El canto del mar y la sirena

36

Jaylynn

—¿Lo has buscado en mi habitación? Quizá lo empaqué por error —Alizeh habla con calma, pero deshace las sábanas de mi cama con la misma urgencia que yo hace un rato. Será inútil.

—Te digo que no tiene sentido, ahora no es la prioridad.

—Pero es importante para ti. Tenemos que…

Sigo dando vueltas por la alfombra, la pelirroja no aparta la vista de las almohadas sin importar cuánto proteste.

—Tal vez se me cayó en la fiesta, no lo sé.

Es mentira. Es mentira, porque ni siquiera me lo puse. Sabía que estaba mal salir sin él, pero no pareció algo tan malo entonces.

—¿Achard salió ya? —pregunto con cautela, reprimiendo la ansiedad cuanto puedo.

—Desde anoche, no estaba por la fiesta. Siéntate un rato…

—¡No! No puedo hacerlo, estamos más cerca que nunca y tampoco podemos detenernos a buscar el collar —replico, y aunque conozco sus intenciones me niego a hablar sobre lo que en realidad me preocupa. Esto debo hacerlo sola—. Quédate aquí, no voy a tardar.

—Regresaré al barco, tenemos que avisar a…

—No vamos a avisar a nadie —la corto, sintiendo una descarga nueva de nervios. No puedo perder la cabeza en un momento como este—. Nos vigilan, ¿no lo entiendes?

—Aquí adentro no pueden alcanzarnos —replica, poniéndose de pie a toda prisa cuando cierro los ojos. Su tono es tranquilo—. Tienes que dejarlo en manos del barco completo, no eres la única que quiere encontrar el anillo.

—No es el anillo, quiero que esto termine.

Nos quedamos en silencio por tanto tiempo que comienza a ser asfixiante. Cuando abro los ojos, mi amiga tiene expresión culpable.

—Hay algo que quería contarte, y no sé si sea el mejor momento para hacerlo —empieza, sentándose en la orilla de la cama.

No la acompaño, pero escucho de todos modos sin dejar de apretar los puños. Quiero salir de aquí, tengo que hacer algo.

—Cuando esto termine…, cuando todo esté resuelto… —sigue, juntando las manos en el regazo. Evita mirarme a propósito—. Voy a dejar el barco.

No respondo.

—Estuve mirando por aquí, en las calles de este lugar, y la verdad es mucho mejor que otro sitio al que hayamos ido antes. No lo sé, creo que es momento de empezar con algo nuevo.

De nuevo, no digo nada.

—Leith dice que podría darme un trabajo en la joyería. Su familia está asociada con los padres de Hartley, y dice que esa parte de la torre le pertenece. Él es bueno, Jay.

—Es bueno —repito, sintiendo como la irritación me sube a la garganta—. Y tú demasiado idiota como para creerle.

—No tienes que hablar así de él, es una buena persona… Que no le agrade tu cercanía con su amigo es algo muy distinto.

—¿Qué te dijo?

Quiero escucharlo. Sabía que no eran ilusiones mías y aunque no podría importarme menos la opinión de un idiota con dinero, quiero saberlo.

—Es algo que debes hablar con Hartley.

—Hartley es un imbécil. Y si tú estás más centrada en las fantasías que te pinta su amigo que se cree dueño del reino, pues te deseo suerte —me ato las botas bien a toda prisa, casi rompiendo los cordones con fuerza—. Porque en lo que a mi concierne, esta gente sólo sirve para perjudicarte, y tú te dejas.

—¿Está mal querer una vida decente?

—¡Tenemos una vida decente! ¿Has visto el barco, el dinero que consigues gracias a él? Ninguna joyería será lo mismo.

—Creo que estás llevando muy lejos lo que ya pasó, y ya es momento de que lo sueltes, es tu miedo estúpido a alejarte del mar.

—¿Por qué? —replico, divertida con la repentina defensa—. ¿Porque te gusta ese idiota?

—No lo llames así cuando esa palabra eres tú no confiando en nadie que no seas tú misma en especial cuando me ofrecen una vida que no tendré de ninguna manera que no sea esta, ¡no lo entiendes!

Me quedo callada, pero al final termino por reír.

—Bien. Quédate con tu vida, tan buena que no cabe una persona más en ella. No quiero que vuelvas a mí cuando las cosas te vayan mal.

—¿Así como viniste tú?

Ya tenía la mano sobre la manija de la puerta y la presiono con fuerza. El frío del metal no me apacigua ni un poco.

—¿Qué dijiste, Alizeh?

—Lo que todos saben y te niegas a afrontar. Que tu vida era tan buena y perfecta como la que quiero, como la que estoy rogando. Tú la dejaste de lado por ser lo que hoy somos ambas, porque te seguí.

Cuando su voz tiembla, no podría estar más molesta. Sé que también llora por furia.

—Te seguí —repite, y por fin me giro a mirarla. Niega, colérica—. Te seguí porque no tenías a nadie, dejé la vida que tenía en Poregrath y fui contigo, porque eras mi amiga. No puedes oponerte a mi felicidad cuando yo di la mía por la tuya, ¡cuando todo lo que tenías que hacer era casarte con otra persona! No tenías que escapar del problema, y por eso el problema te siguió…

—Alizeh.

Comienzo a ordenar el tocador para tener ocupadas las manos, porque su risa hiriente me hace querer destrozarlo todo. Ella no es así.

—Te siguió, Jay. Te siguió hasta ahora y por eso están las cosas como están, por eso estás tan obsesionada en hacer todo lo que te pide el capitán, porque le agradeces la buena vida que tienes. ¿Te digo un secreto? ¡La tienes a su costa, la tienes porque no quisiste algo mejor, por eso te arrastró al problema que hoy más te duele!

—¡Soy mejor que eso! —grito, y la veo contenerse para no dar un brinco mientras se le caen las lágrimas—. ¡Soy mejor, mejor que tú, y me elijo a mí!

—¡¿Eres mejor que yo?! —insiste con molestia, dando un paso hacia mí por primera vez.

—¡Lo soy!

—¡De nada te sirvió ser mejor que Sorsha, ahora que está muerta tú desearías que fuera al revés, igual que cuando nos conocimos, así que me hace feliz que te creas mejor que yo! ¡Te estoy dando un motivo para seguir con vida!

Sin pensar, paso el brazo por el tocador y todo lo que estaba encima cae al piso con un estruendo. Todos los frascos se rompen en pedazos y no podría importarme menos, pero las manos no me dejan de temblar.




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