El canto del mar y la sirena

40

Jaylynn

—Y ahora voy a tocar el violín después de una buena cantidad de meses.

—¿Tengo que recordarte de quién fue la idea? —Hartley se ríe, guiándome por la pista. Apenas comenzó el vals, no dudó ni un segundo en invitarme, sin detenerse a pensar.

Ya es bastante extraño para el resto que hablara a solas conmigo, y esto le parece de lo más normal. Mientras nos movemos por el piso de mármol, trato de enfocarme en qué es lo que buscamos aquí en verdad.

—¿Desde cuándo sabes bailar? —me pregunta, observándome apenas regreso de un giro suave.

—Es una historia divertida.

—¿Tomaste clases?

—No. Aprendí porque… porque era vital saber si iba a casarme con el heredero de Poregrath.

La sonrisa se desvanece de su cara, y eso me hace reír.

—¿Ibas a casarte con Declan Trelbeth? —dice en voz baja, moviéndonos con calma. En realidad, no me acuerdo demasiado de nada, así que elijo seguirlo—. ¿Cómo?

—¿Ves esta cicatriz? —le suelto el hombro para señalarme el cuello hasta la clavícula.

—¿Él…? —está tan confundido que de repente las palabras no le salen—. ¿Cómo se conocieron?

—Más despacio, y tranquilicémonos, violinista. Lo conocí cuando era niña —explico, retomando el ritmo de sus pasos—. Mi padre era consejero del rey, quizá sigue siéndolo. La idea les surgió, en especial porque nadie querría unir su reino a Poregrath en esos tiempos.

—Por la… crisis de armas, ¿no? Recuerdo haberlo escuchado en alguna presentación. Poregrath no podía comerciar.

—Y hasta hace poco logró hacer tratos por Valkrety con el nuevo rey —asiento, algo pensativa—. Cuando lo conocí, no era mala persona. Después de todo, teníamos la misma edad. Los problemas comenzaron cuando crecimos, porque crecimos juntos, en el castillo. No estaba tan mal. Es decir, era inteligente, era atractivo… —me detengo cuando se aclara la voz, asintiendo—. No más que tú, claro, pero era el príncipe heredero. En ese entonces tenía muchas amigas y todas querían estar en mi lugar. Les intercambiaría la cicatriz incluso por un par de monedas.

Porque nunca desaparecerá. Recuerdo ese día a la perfección. Jamás supe porque Declan estaba tan molesto. Llegó conmigo al jardín después de sus lecciones de política. Con doce años, el príncipe ya conocía mucho sobre su nación, y yo debía igualarlo.

Jamás me lo tomé totalmente en serio. En el fondo, aunque todos los días se me repitiera lo contrario, sabía que no llegaría a ser reina. Es incluso algo tonto para mí pensar que muchos ya me veían como la prometida del rey para esos momentos, cuando apenas nos conocíamos.

Solíamos jugar al aire libre muchas veces porque jamás me dejaba entrar en su habitación. El príncipe nunca me prestó sus juguetes cuando éramos niños, y cuando crecimos yo me limitaba a mirar cuando tomaba lecciones de armas.

Un día encontré una de sus dagas para practicar en el jardín y no pude dejarla en su sitio antes de que me encontrara.

—Tengo en mis brazos a un miembro de la realeza —murmura Hartley, divertido con la idea.

—Casi. Y fue una ridiculez. Después de enterarme de su compromiso, porque las noticas llegaron, creí que esa chica terminaría igual o peor que yo ese día. Porque… no lo sé, tenía tendencias… algo agresivas. Y no le hubiera dado tanta importancia si no hubiéramos sido niños para entonces.

—¿Sus padres nunca dijeron nada al respecto?

—¿El rey y la reina de Poregrath? —rio, incrédula—. No. Me culparon cuando su hijo casi me asesina, ¿tú qué crees?

—Ni qué esperar.

Lo controlaba bastante bien con sus padres. Con el resto del mundo. Creo que su molestia era contra mí, porque no podía hacer nada para cambiar lo que seríamos pronto. Y está más que claro que nunca le agradé del todo.

Por eso fue una sorpresa enterarme de los rumores sobre esa chica. Algunos dicen que ella lo mató, pero no lo creo. Si fingió ser amable tantas veces como para que estuvieran juntos dentro del castillo sin ser esposos, debió mantener el teatro hasta que estuvieron casados. Me alegra conocer el final de esa historia y no puedo evitar preguntarme si yo misma habría sido capaz de repetir lo que ella hizo.

Bailo con Hartley un rato más hasta que termina la canción y para el cambio de pieza todavía sigue haciendo bromas sobre lo que le conté. No se toma nada en serio. Yo tampoco.

Dejamos de bailar para observar el baile desde una mesa vacía y continuar hablando sobre mi título y los varios cambios que habría hecho en el reino.

Las risas se detienen cuando en medio de la música, capto un movimiento cuando la puerta se entreabre, dejándonos a la vista el pasillo. Hartley ya miraba hacia ahí, y por su incomodidad deduzco lo obvio.

—Es tu hermana, ¿no? —murmuro cuando por fin nos detenemos. Dejo la copa que bebía de lado—. La pianista.

—La pianista —asiente, pero la chica desaparece en el pasillo cuando la puerta vuelve a cerrarse.

No sin que yo notara a alguien distinto corriendo por la alfombra. Aprieto los puños, inquieta.

—Está aquí. Achard está aquí.

Hartley intercambia una mirada conmigo antes de que ambos nos adelantemos hacia la puerta. No lo entiendo. Esta mañana encontré una nota bajo la puerta, sobre que Achard iría a avisar a Nerván de algo que había descubierto. Aunque intenté dejar las cosas estar, ahora mismo no puedo hacerlo. No creo que Dexter me haya mentido en absoluto, pero creo que tuve algo de compasión por conocer al chico desde siempre. No creí que de verdad fuera parte.

Una joven casi resbala frente a nosotros cuando estamos a punto de acercarnos a la salida, fue empujada de vuelta al salón.

No está sola. Varios hombres a su espalda llevan armas, de toda clase. Pero no los reconozco. No estaban con Dexter en el depósito.

El caos se forma en el salón, y antes de darnos cuenta todos los invitados están siendo atacados, sin importar quién sean. Heridos por todas partes.




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