Camila iba en el asiento del fondo del autobús, pegada a la ventana, con Diego dormido contra el pecho. El balazo del hombro le ardía. El del muslo le latía con el movimiento. Apoyó la frente en el vidrio. Afuera la carretera era una línea negra que se repetía. Adentro, en su cabeza, las últimas horas se le mezclaban.
Había despertado dos días atrás sobre un colchón. Con el dolor en el hombro y la boca seca, abrió los ojos buscando un techo que reconociera. Encontró un foco viejo, una mesita con un Cristo de palo y a una mujer arrugada sentada al lado del colchón.
—Despertaste, mija.
La anciana le acercó un vaso de agua.
—Toma. Despacio.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa. Te recogí en la calle. Tenías dos balazos. Pariste aquí mismo.
—No entiendo, no recuerdo estar embarazada.
Giró la cabeza. Sobre la manta, envuelto en una toalla limpia, dormía un bebé. Pelo negro pegado al cráneo, los puños cerrados.
—¿Es mío?
—Es tuyo. Lo pariste hace dos días.
Lo miró un rato largo. No sintió lo que pensó que iba a sentir. Solo un peso en el pecho.
—¿Cómo se llama?
—No alcanzaste a nombrarlo. Te desmayaste antes.
—¿Y el papá?
La anciana negó con la cabeza.
—No sé. Llegaste sola. No mencionaste a nadie.
Valeria buscó adentro. Una cara, un nombre, una voz. No le llegó nada. Solo manchas. Una sala de espera de hospital. Un olor a desinfectante. Una mujer hablando en otro cuarto. Después, niebla.
—¿Cómo me llamo?
La anciana se quedó quieta.
—Valeria. Me dijiste Valeria antes de desmayarte.
—Valeria.
Lo repitió en la boca como quien prueba una palabra extranjera. No le supo a ella.
—¿Qué me pasó?
—Llegaste corriendo. Me dijiste que tu suegra te quería matar y quitarte al niño. Te metí adentro y empezaste a parir. Te saqué la bala con un cuchillo del fuego. Te desmayaste por el dolor.
—No me acuerdo de tener suegra.
—No te acuerdas de nada, mija. La cabeza a veces se cierra cuando ve cosas muy feas. Es la forma que tiene de protegerte.
Valeria volvió a mirar al bebé. Le pasó un dedo por la mejilla. El niño se movió en el sueño. Algo le subió por la garganta. Un nombre, sin razón.
—Diego. Se llama Diego.
—Bonito nombre.
La anciana le contó el resto, despacio. Que la mujer la había buscado esa misma noche. Que ella había logrado hacerle creer que había muerto en el parto. Que la mujer se había ido con esa idea y no iba a volver.
—¿Y dónde cree que está mi cuerpo?
—Ven. Tienes que ver una cosa.
La ayudó a pararse. Le costó. Cada paso le bajaba el balazo del muslo hasta el pie. Salieron al patio de tierra.
En una esquina, junto a un limonero, había un montón de tierra recién removida. Una cruz de palo. Y sobre la cruz, escrito con marcador negro en una tabla, un nombre.
Valeria Cruz. Q.E.P.D.
Ella se llevó la mano libre a la boca.
—Es para los vecinos. Y para los hombres que ella pueda mandar a confirmar. Si alguien viene a preguntar, yo digo que ahí estás enterrada. Y si alguien quiere abrir, abre. Hay un perro muerto adentro.
Valeria la miró. No supo si reírse o vomitar.
—¿Por qué hace todo esto?
—Porque los años le enseñan a una a saber cuándo una mujer no merece morir.
Volvieron adentro. La anciana le pasó una bolsa de tela. Adentro había un fajo grueso de billetes, una credencial de elector, un acta de nacimiento y un boleto de autobús, Valeria sacó la credencial. La foto era de otra mujer, parecida pero no igual. El nombre debajo decía Camila Ríos. Veintitrés años. Mazatlán.
—Mi sobrina. Murió hace tres años en un accidente. Nadie la busca. Tiene tu edad. De ahora en adelante eres tú.
—Camila Ríos.
—Te lo repites todos los días hasta que sea tu nombre verdadero. Y olvidas el otro. Tres cuadras por el callejón hasta la avenida. El autobús sale a las seis para Tijuana. De ahí cruzas. Cuando estés del otro lado, no vuelvas.
—¿Por qué?
—Porque no toda la verdad sirve. A veces lo que no sabes es lo que te salva.
No entendió qué quería decirle con eso. Pero asintió.
Se repitió el nombre en voz baja.
—Camila Ríos.
Y se lo siguió repitiendo hasta que el autobús salió de la ciudad.
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Ocho años después.
Nueva York, la doctora Camila Ríos cerró el último expediente del día y apagó el computador del consultorio.
Llevaba el pelo corto, a la altura de la mandíbula. Castaño claro, con un mechón que se le caía sobre el ojo izquierdo cada vez que se inclinaba sobre un paciente. Los ojos verdes, lentes de contacto que se ponía todos los días. La cicatriz del hombro la cubría siempre con manga larga.
Su tarjeta decía Dra. Camila Ríos. Cardiología pediátrica. Jefa de la unidad de cardiopatías congénitas del Mount Sinai.
Nadie en ese piso sabía nada de ella anterior a hace ocho años. Nadie sabía que había llegado a la frontera con un bebé de tres días, dos balazos cerrados a la mala y un acta de nacimiento ajena. Nadie sabía que había trabajado seis años en limpieza nocturna de hospitales para pagarse el título y la especialidad.
La Valeria de antes seguía enterrada en un patio de Tepito que ella ya no podía ubicar en un mapa.
Recogió el bolso, se puso el abrigo y salió al pasillo.
Diego la estaba esperando en la sala de espera, con la mochila entre los pies y un libro de problemas en las manos. Ocho años. Pelo negro, ojos oscuros, mascarilla sobre la nariz, siempre la llevaba, desde que tenía dos años. La cardiopatía congénita lo hacia propenso a contraer virus.
Levantó la cara cuando la vio.
—Lista, mamá.
—Lista.
Lo tomó de la mano. Mañana empezaba la olimpiada internacional de matemáticas. Diego competía por Estados Unidos en la categoría de menores de diez. El año pasado había llegado en segundo lugar. Este año iba a ganar.