baja sin despegar la mirada de la nota—. El tiempo no es el mejor y hoy recibimos invitados.

Intercambio una mirada con el resto, todos parecen igual de confundidos.

No parece que nadie vaya a decir nada más. Salgo del camarote y no me hace falta girarme para saber quién me sigue.

—¿Crees que se enteró de que estuviste ahí? —Hartley habla en voz baja pero no respondo hasta tener la cerradura de mi habitación bajo la mano.

—Puede ser —murmuro, y cierra la puerta tras él—. Si se enteró, no sé qué haré.

Me siento en la cama, y aunque trato de darle más vueltas al asunto, algo me obliga a no hacerlo.

—Si de verdad vamos a Krelkrith… —lo escucho decir, algo contrariado—. No creo poder acompañarte.

Me vuelvo hacia él y se aclara la voz.

—La torre pertenece a mi familia.

—¿Y pensaste en decírmelo hasta ahora? —suelto, incrédula—. Pudimos llegar ahí hace días, quizá semanas.

—No es tan sencillo, Jay. Sabrán que estuve detrás todo este tiempo, y tampoco es muy seguro para ustedes.

Después de todo ya están buscándolo, eso fue lo que escuchamos. Antes conocía esa posibilidad y no me inquietaba. Ahora es diferente.

—En ese lugar se hacen subastas —continúa, algo pensativo—. No creo que un anillo como el que describes hubiera durado tanto ahí si alguna vez lo estuvo.

—¿Tienes forma de estar seguro? Enviar una carta a alguien que pueda comprobarlo, por ejemplo.

Asiente, y por eso adivino que ya lo ha hecho. Escondo la cara en las palmas, agotada.

—Voy a tener pesadillas con ese maldito anillo… —murmuro, porque es la verdad.

Tanto tiempo de buscar, quizá ni siquiera existe.

—Sé por qué quiere encontrarlo, pero ¿estás segura de que es la única razón? —Hartley se sienta a mi lado a la orilla de la cama, no puedo dejar de pensar en exactamente lo mismo que él.

—Siempre he creído que hay algo más, sin importar lo vital que le sea por los recuerdos —murmuro, jugando con el anillo en mi cadena casi inconsciente—. Sé que pertenece a la madre de Achard y Sorsha… Pero tampoco es que haya descartado otra posibilidad, como si fuera por el valor. Sin importar lo invaluable que pueda ser, debe haber una razón por la que arriesga todas las joyas en este barco por esa.

—Quizá lo de que es un recuerdo es una fachada.

Lo miro, y antes de decirle nada me enseña una nota con cuidado.

—Ayer estuve pensando mucho en esto…

—Hartley, ni siquiera sabes hablar catalán —suspiro, mirando el papel con la misma cautela—. Y esto definitivamente no lo parece.

Ayer lo pensé cuando leí la nota, pero no lo creí posible. Las letras pequeñas están en otro idioma.

—No es que esté en otro idioma —replica, y pronto nuestros hombros se tocan por la cercanía. Lo ignoro mientras trato de entender lo que dice. Parece concentrado de verdad—. ¿Ves esa línea, esa curva?

—Supongo —asiento sin dejar de observarlo—. Son letras, o al menos las forman.

—No, no son letras. Es decir, sí, pero esto se llama caligrama —sigue, señalando la forma con el dedo—. Simula un ornamentado, ¿lo ves?

Dejo de mirarle el perfil para centrarme en la nota y descubrir que sí, lo parece. Al mirar de cerca descubro algo más extraño hecho por las letras diminutas.

—Parece una casa… una fachada.

—En Krelkrith no encontraremos una parecida ni de broma —murmura, y al verle la sonrisa altiva debo contener la que me asoma a los labios—. O al menos no lo haríamos si no supiéramos que esa solía ser la antigua fachada de la torre de Krelkrith, cuando mi familia todavía no era dueña.

—Entonces no tiene mucho sentido ir —asiento, acercando el papel a la luz de la ventana—. Si entonces tenía otros propietarios… Pero esta nota no la escribió… No me dijo nada cuando estuvimos con ella, sólo lo mencionó. Estoy casi segura de que esta no es su letra, porque no sabe catalán.

—Alguien nos quiere ahí, Jaylynn. Y sea quien sea, cree que tiene un plan mejor que el nuestro.

—¿Qué es un caligrama? —no puedo evitar preguntar y eso lo hace reír un poco—. Ya, me devolviste la broma del catalán.

—¿Qué quieres escribir? —dice, dándole la vuelta a la nota mientras toma un lápiz del escritorio cerca de nosotros.

—No lo sé, lo que quieras.

—Escribiré tu nombre, ¿de acuerdo?

Dudo que le hubiera importado mi respuesta, porque comienza a escribir sin mirarme de nuevo. Su letra parece mucho menos tosca que las que he visto en todo este tiempo. Me pregunto cuánta caligrafía le habrá tomado perfeccionarla.

—¿Estás… dibujando una ola? —digo, asomándome al papel.

—Un caligrama es una imagen hecha por letras. Es más divertido escribir frases completas.

—Y ¿dónde aprendiste eso?

—En la escuela, hace tiempo.

Me levanto de la cama con el nuevo dibujo, observándolo con cautela.




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