Jaylynn
Cuando Hartley se marchó a su habitación esta mañana para cambiarse, dijo que me tendría noticias sobre lo que planeamos averiguar apenas nos viéramos de nuevo. Entrada la noche, no puedo dejar de inquietarme. Ya no se trata sólo del caligrama, porque sabemos que muy posiblemente Dexter fue quien lo tomó de la habitación, o al menos quien estaba de su parte.
Lo curioso de la situación es el sigilo y las molestias que se tomaron para hacerlo, ambas cosas no son habituales en su grupo. Desde luego, si Achard estuvo de acuerdo con ellos, no habría tomado las mismas cartas.
Me habría matado o a Hartley sin dudarlo desde el principio, pero no lo hizo. Es lo único que me hace dudar sobre su inocencia en todo esto.
Sé que no debería precipitarme y conseguir ayuda, pero creo que es cierto que, si hubieran querido dañarnos, ya lo habrían hecho. Se están tomando muchas molestias para tomarnos por sorpresa, así que quiero volver al barco con el asunto totalmente resuelto. Y no sólo por eso.
Me miro en el espejo, detallando el vestido azul metálico ceñido para la subasta de hoy. Tenía un buen tiempo sin usarlo.
—Estás hermosa —la voz de Hartley me llega desde el umbral seguida de un suspiro, y al mirarlo por el espejo sonrío al ver que no se mueve de la entrada, aun ya cerrada la puerta. Me observa de pies a cabeza, se detiene donde le viene en gana—. Espectacular…
Cuando se comporta así, tan inocente y no al mismo tiempo, me hace contenerme de demasiadas cosas. Ya no me tomo la molestia de ocultar las sonrisas que me provoca, y sé que eso le encanta.
Saco los guantes a juego con el vestido de mi bolso perfectos para cubrir las vendas en las palmas imposibles de ignorar, y noto que cierto chico se detiene en el tocador a rebuscar en un joyero.
—No puedes… —empiezo, pero me detengo de golpe. Claro. Lo olvidé.
—Este lugar es mío, Jay —sigue, fingiendo desconcertarse con mi actitud mientras observa mi reflejo—. Todo aquí lo es, ¿se te olvidó?
Suspiro, acercándome a ver el desastre que ha hecho.
—Presumido. ¿Dejan joyas a los huéspedes? No tiene mucho sentido si venimos por una subasta de lo mismo.
—No realmente.
Toma una pulsera de varias piedras oscuras de lo más brillantes y la cierra sobre mi muñeca.
—Me deshice del… eh… Ya sabes. Lo usarán para la subasta más tarde —termina con rapidez y sonrío.
—Por favor, no tienes que portarte así conmigo —replico, dejando que me recoja el cabello sobre un hombro para colocarme un collar de perlas, bastante concentrado—. Es normal. Estabas…
—No lo digas.
—De acuerdo, no.
No pensé que la palabra comprometido fuera tan mala.
—¿Y por qué temes decírmelo? —lo miro en el espejo luego de observar el collar. La camisa gris que lleva hoy le sienta de maravilla con los pantalones negros, y ni hablar de cómo lo detalla la primera pieza—. ¿Tienes miedo de que me enoje contigo, o de que la haga sufrir?
Lo primero sería imposible. Le conté sobre el asunto de mi collar con el anillo y no dejamos de buscarlo hasta que decidí que era inútil. Entonces lo encontró bajo el armario y sólo por eso hoy accedo a cambiar de accesorio. Está protegido bajo mi almohada ahora.
—Tendría que importarte para lo segundo —me recuerda, contemplando su trabajo en el reflejo. Peleó bastante con la cerradura del collar, pero parece satisfecho. Siento el frío de las perlas sobre el cuello—. Te queda precioso.
—¿Crees que no me importas?
Se dirige hacia la puerta mientras tanto, señalando mis zapatillas con hebillas desatadas. Me inclino, pero siento sus manos en mis hombros cuando me endereza con cuidado de nuevo. Luego, se inclina a atarme los zapatos sin importarle un poco arrugarse la ropa.
—El vestido es más importante —espeta con una sonrisa que se escucha, adivinando lo que pensaba. Me rio sin poder evitarlo, es impresionante.
Se queda concentrado en las cintas para acomodar el ruedo con cuidado sobre la punta de los zapatos.
—De verdad me encanta cómo te ves —dice apenas mirándome cuando se pone de pie.
A mí me encanta él. Y se lo diré. Un día, y no será hoy.
Acepto su mano cuando me conduce hasta la salida, caminamos sobre la alfombra de camino a la escalera, con cada paso me preparo para enfrentar de nuevo esa vida que a él le fascina, pero en la que de repente hace cambios. Demasiados. Y todos parece hacerlos por mí. No sé si puedo corresponder a eso.
Nos desviamos a otro salón, al de unas puertas del que visitamos la última vez. El piso no es de un mármol reluciente, sino de uno de mosaicos normales, con paredes adornadas con vitrales que forman flores y fortalezas.
—Hoy no estaremos con Leith —me cuenta sin poder disimular el fastidio cuando ambos nos sentamos lejos de lo que podría ser nuestra estancia en el otro salón.
—Noticia que nadie esperaría —rio, asintiendo.
Después de todo, ya no es su amigo. Qué lástima.
Hubiera dejado que lo golpeara más de no ser por los titulares que habrían impreso al respecto. Y porque igual tenía ganas de detenerlo yo misma. Está claro que desde siempre se ha aprovechado de Hartley y él ni siquiera lo notaba.
Mi sonrisa desaparece cuando un grupo de personas cuya relación con él puedo adivinar con tan sólo prestar atención a la forma en que lo miran.
Me aclaro la voz, bastante tarde para que Hartley los note antes que yo.
Cuando vuelve la vista, se encuentra directamente con ellos, que nos observan frente a la mesa algo confundidos.
—Eh… —empieza Hartley, poniéndose de pie con torpeza—. Jay, ellos… ellos son mi familia.
Una niña rubia se suelta de la mano de su madre para correr a abrazarlo, y él, para mi sorpresa, no protesta en absoluto.
La pianista no está aquí, sólo sus padres y su hermana pequeña. Es un alivio.
—Mamá, papá… —continúa el violinista una vez que logra soltarse del agarre mortal de su hermanita—. Les presento a Jaylynn. Ella…
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Editado: 18.07.2026