El Ceo DescubriÓ Que Tiene Gemelos

CAPÍTULO 2

El heredero de los Solís

Margarita Solís cruzó la entrada de la clínica privada con el bebé envuelto en una manta de algodón y el corazón al doble. El doctor Robledo la estaba esperando en el pasillo, todavía con la bata del turno de noche.

—Señora. Llegó.

—¿Está listo el quirófano?

—Listo. El corazón ya está aquí. Compatibilidad perfecta. Su hijo entra en treinta minutos.

—¿Tiempo de procedimiento?

—Seis horas, si todo va bien.

—Que vaya bien.

—Señora.

—Dígame.

—Llevamos ocho meses esperando. Y aparece esta noche. Después de la noche que usted tuvo. Es un milagro.

Margarita lo miró con los ojos secos. Apretó al bebé contra el pecho.

—Milagro o no, doctor quiero a mi hijo vivo.

A los veinte minutos, Mateo Solís entró al quirófano sobre una camilla. Ocho meses sin abrir los ojos, solo el respirador subiéndole y bajándole el pecho como una marea que no termina.

Lo que nadie sabía, ni siquiera los médicos que le iban a abrir el esternón, era que adentro de su cabeza dormida algo todavía funcionaba.

Y esa noche, por última vez antes de que un corazón nuevo le cambiara la vida, soñó.

Era una tarde de agosto.

Bajaba al lobby del Hospital General después de una reunión con el director del ala de cardiología, donde la fundación familiar acababa de aprobar la donación anual. Sintió un tirón distinto en el pecho. Más profundo, más frío. Alcanzó a llegar al piso de mármol antes de que las piernas le fallaran.

La gente gritó. Y entonces apareció ella.

Una muchacha menuda, de pelo oscuro, con bata blanca de pasante y un estetoscopio colgándole del cuello. Se arrodilló al lado del cuerpo, le verificó el pulso, le abrió la camisa y empezó compresiones con una calma que nadie alrededor tenía. Treinta a dos. Treinta a dos. Treinta a dos.

En dos minutos, el corazón de Mateo volvió a latir.

Al día siguiente, en la habitación privada, preguntó por ella. Cuando entró al cuarto con la bata blanca, los dos se miraron un segundo demasiado largo. Ella le puso dos dedos en el pulso y él le agarró la mano antes de que se la quitara. Se la sostuvo así medio minuto, con los ojos cerrados, como quien retiene un milagro.

—Gracias.

—No me agradezca.

—¿Cómo se llama?

—Valeria.

—Le queda el nombre.

Ella se rió bajito. Una risa corta, nerviosa, que él iba a recordar después en sueños cuando todo se rompiera.

Tres meses se vieron a escondidas. En cafés pequeños, en el departamento que él tenía, en consultorios prestados después de que ella salía de turno. Ella le conto como murió su abuela cuidando sola a una niña, cómo se pagaba una carrera de medicina con turnos de noche en farmacia, cómo se levantaba una mujer del piso cuando no tenía a nadie que la levantara.

Cuando Margarita se enteró, ya era tarde, Mateo le dejo claro que la amaba y no la dejarían por ser pobre, si ella se oponía el se iría con ella, pero pasaron seis meses y una tarde de noviembre, almorzando con Valeria en un restaurante del centro, Mateo se desplomó, el corazón le había aguantado más de lo que cualquier médico hubiera predicho, pero ya no daba para más. O recibía un trasplante en semanas, o se quedaba ahí.

Mateo no supo nada de eso. Ni del coma, ni de la lista de espera, ni de los meses que pasaban afuera mientras él dormía.

Y mucho menos supo lo que pasó en la sala de espera del hospital, dos horas después de que se lo arrancaran de los brazos de Valeria.

Una enfermera la vio pálida. Le tomó la presión. La obligó a acostarse en una camilla. Le sacaron sangre. A los cuarenta minutos, la doctora entró con el resultado.

—Señorita Cruz, ¿sabía que está embarazada?

Mateo nunca supo eso. Estaba ya dormido, soñando con ella sobre su pecho. Estaba ya dormido cuando Margarita entró por accidente al cuarto donde le daban la noticia a Valeria, y oyó la palabra antes que nadie.

—Doctor, latido recuperado. Cierre.

—Cierro.

A las nueve y veinte de la mañana, el doctor Robledo salió del quirófano con la bata empapada de sudor. Margarita lo estaba esperando en el pasillo con el bebé todavía en los brazos.

—Salió bien, señora. El corazón está latiendo solo. Si los próximos siete días no hay rechazo, su hijo despierta.

—¿Cuánto?

—Una semana. Lo bajamos de la sedación poco a poco.

—Gracias, doctor.

—Señora.

—Dígame.

—Es la mujer más afortunada que he conocido. Pareciera que el universo le respondiera.

Margarita lo miró. Y sonrió por primera vez en ocho meses.

—El universo no me responde, doctor. Yo lo organizo a mi favor.

******************

Cinco días después, en su despacho de Las Lomas, Margarita Solís estaba sentada al lado del moisés donde dormía el bebé. Sobre el escritorio, una carpeta. Adentro, un solo papel.

Un comprobante de transferencia bancaria, fechado dos meses atrás, por una cifra de siete dígitos. El destinatario: una cuenta numerada a nombre de Valeria Cruz, abierta en una sucursal del centro.

Margarita la había mandado a abrir un mes antes. Con una credencial robada, una firma falsificada y un contacto en el banco que le debía favores. La cuenta había recibido el depósito, había permanecido abierta tres horas y se había vaciado en una transferencia internacional a un destino imposible de rastrear.

Para cualquier ojo, era la prueba perfecta de que Valeria Cruz había cobrado por entregar al niño.

Margarita cerró la carpeta. Miró al bebé dormido en el moisés. Le pasó un dedo por la mejilla.

—Mi niño. Tú nunca vas a saber cómo llegaste a esta casa. Y mi hijo, cuando despierte, va a creer lo que yo le diga. Y lo que yo le voy a decir es que tu madre te vendió por dinero.

El bebé abrió los ojos un segundo. La miró fijo. No lloró. Pero algo en esa mirada quieta, oscura, demasiado serena para un recién nacido, le hizo a Margarita bajar la mano un instante.




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