El Ceo DescubriÓ Que Tiene Gemelos

CAPÍTULO 4

El espejo

El salón de competencia estaba lleno desde las ocho de la mañana. Niños sentados en mesas individuales, padres en las gradas del fondo, jurados con bata azul caminando entre las filas. En las pantallas grandes del frente aparecían los nombres y los puntajes después de cada ronda.

Camila se sentó en la fila tres con un café entre las manos. Tres rondas eliminatorias en la mañana, una semifinal a la una, la final a las cinco. Doce horas en esa sala, mirando a su hijo desde lejos sin poder hablarle.

Diego estaba en la mesa siete. Mascarilla blanca, sudadera azul oscuro con el escudo del torneo. No había levantado la cara desde que se sentó. Llevaba el lápiz en la mano derecha y la goma en la izquierda, listo.

Camila respiró hondo y soltó el aire por la nariz.

Buscó con la mirada a los otros padres. La mayoría hablaba en inglés, algunos en francés. En la segunda fila reconoció al hombre del lobby. Traje gris claro, sin saco esta vez, con las mangas dobladas hasta el codo. Tenía el mismo gesto que ella: las manos cerradas sobre las rodillas, la mirada clavada en un punto del salón.

Mateo no la había visto. Estaba mirando a Lucas, mesa catorce. Cinco mesas más allá de Diego.

Camila bajó la cara y miró el café.

—Primera ronda. Treinta minutos. Empiezan.

Las trescientas mesas empezaron a moverse al mismo tiempo. Lápices contra papel. El sonido era extraño, una lluvia chiquita.

Diego escribió sin parar veinte minutos. Después levantó la cara, miró el techo unos segundos y volvió a escribir. A los veintiocho minutos puso el lápiz en la mesa y cruzó los brazos.

—Tiempo.

En la pantalla aparecieron los resultados. Diego: 100. Lucas: 100. Una niña polaca: 98. Un niño chino: 97.

Camila respiró. Buscó la mesa catorce con la mirada. El niño de Mateo estaba sentado igual de quieto que Diego. La misma postura. El mismo gesto de cruzar los brazos.

Se le movió algo en la cara que no entendió.

Segunda ronda a las diez. Diego: 100. Lucas: 100.

Tercera ronda a las once y media. Diego: 100. Lucas: 100.

A la una, antes de la semifinal, soltaron a los niños veinte minutos. Camila bajó al pasillo y se encontró con Diego sentado en una banca, tomando agua por la pajita del termo.

—¿Cómo vas?

—Bien.

—¿Cómo te sientes?

—Hay un niño en la catorce que tiene el mismo puntaje que tú.

Diego asintió.

—Sí. Ya lo vi.

—¿Lo conoces de antes?

—No. Pero juega bien.

—¿Te preocupa?

—No.

Camila se sentó al lado en la banca. Le pasó la mano por el pelo. El niño no se quitó, pero tampoco se acomodó.

—Voy a ganar.

—Lo sé.

La semifinal duró cuarenta y cinco minutos. Cuando aparecieron los resultados en pantalla, el salón se calló de golpe.

Diego Ríos: 100 Lucas Solís: 100

Empate perfecto. Pasaban los dos a la final.

Camila buscó a Mateo con la mirada. Lo encontró sentado en la misma fila, con la cara entre las manos. Cuando levantó la cabeza, los dos se miraron por encima de las filas. Tres segundos. Ninguno saludó. Pero los dos asintieron a la vez.

A Camila se le subió otra vez ese sabor raro a la boca.

Mateo bajó la mirada. Lucas le había hecho una seña desde la mesa. Mateo le devolvió el gesto.

La final empezó a las cinco en punto. Solo dos mesas en el centro del salón, con las trescientas mesas anteriores recogidas. Diego en la mesa de la izquierda. Lucas en la mesa de la derecha.

—Empiezan.

A los treinta y cinco minutos, Diego levantó la mano.

Un juez se acercó a la mesa. Revisó los tres problemas, Después uno de ellos caminó al micrófono.

—El primer lugar de la final internacional, categoría menores de diez, es para Diego Ríos, de Estados Unidos.

La sala aplaudió. Camila se levantó de la silla con las piernas blandas y aplaudió sin darse cuenta de que tenía los ojos llenos de agua.

Diego se levantó de la mesa. Miró a Lucas. Le tendió la mano por encima de la mesa.

Lucas la tomo, recibo la medalla de plata, agarró su mochila y caminó hacia la puerta sin mirar a nadie.

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Diego después de recibir la suya fue al baño, todavía con la medalla de oro alrededor del cuello. Lucas se lavaba las manos, con los puños apretados.

—No me ganaste.

—Sí te gané.

—Tuviste suerte.

—No tuve suerte, soy el mejor.

—Yo también.

—Pues no te alcanzó.

—Vete a la mierda.

Diego se quitó la mascarilla para lavarse la cara, no discutiría con alguien que no reconoce que perdió, Lucas se quedó quieto frente al espejo. Se llevó una mano a la cara, despacio. Después miró a Diego de reojo.

—Por qué te pareces a mí.

Lucas se quitó la máscara también.

—Por qué te pareces a mí —repitió Lucas, esta vez sin rabia, sin entender.

Diego se acercó al espejo. Se paró al lado de Lucas. Los dos rostros uno al lado del otro. Iguales.

—No sé.

Diego se llevó la mano al lunar del ojo izquierdo. Lucas hizo lo mismo con su mano. Los dos al mismo tiempo, sin pensarlo.

—Tengo el mismo —dijo Lucas.

—Yo también.

Se quedaron así un rato sin hablar. Mirándose en el espejo como quien mira una foto que no recuerda haberse tomado.




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