La oficina de Adrián Blackwood estaba en silencio, mientras él leía unos papeles de una nueva obra. La luz de la tarde entraba por los ventanales que ocupaban toda una pared y proyectaba sombras largas sobre la mesa de roble donde Adrián firmaba el último documento que su asistente le había dejado.
Llevaba horas así, con la espalda tiesa y los dedos manchados de tinta negra, repasando cláusulas que apenas registraba. Su cabeza estaba en otra parte. En una cocina llena de escarcha dorada, para ser exactos. En una pelirroja que reía con los ojos cerrados mientras sus cuatro terremotos —sus huracanes, como ella los llamaba— la cubrían de brillo.
Adrián dejó la pluma y se frotó las sienes. Cinco años sin dormir bien, sin reír de verdad, sin sentir que el peso de la empresa no fuera a aplastarlo cualquier día. Pero aquella mañana, a través de la pantalla de seguridad, había visto algo que no esperaba. Algo que se le había metido hasta los huesos.
—¿Estás bien, hijo?
La voz llegó desde la puerta, grave y seria, con esa autoridad que solo los padres tienen. Adrián levantó la cabeza y vio a su padre, Sebastián Blackwood, apoyado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos de la chaqueta de lana. Tenía el pelo canoso, los ojos del mismo color que los suyos y el porte erguido de un hombre que había levantado un imperio con sus propias manos y que ahora, con setenta años, seguía sin poder soltar del todo las riendas.
—Pase, papá. No sabía que vendría hoy.
Sebastián entró con pasos lentos pero firmes. Cerró la puerta y recorrió la oficina con la mirada: los estantes llenos de expedientes, el cuadro de la fundación de la empresa Blackwood colgado detrás del escritorio y la foto de sus cuatro nietos en el borde de la mesa. Se detuvo en esa imagen por un segundo más de lo necesario.
—Llevo días queriendo venir —dijo Sebastián, sentándose sin esperar invitación—, pero no sabía cómo empezar.
Adrián inclinó la cabeza, curioso. Su padre no era de rodeos y, si dudaba, era porque el asunto era delicado.
—Dígame lo que tenga que decir.
Sebastián exhaló un suspiro que parecía arrastrar años. Se quitó las gafas de lectura que colgaban de su cuello y las dejó sobre la mesa con un golpe seco. El gesto era casi ceremonial, como si se preparara para confesar algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Hijo, tengo que pedirte perdón.
Adrián parpadeó varias veces. Su padre se disculpaba, pero siempre por tonterías: por llegar tarde, por olvidar un cumpleaños. Nunca con ese tono, tan bajo y tan sincero.
—¿Perdón por qué?
Sebastián lo miró fijamente. Los ojos azules se encontraron y hubo un silencio en el que Adrián sintió que el suelo se abría.
—Por presionarte con lo del matrimonio —dijo su padre, y la palabra cayó como una piedra—. Por dejar que la junta directiva te acosara con eso, por no haber puesto un alto cuando empezaron a hablar de que necesitabas una esposa para mantener la imagen de la empresa.
Adrián se quedó quieto. Seis meses con ese tema clavado como una espina. Los miembros de la junta, todos hombres mayores que él, con más años en el negocio que paciencia para entender los tiempos modernos, habían insistido una y otra vez: la familia Blackwood necesitaba una figura materna; la prensa empezaba a especular sobre su soltería, y los inversores veían con malos ojos a un hombre que no podía mantener un hogar estable.
—Sé que no es justo —siguió Sebastián, apartando la mirada hacia la ventana—. Sé que eres un adulto, que has criado a esos cuatro pequeños casi solo, que has hecho un trabajo que muchos no podrían hacer ni con ayuda. Pero la junta... ellos no entienden eso. Ellos solo ven números. Y tu madre ya no está para enfrentarlos como antes.
Adrián sintió un nudo en la garganta. Hablar de su madre, muerta hacía muchos años, siempre removía algo que él mantenía bien guardado, pero no era momento de desmoronarse. No frente a su padre.
—Papá, no necesitas disculparte, yo te entiendo.
Sebastián lo miró con sorpresa. —¿Entiendes?
—Claro que entiendo —respondió Adrián, y esta vez fue él quien dejó el esfero y apoyó los brazos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante—. Usted fundó la empresa Blackwood desde cero. La construyó ladrillo por ladrillo, con su esfuerzo, con su sudor. Yo recuerdo cuando era pequeño y lo veía trabajar hasta tarde, cómo llegaba a casa con las manos llenas de tinta y los ojos cansados, pero siempre con una sonrisa porque sabía que estaba haciendo algo importante. Por eso, esta empresa es su legado, también su vida.
Sebastián tragó saliva. Sus dedos jugueteaban con el borde de la mesa, un gesto nervioso que Adrián le conocía desde niño.
—Lo es —admitió en voz baja—. Y no quiero que caiga en manos de cualquiera. He visto cómo otras familias han perdido su patrimonio por malas decisiones, por conflictos internos, por no tener una estructura sólida, y no quiero que eso le pase a los míos.
—No va a pasar, papá —dijo Adrián con firmeza—. Porque tengo un plan.
Sebastián levantó una ceja. Por un momento, el hombre mayor que había entrado por esa puerta pareció volverse el mismo que había fundado un imperio, el que nunca se rendía.
—¿Un plan?
Adrián asintió. Se recostó en la silla y juntó las manos sobre el estómago, como hacía siempre cuando estaba a punto de presentar una propuesta importante. Pero esta vez no hablaba de acciones ni de márgenes de ganancia. Hablaba de su vida.
—Voy a casarme —dijo, y la palabra sonó más extraña de lo que había esperado—. Pero no será un matrimonio convencional. Será bajo un contrato.
Sebastián se tensó. —¿Un contrato?
—Así es. Algo que proteja tanto mis intereses como los de la empresa. Un acuerdo legal donde quede estipulado que el matrimonio es puramente formal, que no hay sentimientos de por medio... y que está prohibido enamorarse.
La última frase cayó con un peso inesperado. Adrián mismo sintió lo absurdo que sonaba al decirlo en voz alta: prohibir enamorarse. Como si el corazón pudiera regirse por cláusulas.
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Editado: 23.07.2026