El canto del mar y la sirena

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Jaylynn

Hartley me pide que despierte. No puedo hacerlo. Quiero que se tranquilice, pero no encuentro las palabras para pedírselo.

Me cuesta acordarme de mí misma.

La neblina llena mi vista de repente. Una. Dos explosiones. Demasiadas para contarlas.

Es como ese día, cuando las personas vestidas de negro subieron al barco. Dastan está aquí. Él les dijo que nos traicionara.

Hartley me abraza con más fuerza cuando apenas es visible el otro barco, no sé en qué momento ambos llegamos al piso. Dice muchas cosas. Las repite una y otra vez. Son dos palabras. No deja de decirlas.

Trato de tomar aire para preguntarle qué dice, pero incluso eso duele de una forma salvaje.

Hasta que me suelta. Entonces, en medio del dolor, trato de moverme.

La desesperación que me invade es sofocante. No veo nada. No sé en dónde está.

Escucho el tronar de una espada contra el piso al caer, y entonces palpo a mi alrededor para encontrarla. No era una espada. Es una pistola.

Confusa, trato de aclararme los sentidos, y me pongo de pie apenas. La neblina baja, la imagen de mi barco es tétrica. Hay personas por todas partes. Heridos. Gente por el piso.

El sonido de velas. No son de este barco.

Otro se aleja de nosotros ahora. Me duele cada paso, pero logro enderezarme. Y entonces lo veo.

Dastan está en la cubierta. Nos observa como si no fuéramos más que un teatro, como si se divirtiera por lo que él mismo ha escrito. Elara está a su derecha, y prefiero repasarla sin encontrarme con su mirada.

Dastan ordena a sus hombres no usar cañones cuando otro más se lo pide.

Hartley está a su izquierda.

No sé distinguir cómo me mira. Es culpa, miedo, y afecto a la vez. Todas esas cosas también son mentira.

Estaría a mi lado de lo contrario, se quedaría conmigo.

Mis pasos tratan de fallarme y escucho las risas que trae el viento. Aunque no distingo la suya, dirijo la pistola hacia arriba, hacia las nubes que anuncian una llovizna.

Aprieto el gatillo dos veces, el único sonido en el mar aparte de las olas es el que provoco. El mareo amenaza con derribarme, pero me mantengo tan consciente como el dolor me lo permite.

Gritan tanto en mi barco como en el que tengo enfrente que he fallado. Que no he disparado a nadie.

Pero eso no era lo que yo quería.

Sé que él lo entiende.

Que entiende que mi dolor no significa sólo eso. Jamás lo ha hecho.




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