El canto del mar y la sirena

38

Jaylynn

No siento nada. No siento el tiempo, no quiero ni siquiera pensar.

Sólo me acerqué a la puerta en medio de la penumbra por la que salió Hartley porque escuché pasos a mi espalda. Tenía unas ganas inmensas de quedarme ahí a esperar…

Tengo que ir al barco. Tengo que llegar al barco y contarle al capitán lo que nos hizo Achard, pero apenas me puedo mantener en pie.

Llego a mi habitación sólo para tomar una pistola de las que traje conmigo y me dispongo a salir. Hasta que escucho voces tras la puerta. Me quedo quieta, trato de escuchar.

—… lo que ella es para ti. ¿No lo entiendes, Hartley? Te comportas como un idiota.

Leith. Cómo lo detesto.

—¿Por qué te importa quién sea? Siempre me criticabas porque no encontraba a alguien y ahora que lo hago te portas así. ¿Te gusta o por qué te molesta lo que siento por ella?

—Es una cualquiera y no te das cuenta. Si tus padres supieran lo que hacen, si todos supieran que te fascina alguien como ella, estarías acabado.

—¿Qué tiene ella? ¡Yo la quiero!

—¿Y Zyra? ¿Qué pasa con ella?

Contengo la respiración, y a mi pesar, espero la respuesta.

—A ella nunca la quise ni de cerca, tú lo sabes. Si no fuera por mis padres, ese estúpido anillo de compromiso no estaría esperándome en casa y tampoco hubiera tenido que darle un regalo de compromiso, todo lo planean ellos. Pero con Jaylynn… a mí me encanta Jaylynn. Es… es perfecta.

El corazón herido se me acelera sin aviso. No se detiene. Claro que tengo corazón, y late por él.

—Estás loco. Estás loco, y tratas de volverme loco, no tiene sentido que estés con ella. ¿Crees que no lo noté? —su tono se vuelve cruel, pues antes sólo rozaba lo engreído—. Tiene un montón de cicatrices en el cuello, en las manos… Seguramente es de quien hablan todos, es esa asesina que…

—¡No la llames así!

—¡Hartley! —salgo de la habitación a tiempo para ver cómo le suelta un puñetazo a su amigo, y no parece para nada arrepentido. Trato de decir algo más, pero es inútil.

—No la llames así. ¡Nunca más! —lo toma del cuello de la camisa, y Leith ya no parece tan valiente. Nunca había visto al violinista tan furioso. Aprieta la tela con fuerza—. ¡¿Lo entiendes?! ¡No quiero ni que la nombres!

—¿Te arriesgas por ella? —insiste Leith, aunque le sangra la nariz. Suelta una carcajada—. Vaya vueltas que da el mundo, y tú que juzgabas lo que yo hacía…

Hay varias personas en el pasillo. Lo está haciendo a propósito.

—Suéltalo —empiezo, tomando a Hartley por el brazo—. Suéltalo, te quiere poner en evidencia…

Leith se ríe ante mi intervención, intentando lanzarle un puñetazo, aunque yo esté de por medio, y logro apartarme segundos antes de que me golpee la cara. Hay más gente en el pasillo, los escucho hablar. Aprieto los puños al distinguir algunas conversaciones.

—¿Qué se puede decir sobre los Sherwood? —ríe Leith, atrayendo la atención de todos—. Si les encanta comportarse así con todos. Divertirse es lo principal sin importarles arruinar su apellido, de boca en boca. Y no hablo sólo de los rumores… Ya de por sí son unos miserables, ¿han escuchado la historia de su familia?

—Ya me colmaste la paciencia —espeto, y como está tan entretenido en su discurso, le coloco un brazo tras la espalda, empujándolo. Harltey incluso lo soltó. Levanto el puño hacia atrás cuando lo noto acercarse, y con delicadeza lo contengo. Nada comparado con Leith, que se queja sin parar sobre su brazo. Me da lástima no poder hacer lo que cree, cree que le romperé el brazo y no deja de repetirlo—. Hartley es amable contigo por su carrera y tú eres una lacra pegada a la suela de su zapato, deja de tentarlo.

—¿O qué? —replica el idiota, sintiendo más fuerza en su brazo por mi parte cuando suena divertido—. Eres una maldita loca, ¡me romperás el brazo!

De nuevo, apoyo con más fuerza el puño libre en el pecho de Hartley cuando intenta acercarse.

—Lo seré más si no te comportas —susurro, acercándome al imbécil de Leith lo necesario para que él me escuche solamente—. No quieres eso.

Lo suelto con tanta fuerza que se estrella contra la alfombra, causando varias carcajadas en el pasillo. Me limpio las manos en la falda, tengo que lavármelas.

Antes de que el violinista termine arruinando toda su trayectoria frente a esta gente, lo tomo de la muñeca para entrar ambos a mi habitación.

Tomo un gancho de ropa del armario, cerrando la puerta.

Las voces poco a poco desaparecen tras ella, y por eso sé que estamos solos de nuevo.

Me vuelvo hacia el muchacho apoyado en la pared a mi lado, parece furioso todavía.

Aguanto la sonrisa al verlo así. No sabía que se le daría bien defender mi honor, y mucho menos mandar. Ojalá lo hiciera más seguido.

Me acerco a él con cautela y al notarme evita mi mirada. Le tomo la cara con las manos, obligándolo a inclinarse hacia mí y entonces reacciona. Baja la mirada de nuevo, contrariado. La sensación que me provoca el gesto, por mínimo que fuera, es difícil de concebir. Trata de ocultar su molestia, aunque no suele enojarse con frecuencia con nadie.

—Sabes que hubiera hecho algo más —murmura en voz baja.

Sin pensar, me acerco lo necesario para dejarle un beso suave en la mejilla. No espero a ver su reacción, me dirijo rápido a la orilla de la cama, ahora soy quien no mira a ninguna parte más que no sea el suelo.

Cuando por fin decido levantar la vista, él se toca el sitio con la mano. Lo recorre una vez, dos. Nuestros ojos se encuentran, y sé que su expresión no debe distar de la mía: se sorprende de lo que hice.

Miro las sábanas, cualquier cosa menos él. Me aclaro la voz hasta luego de un rato, ambos evitándonos.

—Deberías lavarte la camisa —empiezo, mirándolo por fin—. De no ser por el traje, los demás se habrían dado cuenta.

Asiente, quitándose el saco. El silencio se extiende entre nosotros cuando se dirige al cuarto de baño, todavía evadiendo mi mirada mientras sonríe. Sólo lo imito cuando cierra la puerta.




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