El Ceo cree que soy su esposa

Capítulo 15: Mi jefe está demasiado cerca

Tragué saliva.

—¿Qué?

—Relájate —dijo en voz baja—. Solo estoy ayudando.

Su brazo se movió despacio, rodeando el frente de mi cuerpo para alcanzar la espátula conmigo. Sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto mínimo e inofensivo.

—Así —indicó—. Si lo giras desde este ángulo, no se rompe.

—Estoy girando el pollo —murmuré—. No desactivando una bomba.

—Podría ser igual de peligroso si lo haces mal.

—Eres dramático.

—Soy precavido.

No podía creer que el CEO me estaba enseñando a freír pollo.

Qué situación más extraña.

Él me estaba dirigiendo tal cual en la empresa, pero ahora el objetivo era preparar una comida decente. Seguí con el resto de alimentos y él se retiró a un lado de mí, ayudando a picar las verduras o en dar instrucciones.

—Así está bien —dijo, con voz tranquila—. No lo muevas todavía.

—Si se quema, será tu culpa —respondí.

—Asumo el riesgo.

Incliné apenas la cabeza, concentrada en la olla, pero era imposible ignorar el peso de su presencia.

Se movía con una naturalidad que invadía a cada rato mi espacio personal: a mis espaldas o a mi costado pero siempre cerca.

Su brazo se levantó, despacio, para alcanzar el salero. Pasó frente a mí, cerca, y durante un segundo quedé encerrada entre su pecho y la encimera.

¿Por qué esta cocina era tan calurosa?

Logan se detuvo.

—¿Todo bien? —preguntó, sin apartarse.

—Sí —mentí—. Solo hace calor.

—Puedo abrir la ventana.

—No hace falta.

No se movió.

Claro que no.

Me observó con atención.

Demasiada.

—¿Por qué me miras así?

—Porque estás concentrada —respondió—. Y cuando lo estás, frunces la nariz.

—Eso no es cierto.

—Lo es.

—Deja de analizarme.

—No puedo —dijo con calma—. Es parte de mí.

—Qué parte exactamente.

—La parte que quiere entenderte, esposa.

Mi mano tembló.

Casi se me cae la cuchara.

¡Ya basta!

—Esposa —dijo, y mi nombre sonó distinto en su voz. Más bajo. Más cercano—. Estás muy tensa.

—Estoy cocinando.

—Eso no explica tus hombros —replicó—. Están así desde hace rato.

Antes de que pudiera reaccionar, apoyó las manos sobre ellos. No fue un masaje. No fue un gesto exagerado, solo presionó suavemente, como si lo hubiera hecho mil veces.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Solté el aire.

—Así —murmuró—. Mejor.

—No deberías… —empecé, pero mi voz salió débil, sin convicción.

—¿Esto? —preguntó, sin detenerse—. ¿O el hecho de que te relajes cuando lo hago?

Me quedé en silencio.

Porque no tenía una respuesta que no me delatara.

Sus pulgares se movieron apenas, describiendo círculos lentos, casi distraídos. No buscaba nada. No exigía nada. Y eso lo hacía peor.

—Me gusta estar a tu lado —continuó, como si hablara consigo mismo—. Lo disfruto mucho, como en el simple acto de hacer una cena —hizo una pausa—. A tu lado, parece ser mi actividad favorita.

Mi corazón dio un salto incómodo.

Hasta ese momento, había salido airosa en todas sus declaraciones de amor, porque en mi cabeza él seguía siendo mi jefe. Él me pagaba, él me daba órdenes.

Sin embargo, mientras más situaciones sucedían, esa máscara de CEO dominante, fastidioso y arrogante cada vez se iba desvaneciendo. No podía seguir mirándolo simplemente así.

Y, cuando esa careta se desdibujó, solo me encontré con el rostro de un hombre muy atractivo, tal vez demasiado.

Muy cerca de mí.

—Logan…

—Tranquila —dijo enseguida—. No estoy esperando nada. Solo… —inclinó un poco la cabeza—. A veces el silencio dice más que las palabras, ¿no?

Cerré los ojos un segundo. Solo uno.

Error.

Porque cuando los abrí, él estaba más cerca. Solo lo suficiente para que, si giraba un poco la cabeza, nuestras narices casi se rozaran.

—La pasta —susurré—. Se va a quemar.

—Mmm —respondió—. Todavía no.

Su mirada bajó, pero no de forma obvia. Apenas lo justo para notar mis labios.

Mi estómago se encogió.

No estaba haciendo nada indebido.

No estaba cruzando ningún límite claro.

Y aun así, yo sabía exactamente hacia dónde iba esto.

Y me asusté.

—Deberíamos… —intenté decir.

—¿Qué? —preguntó, sin apurarme.

Giré apenas el rostro. Él hizo lo mismo.

La distancia se redujo a nada.

Sentí su respiración.

Sentí el calor de su piel.

Sentí esa peligrosa certeza de que, si no lo detenía ahora, no lo haría después.

Mis dedos se aferraron a la encimera como si fuera un salvavidas.

Logan levantó una mano, lento, dándome todo el tiempo del mundo para retroceder. No lo hice.

Sus nudillos rozaron mi mejilla.

Solo un roce.

Suficiente.

—Daisy… —murmuró.

Y justo en ese instante, una vocecita se escuchó en la entrada.

—¡Papá!




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.