El Ceo cree que soy su esposa

Capítulo 14: Mi jefe quiere cocinar conmigo

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

Logan. estaba demasiado cerca.

—Yo—mi cerebro dejó de funcionar por el impacto de casi estampar con el suelo—. Creo que sí.

—Creo que no es una respuesta tranquilizadora.

Tragué saliva.

Su mano seguía firme en mi espalda baja. La otra estaba sujetándome el costado, como si no tuviera ninguna intención de soltarme todavía.

Desde esta perspectiva, era capaz de observar detalles que se me habían pasado por alto: el aroma varonil y limpio, como a jabón caro y algo más profundo; la tensión contenida en su mandíbula; la forma en que su pecho subía y bajaba con una calma estudiada; y sus ojos similares a pozos de devoción y preocupación.

Descubrí que tenía un pequeño lunar debajo del ojo.

—¿Te mareaste?

—No, para nada —respondí, aunque la verdad era que el mundo había dado un pequeño giro extraño—. Solo perdí el equilibrio—respondí escuetamente, todavía sumida en esta aura extraña.

—Sé más cuidadosa—ordenó en un tono preocupado—. Si no alcanzas los ingredientes o necesitas algo, solo pídeme ayuda. Para eso estoy acá.

No desaprovechó la oportunidad de tocarme y me acarició la cabeza para "calmarme".

¿Calmarme de qué? Para calmarme tenía que alejarse para mantenerme serena y no caer en la locura.

Pero Logan Reed no parecía entender el concepto de espacio personal.

—Logan —murmuré, intentando que mi voz no sonara como si estuviera a punto de salir corriendo—. Ya pasó. De verdad. Debo seguir preparando.

No se movió.

—Estoy aquí —repitió—. No te esfuerces sola. Ten eso claro.

Sonrió, todavía sin soltarme.

No, en cambio, continuaba abiertamente alegre por la cercanía y se aprovechaba de la situación.

"No te esfuerces sola".

¿Debía decir esas palabras tan reconfortantes a una extraña?

El hombre era bastante claro con sus intenciones.

Intenciones que yo no iba a corresponder.

—Está bien —murmuré—. Ya estoy estable.

—¿Segura?

—Sí.

—Porque desde aquí no parece.

—Estoy bien.

—Tu corazón está latiendo muy rápido.

¡Se atrevía a mencionarlo!

—Eso es porque casi me caigo.

—O porque estás en brazos de tu esposo.

Él realmente estaba disfrutando esta posición, rodeada de sus brazos.

Mi corazón hizo una cosa rara.

—No exageres.

—No exagero —replicó—. Solo observo. Estás nerviosa.

—¡Logan! —protesté—. Puedes soltarme.

—¿Y dejar que te vuelvas a caer?

—No me volveré a caer.

—No confío en el banquito.

—Yo tampoco —admití—. Pero puedo sola.

Me miró con esa sonrisa que admitía ternura.

—Daisy.

—¿Sí?

—¿No me puedes conceder esta excusa barata?

—¿De qué hablas?

—Déjame estar un poco más así. Todo es porque quiero estar cerca de ti.

"¡Tú!"

¡Ya ni lo ocultaba!

Mi cerebro gritó.

—¿Cómo puedes ser tan descarado?—le pregunté, totalmente incrédula.

—¿Descarado? Solo digo lo que siento.

—Ok, ya puedes irte—perdí. Volteé mi cabeza.

Sentí el calor subir a mis mejillas, inevitable, traicionero. Me sonrojé, y esta vez no había excusa térmica que me salvara.

Hice el intento más digno posible por zafarme. Logan me soltó, pero no sin antes deslizar las manos con lentitud deliberada, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba estable.

Spoiler: lo estaba.

Doble spoiler: no necesitaba su ayuda.

Di un paso atrás. Luego otro. Esta vez sin banquito traicionero de por medio.

Muy bien ya podía irse y dejarme cocinar tranquila.

Se apoyó en la encimera.

—¿Qué estabas buscando?

—Aceite.

Él buscó con la mirada.

—Ah, está ahí —señaló—. En la repisa media.

—¿Media?—solté burlona.

—Sí.

—¿Desde cuándo eso es medio?

—Desde que soy alto.

—Debería ser ilegal organizar cocinas según tu estatura—murmuré.

—Puedo rediseñarla si quieres.

—No.

—Puedo bajarte las repisas.

—Tampoco.

—¿Puedo ayudarte?

—Menos.

Rio.

—Déjame —tomó la botella—. Prometo no cocinar.

—Gracias.

—Pero me quedo.

—¿Por qué?

—Porque quiero verte hacerlo.

—Eso es intimidante.

—Me gusta intimidarte un poco.

—Logan.

—Bromeo —sonrió—. Bueno, más o menos. Me gusta ver cómo reaccionas a mí.

Volví a la sartén.

A este paso, lo más prudente era ignorar sus frasecitas sin sentido. Si no, me volvería loca.

El pollo seguía ahí.

Chamuscándose.

—Oh no.

—¿Eso es parte de la receta?

—Lo que queda de ella, al parecer—sonreí irónica al ver que ese pobre pollo había muerto en vano.

Intenté moverlo.

Se pegó.

—Puede salvarse—me leyó el pensamiento—. Solo es superficial. No lo muevas así —dijo Logan—. Dale tiempo.

—El pollo está literalmente llorando por ayuda —murmuré, rascando con la espátula—. Esto es una tragedia culinaria.

—Confía en mí.

—No confío en hombres que miden más de metro ochenta y organizan cocinas como si todos fuéramos jirafas.

—Y aun así, sigo dispuesto a ayudarte.

Antes de que pudiera replicar, sentí su presencia demasiado cerca.

Demasiado.

Logan dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Y entonces pasó.

Se colocó detrás de mí.

Literalmente detrás.

Mi espalda chocó suavemente con su pecho, firme, cálido, absurdamente cómodo. Sus brazos rodearon los míos sin tocarme del todo, como si me pidiera permiso sin decirlo.

—Baja un poco el fuego —dijo cerca a mi oído—. Solo un poco.

—¿Así?

"Finge demencia, Daisy; finge demencia".

—Un poco menos.

Giré la perilla. Él observó con atención, como si de verdad esto fuera importante. Como si yo lo fuera.

—¿Desde cuándo sabes cocinar? —pregunté, rompiendo el silencio.

—Solo sé lo básico...—murmuró—. ¿Nunca cociné para ti?

Mis dedos se tensaron alrededor de la espátula.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.