El canto del mar y la sirena

33

Jaylynn

Si en el barco pensé que mi habitación era todo un lujo, me quedé sin palabras cuando entré en la recámara ornamentada en plateado llena de tonos tenues.

Creo que podría ser una buena parte de la cubierta sin exageraciones.

Al parecer, al organizarse subastas en este lugar, los colaboradores algunas veces se quedan a dormir antes de las audiencias. Después de regresar al barco por el poco equipaje en la tarde, todos volvimos al menos con algunas de nuestras cosas y yo en particular llevo una sola bolsa con algo de ropa y unas cuantas armas.

Cierro la doble puerta a mi espalda, y contemplo el lugar. A unos metros de la cama con dosel, se encuentra un tocador blanco igual de ornamentado que las columnas. Está lleno de cosas, y aunque Leith y Hartley insistieron en que podíamos usarlo todo, no tengo mucha intención de tocar nada.

Me siento junto a un espejo de cuerpo completo en la orilla de la cama. Esta se hunde bastante cuando apoyo la mano con fuerza en el colchón. Las sábanas son ocres y las almohadas llevan un estampado floral algo parecido al de algunos vestidos que he visto en las calles, hechos con seda.

Detengo la mirada en una caja blanca sobre la cama, a unos centímetros de mí. Es bastante grande, pero algo plana. Por eso no la noté al entrar.

Retiro la tapa con cuidado y me quedo mirando el interior sin saber muy bien cómo reaccionar.

Saco la nota sobre la tela, confundida. Sólo tiene una palabra.

Jaylynn.

En forma de ola, un dibujo llamado caligrama.

Tomo el vestido en el interior con cuidado, desdoblando la tela. El cuello es alto, con encaje de adorno igual que en los puños. La blusa lleva algunos bordados en forma de enredaderas plateadas hasta los hombros, la tela tanto de esta como de la falda es del mismo tono que del vestido que llevo puesto desde que desembarcamos.

Miro por la habitación después de pensarlo un par de segundos y tomo uno de los ganchos en el armario vacío. Voy hacia la puerta y lo coloco de tal forma en las manijas que sería imposible abrirla desde fuera.

Desabrocho la cadena que siempre escondo bajo la blusa, dejándola en la caja nueva junto con el respectivo anillo.

Me quito el vestido dejando sólo el delgado vestido de lino, el que suelo usar bajo la ropa luego de deshacerme de las botas. Luego, con toda la cautela que no acostumbro tener nunca, abro los cordones a la espalda del vestido nuevo para poder ponérmelo.

Acomodo la falda nueva, algo más larga que la otra. Cae en cascada con un corte recto, bastante diferente de lo que suelo usar siempre. El ruedo también lleva algo de encaje.

Casi inconsciente, me paso mechones de cabello tras los hombros para apreciar bien el adorno del cuello hasta la clavícula. Se aprecian un par de destellos de los que no alcanzo a ver del todo su origen.

Quizá no había usado nada tan fino desde que me marché del palacio hace más de diez años, no parezco yo. Ni siquiera cuando tuve amigas en las ciudades usé nada parecido en las fiestas.

—¿Puedo pasar?

La voz de Hartley precede a un par de golpes en la puerta y yo comienzo a abrir los hilos del vestido.

—¡Dame un minuto! —suelto, desatándome la blusa en tiempo récord.

—Listo, pasó un minuto.

—Que sean tres, espera…

—Jay, es importante… —escucho el sonar de las manijas—. ¿Con qué atoraste la puerta? Estas no tienen seguro.

Cuando me deshago de la falda, doblo todo de nuevo en su sitio, dejándolo sobre la cama. Me ato los cordones del vestido anterior cuando me lo pongo de nuevo, aliso la falda lo mejor que puedo y me subo las mangas con tanta torpeza que casi tiro un par de frascos de perfume del tocador cuando ajusto los puños. Los atrapo al instante, contrariada.

—¿Estás bien? —suena preocupado esta vez. Yo lo estaría, suena como si hubiera quebrado un espejo.

—Sí. ¿Qué quieres decirme? —termino corriendo a la puerta para abrir con naturalidad.

El pasillo está vacío, Alizeh y Achard deben estar en sus habitaciones, si es que dejaron la idea de investigar por separado. Hartley me observa un par de segundos antes de reírse, aunque trata de ocultarlo.

—¿Por qué no tienes zapatos?

—Es… eh…, la alfombra es bonita, ¿no lo ves? —replico, abriendo más la puerta para que pase.

Lo hace, cerrándola tras de él sin dejar de sonreír. Descubro que sostengo el gancho que trancaba la puerta a mi espalda. Lo tiro bajo la cama cuando nos acercamos.

Por primera vez presto atención a lo que lleva puesto este chico, y no tengo idea de cómo no lo noté antes. Un traje negro con camisa del mismo color, abierta un botón en el cuello. Lo increíble del traje contrasta con el cabello castaño algo despeinado. Ni siquiera parece haberse molestado en darse el aspecto que tiene, lo veo bastante intrigado en mi habitación.

—¿Vas a algún lugar esta noche? —pregunto con intriga, consciente por primera vez del suelo bajo mis calcetines. Me apresuro a atarme las botas en el banco frente al tocador.

—Vamos a un lugar —replica, divertido con algo. Lleva las manos hacia mi hombro y sube la manga azul un poco más. El roce de sus dedos me sorprende, pero no de mala manera—. Esta noche es la primera subasta. Como no vendrá nadie de mi familia, está en manos de la casa. Si me notan ahí, entonces sí tendré que tomar un poco las riendas… Veo que no has abierto lo que te regalé.

Ya lo sabía, pero que lo diga es diferente.

—¿Eh? Sí. Lo hice. Es… es precioso, gracias.

—Es la persona, no el vestido.

Me descubro sonriendo y al instante dejo de hacerlo, aclarándome la garganta.

—Deberías ir, ya es algo tarde.

—¿No vendrás? Esperaba poder presentarte a unos amigos, es una fiesta bastante divertida —Hartley me mira con duda, pero entonces su emoción decae un poco—. Igual si no quieres hacerlo está bien, lo entiendo…

—No. No, no es que no quiera. Es que… esta noche comenzaremos a investigar, y eso. Hoy Alizeh se encargaba de la subasta y mañana yo iría a la siguiente, no tiene caso que esté ahí, lo tenemos cubierto.




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