El primer disparo le entró por el hombro y la lanzó dos pasos hacia adelante, contra el muro del callejón. El segundo le rozó el muslo cuando ya estaba corriendo.
No se cayó porque sabía que si se caía la mataban. Eso, y porque el cuerpo de ocho meses y medio que cargaba adentro le exigió moverse antes que pensar.
Valeria apretó la mochila contra la barriga y dobló la esquina, el barrio en el que llevaba seis días escondiéndose y conocía poco, pero los pasos de los dos hombres venían dos esquinas atrás y era correr o morir.
La sangre del hombro le bajaba caliente por la espalda. La del muslo era menos, una caricia de bala. Era pasante de medicina, llevaba año y medio en hospitales públicos viendo entrar a gente con balazos, y sabía que el del hombro no era mortal, un balazo así, a esa distancia, había sido a propósito, solo para detenerla. No para matarla.
Margarita la quería viva, y solo para tener a su nieto.
Que la dejen parir. Después se encargan. Que parezca un accidente.
La frase llevaba seis días repitiéndose en su cabeza, esa misma noche había metido cuatro cosas en una mochila, había salido por la puerta de servicio cubriendo su enorme barriga y se había perdido en los peseros de la madrugada. Tres pensiones, dos cambios de pelo, una credencial falsa que le costó el efectivo que le quedaba. Y aun así la encontraron. Dobló otra esquina. Una contracción la dobló por la mitad y le sacó el aire. Se apoyó contra una pared de tabique, apretó los dientes y esperó. La contracción duró cincuenta segundos.
No. Ahora no.
Pero el cuerpo, cuando le dispararon dos veces y le metieron el susto de la persecución, decide que el bebé tiene que salir ya, y nadie puede evitarlo.
Valeria se mordió la lengua para no gritar y siguió caminando.
—Mija. Vente.
Valeria levantó la cabeza.
Una anciana pequeña, con el pelo blanco recogido en un chongo y un mandil manchado de aceite, le hacía una seña corta con la mano desde una puerta entreabierta. Sin susto, sin asombro, como si llevara la tarde entera esperando que pasara algo así.
Valeria dudó. La siguiente contracción le llegó y no puedo pensarlo más. Cruzó la puerta.
—Atrás. Cuarto del fondo. Hay un colchón.
—Señora, me dispararon.
—Ya vi. Mueve las piernas, niña.
El cuarto tenía un colchón en el suelo, una mesita con un Cristo de palo y un foco colgando del techo. La anciana entro detrás y le pasó una toalla limpia.
—Quítate la ropa de abajo.
—Primero el hombro. La bala se puede infectar.
—¿tú eres doctora?
—Pasante.
—Entonces sabes que, si me detengo a sacar la bala ahora, el bebé se muere, eso quieres.
Valeria no discutió. Lo sabía. Una pasante que llevaba año y medio de turnos en urgencias sabe que las prioridades son lo que son.
Se bajó los pantalones con las manos torpes por la sangre, se acostó y dobló las rodillas. La anciana le levantó la falda y le metió dos dedos para medir la dilatación.
—Ocho centímetros. Falta poco.
—Lo sé.
—¿Has parido antes?
—No, pero he estado en partos muchas veces.
—Entonces no te tengo que explicar nada.
Una nueva contracción. Valeria agarró la sábana con la mano que tenía sana y la apretó tan fuerte que se le pusieron los nudillos blancos. Le subió el grito por la garganta y se lo aplastó entre los dientes.
—Suelta el grito —dijo la anciana—. Aquí adentro nadie te oye.
—Sí oyen. Vienen detrás.
La anciana se quedó quieta dos segundos. Caminó hasta la ventana, miró por una rendija y volvió.
—¿Cuántos?
—Dos. Pueden ser más.
—¿Qué quieren?
—Al niño, luego me matan.
—¿Quién es tan desalmado?
—Mi suegra.
La anciana asintió como si hubiera oído eso muchas veces. Como si en cuarenta años de recibir niños hubiera ya recibido a más de una muchacha de fuera del barrio corriendo de su propia familia.
—Yo soy doña Carmen. Yo te ayudo. Tú aguantas. Después decidimos.
—Si vienen, no abra.
—No le abro a nadie esta noche. Empuja.
Valeria empujó.
El bebé salió a las once y veintitrés. Doña Carmen lo recibió en las dos manos, le sopló en la cara y le dio una palmada suave. El bebé lloró con esa fuerza limpia de los que llegan al mundo enojados con el viaje.
—Varón. Está fuerte.
Le cortó el cordón con unas tijeras esterilizadas en el fuego, lo envolvió en una toalla y se lo puso sobre el pecho. Valeria lo miró, le pasó un dedo por el labio diminuto y por primera vez en días sintió algo que no era miedo.
Y entonces la barriga se le contrajo otra vez.
—Doña Carmen.
—Lo sé. Lo sentí cuando te metí los dedos. No te dije por no asustarte.
—¿Otro?
—Otro. Los ultrasonidos son máquinas. El cuerpo es el cuerpo. Empuja.
Doña Carmen le sacó al primero del pecho, lo dejó sobre una manta a un metro del colchón y volvió a meter las manos.
—Mija, este viene mal sentado.
Valeria cerró los ojos, su hijo eligió el peor momento para venir sentado, ella en el piso de una vecindad, con una anciana de manos limpias, pero sin instrumentos, puede ser su muerte, necesitaba un quirófano o un ginecólogo experto.
—Doña, si muero no importa, saque a mi hijo vivo.
—Lo he girado adentro veintidós veces en cuarenta años. Veintidós vivos. Empuja.
Doña Carmen le metió la mano hasta la muñeca. Valeria gritó. Esta vez el grito le salió animal, y la anciana ni siquiera la miró porque tenía los dos brazos metidos hasta los codos en sangre tratando de girar a un bebé que había decidido a salir torcido.
—Vente, niño. Date la vuelta. Date la vuelta para tu mamá.
Pasaron tres minutos. Valeria perdió la noción del tiempo. Veía manchas negras en los bordes de los ojos. El balazo del hombro le había drenado más sangre de la que podía reponer. Por dentro le subía la voz tranquila de su profesora de obstetricia: en hemorragia posparto la madre tiene veinte minutos antes del shock.