El canto del mar y la sirena

35

Jaylynn

Abrir los ojos fue un esfuerzo mucho mayor al que me supuso sentarme en la cama, porque al instante las arcadas llegaron. Descubrí una botella de vino sobre la mesa de noche, y por eso confirmé que merezco lo que sucede, así que decidí tumbarme en la cama de nuevo, cosa que jamás haría de estar en el barco.

Me siento fatal, y no solamente por la resaca. Es como si hubiera estado llorando, o quizá riéndome hasta cansarme. Es difícil saberlo, solo está la sensación de vacío.

Me asomo por la puerta del cuarto de baño, y al verme en el espejo noto que olvidé retirar el polvo con el que oculté los moretones que apenas se notan, pero son visibles.

Se me hace extraño que justo en donde tengo uno no tenga nada de maquillaje.

El vestido que usé anoche está en el armario, lo compruebo al abrirlo para cambiarme. Tampoco recuerdo habérmelo quitado. En la irracionalidad, estuve a punto de servirme otra copa, pero noto algo al intentar alcanzar la botella.

La caja del vestido no está por ninguna parte, entonces la nota con el caligrama tampoco. Cuando alcancé a ver el dibujo en el barco, no me molesté en leer qué decía. Tiene que ser importante.

Dos toques en la puerta, pero ya estoy poniendo el lugar de cabeza sólo de ataviarme con un vestido coral lo más rápido que fui capaz.

Otra vez los golpes en la puerta.

—¿Qué sucede? —digo en voz alta, sin levantarme mientras miro bajo la cama.

—¿Puedo pasar?

Hartley. Estoy a punto de asentir cuando recuerdo que no puede verme y me llevo una mano a la cara. ¿En qué estoy pensando?

—¿Ahora me haces visitas a la habitación? —suelto con sarcasmo, pero se me corta la respiración cuando bajo la mano de mi cara al cuello.

La retiro, calmando los nervios, pero es imposible. Me llevo una mano al cuello con nerviosismo, y repito la acción con la otra.

No tengo el collar de plata. Repito la acción de hace un rato con la nota, pero sé que si entonces fue inútil buscarlo ahora será el doble, me habría dado cuenta si estuviera en el piso.

Sin embargo, no importa. Lo busco por todo el lugar, con manos temblorosas, incluso en el tocador.

No lo encuentro y es aterrador, lo llevo puesto cada día desde hace años.

Tiro sin querer una de las copas cuando reviso la mesa de noche y el vidrio estalla por todo el piso.

Mi pecho sube y baja con rapidez. ¿En dónde está el collar?

—¿Estás bien? —Hartley entra corriendo directo a mi lado y al verlo mi irritación aumenta.

—¿Cuándo dije que podías entrar?

Ni siquiera me escucha. Comienza a juntar los pedazos de la copa, pero me agacho a su lado al instante para ayudarlo.

—Te vas a cortar —advierto, pero todavía estoy ansiosa., demasiado como para no contarle. Estuvo aquí ayer antes de irnos a la fiesta—. Hartley, ¿qué hice con la caja del vestido?

—No lo sé —murmura, algo triste. No es momento, y no lo entiende. Suelto un suspiro, mirando alrededor—. ¿Qué tiene? ¿Qué tienes tú?

—Busco la nota —una vez que levantamos el vidrio me arrodillo para mirar bajo el armario una vez comprobado dentro, pero no está en ningún sitio.

—Si es por el caligrama, puedo hacerte otro.

—¿Estás jugando ahora? —suelto, pero de verdad entiendo todo de golpe.

Él también. Alguien sabe lo que estamos haciendo, porque detrás del caligrama con mi nombre estaba el de la fachada de este lugar, Hartley usó la misma nota que en el barco.

—Tenemos que avisarle a Nerván —empieza, alejándose hasta la puerta, pero yo me pongo contra ella para que no pase.

—Quien sea que esté aquí, se dará cuenta cuando entremos en pánico.

—¿Qué tienes en mente? Ya saben de todos modos, no esperes a que todo se complique…

Cuando trata de alcanzar la manija lo detengo, apartándole la mano. La tomo cuando lo intenta de nuevo.

—No. Ten algo de confianza en mí, lo arreglaremos solos.

—Jay, escúchame. No tenemos tiempo…

—Hemos estado bien los últimos meses sin contarle cada vez que hay un problema, no tiene por qué meterse ahora.

—¿No lo entiendes? Esto pasó por mi culpa, sólo quiero arreglarlo —suena tan confundido que la culpable podría pasar a ser yo.

—Y te ayudaré a hacerlo, pero debes confiar en mí.

—No es que no lo haga, Jay, pero…

—Por favor… —replico, incrédula—. ¿No crees que pueda hacerlo?

Se queda en silencio por tanto tiempo que es como si me apuñalara. No puedo creerlo.

—Deja que se encargue él antes de tener que hacer otra cosa para ganarte su confianza de nuevo —murmura, alcanzando la manija y abriéndola hacia dentro de todos modos.

—¿Y ya? ¿No nos metemos más?

Con un suspiro, cierra la puerta y ahora es él quien la tiene contra la espalda.

—Estas cosas no podemos resolverlas solos, no sabemos de quién se trata.

—Sé mucho más que tú al respecto, ¿por qué no quieres ayudarme?

Me toma la muñeca sin previo aviso para que ambos vayamos hacia el tocador. Una vez enfrente, me pasa el nudillo por debajo del pómulo y una mejilla, llevándose el maquillaje sin importarle que su traje se ensucie un poco.

Suspiro al ver mi reflejo, ahora puedo ver con claridad los golpes de hace tiempo que traté de ocultar. Me vuelvo hacia Hartley, que no había dejado de observarme.

No dice nada, su mirada se detiene en los moretones de nuevo.

Trato de decir algo, lo que sea para que deje de pensar ridiculeces, pero se aparta de mí como si se frustrara.

—Necesito que te quedes aquí y dejes que yo me encargue.

Es lo que en realidad trataba de decirme. Se ajusta las mangas del traje, quizá dando por hecho que estoy de acuerdo.

—No —suelto al instante—. Y si no estás de acuerdo, haremos las cosas por separado a partir de ahora.

—Estoy de acuerdo.

No dice mucho más antes de salir de la habitación cerrándola de un fuerte portazo, y yo no podría estar más perdida. ¿Qué está tratando de hacer? No podría hacer nada, aunque quisiera, es ridículo que quiera moverse por su cuenta, no sabe nada sobre esto.




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