Hartley
Nunca había presenciado un espectáculo más digno que Jaylynn acabándose sola una botella de vino. Creí que eso sería todo, indiferencia y lo de siempre en ella.
Pero no. Resulta que no es ni la mitad de resistente al vino de lo que esperaba.
Desde hace un rato me siento mareado, pero mucho menos en comparación de cuando estábamos dentro del salón. Alizeh prometió encargarse de todo mientras, por primera vez, Jay descansaba.
Eso es algo nuevo y un problema, porque no da señales de querer hacerlo.
Sube los escalones a paso firme, como si en absoluto estuviera ebria. De hecho, admiro su agilidad al subir sin sostenerse del barandal.
Hasta que da un traspié y se cae hacia delante. La sostengo por la cintura y cuando se aferra a mis brazos parece confundida.
—¿Te dije que me podías tocar? —reclama, soltándose de mí y caminando hasta la habitación. Aguanto la risa cuando trata de abrirla hacia fuera, está confundida.
—¿Y si me dejas ayudarte? —empiezo, abriéndole la puerta. Cuando pasa, va directa a un sitio en concreto, quitándose los tacones por el camino.
Va hacia la mesa de noche blanca, saca una botella de vino del cajón más grande.
Cualquier otra persona la habría detenido, pero sé lo que me conviene.
Se saca dos copas del cajón, y cuando se acerca me tiende una bastante llena sin mirarme. Deja la otra en la mesita sin darle mucha importancia.
—Pensé que te gustaría estar sola —murmuro, disfrutando bastante de esta versión de ella.
—Y yo que te irías como el tonto que eres —replica, divertida con la idea. O al menos estando así—. Como nunca me sigues…
—¿Nunca te sigo? ¿Has mirado a tu espalda cada vez que caminas por los puertos, al menos? Siempre estoy contigo, pero no lo notas.
Le hablo parado a un lado de su cama. Se recostó sin importarle no haberse quitado el vestido, la observo apoyado en el poste de madera.
—¿Y por qué me miras? —pregunta con los ojos cerrados.
—Porque me gustas.
—Te creo, sí —replica, riéndose ahora.
Ni siquiera de este modo me cree. No. Ni siquiera de este modo le parece una posibilidad, al menos.
—¿Por qué me apartaste hoy cuando llegamos? Quería besarte —admito, colocando en un sitio cerca del armario sus zapatos. Trato de quitarle una ralladura al blanco impoluto, pero es imposible.
—¿Querías besarme? ¿A mí?
—Sí. ¿O acaso me ves estando en la habitación de otra?
Me quito el saco del traje, dejándolo en el piso. No sé en qué momento me hice una marca tan notable en la muñeca, incluso arde un poco.
—¿Querías besarme? —repite, más incrédula que la primera vez.
—Con muchas ganas.
—¿Y por qué no me besas ahora?
Dejo de mirarme la piel lastimada, algo nervioso.
—¿Por qué no? —insiste, sentándose en la cama.
Parece más molesta que curiosa, y trato de no perder la cabeza. Ella no querría esto, no lo querría.
Me acerco con cuidado a ella, de repente se lleva las manos a la espalda, algo confundida.
Trata de desatarse el vestido.
—Voy a salir de la habitación… —empiezo, tratando de mantener la voz firme—, para que puedas cambiarte, ¿sí? Es lo que hago últimamente, tú me lo pides.
—No recuerdo haberlo hecho ahora. ¿Me ayudas?
La miro por tanto tiempo que comienza a parecer perdida. Está jugando, Jaylynn preferiría golpearse con todo mientras se quita sola el vestido antes que pedirme ayuda.
—Puedo llamar a Alizeh —digo, impostando el tono más calmado que puedo mientras miro con más detalle el vestido. Nunca pensé que se le marcara tanto la cintura, ni que le quedara tan bien en general—. Ella te ayudará, ¿está bien?
—Sólo quiero que desates los cordones —replica, confundida—. Además, tú debes haberlo hecho antes. A mí no, pero a alguien más sí.
Me quedo callado, pero me acerco a ella de todos modos. Se pone de pie y le echo el cabello sobre un hombro, deshaciendo los cordones como la actividad más difícil que me he propuesto desde que tengo memoria.
—¿Por qué lo dices? —pregunto apenas pasan los nervios de estar tan cerca.
—Porque eres tú —dice como si fuera obvio, y al deshacerse todos los cordones comienza a soltarse el vestido. Tiene otro debajo, pero sin mangas. Le llega hasta las rodillas, de lino—. Hartley Sherwood… ¿Alguna vez has tenido un trabajo en tu vida?
—¿Trabajar? Pues… me pagan en los conciertos, eso debería contar.
—Eso no es un trabajo, te lo consiguieron tus… tus padres. Igual que todo lo que tienes…
Cuando por fin cierra los ojos, no puedo reprimir el impulso de sentarme a su lado, a la orilla de la cama.
—¿Eso piensas de mí?
—Sí. Pero está bien, todavía tienes tiempo. Y creo en ti.
—¿De verdad?
Asiente, recostándose de lado en la cama.
Sé que no debería preguntarle cosas importantes en ese estado, pero una parte egoísta de mí dice que nunca me responderá con sinceridad si no lo hago. Jamás me hablará de él.
—Jay…
—¿Sí?
—¿Puedes contarme un secreto?
—Si sabes qué secreto, entonces no lo es.
—¿Me lo puedes contar, por favor? —insisto, apartándole el cabello negro de la cara. No puedo reprimir el impulso de acariciarle la mejilla con la punta de los dedos. Ella me alcanza con el nudillo, y sin poder creerlo miro cómo presiona mi mano contra su mejilla todavía con los ojos cerrados—. ¿Alguna…? ¿Alguna vez…? ¿Alguna vez estuviste a punto de casarte?
—¿Tú sí?
—No —miento, sin apartarme—. Jamás en mi vida.
—Lo mío no es un secreto. Todos lo saben.
—Cuéntamelo tú —insisto con la voz más suave, reservada para ella—. No quiero escuchar lo que otros dicen, quiero escucharte a ti.
Se queda en silencio, y cuando por fin creo que se quedó dormida, acaricia mi mano, todavía sobre su mejilla, con más delicadeza de la que la creí capaz de emplear.
—¿Sabes? —murmuro, algo más tranquilo ahora—. Tienes razón. No me gané nada de lo que presumo como mío. Aunque trate de evitarlo, es la verdad. Sólo… sólo quiero hacer algo al respecto y no lo hubiera logrado si me quedaba ahí.
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Editado: 18.07.2026