El color de el cielo en tus ojos

Capítulo 1: El eco de los adoquines

La noche en Florencia tenía el aroma húmedo de la lluvia reciente y el peso de los secretos centenarios. Chiara Moretti se detuvo un segundo bajo la sombra de un arco de piedra, conteniendo el aliento. Sus dedos, helados por el frío de la noche toscana, se aferraron a la tela de su vestido negro. Era una prenda espectacular, asimétrica, de una sola manga y cubierta de miles de diminutos cristales que captaban la luz de las farolas como un cielo estrellado y oscuro. La abertura en su pierna izquierda dejaba al descubierto su piel pálida a cada paso, rompiendo la sobriedad del luto que sentía por dentro.

Chiara no pertenecía a este mundo de opulencia. Su cabello, de un rubio tan claro y puro que rozaba el blanco, caía en una cascada lacia perfectamente peinada hasta su cintura, contrastando drásticamente con la oscuridad de su ropa. Sabía que llamaba la atención, justo lo contrario de lo que necesitaba. Su hermano menor había cometido el error de jugar con las finanzas de las personas equivocadas, y la única forma de saldar la primera cuota de la deuda era entregar un sobre sellado en la gala benéfica del Palacio Pitti. Cumplir y desaparecer. Ese era el plan.

Al salir a la Via de' Guicciardini, el tacón de su zapato izquierdo se trabó en una grieta de los antiguos adoquines. Chiara perdió el equilibrio, ahogando un grito mientras el suelo parecía elevarse hacia ella.

No llegó a caer.

Una mano firme, enfundada en una textura costosa, la sujetó con fuerza por la cintura, deteniendo su descenso con una facilidad pasmosa. Chiara se tensó instantáneamente, apoyando las manos en el pecho de su salvador para recuperar la estabilidad. Sus ojos, de un azul limpio y profundo, se abrieron de golpe al mirar hacia arriba.

El hombre que la sostenía era imponente. Su altura la obligaba a inclinar la cabeza de manera pronunciada. Vestía un traje de tres piezas negro a medida, de un corte impecable que denotaba un estatus inalcanzable para el común de los mortales, combinado con una camisa blanca inmaculada que resaltaba sus facciones aristocráticas. Su cabello era oscuro como la noche florentina y sus facciones, de una simetría casi esculpida en mármol, permanecían completamente imperturbables.

Era Alessandro de Luca.

Chiara reconoció el rostro de inmediato; los periódicos financieros y los susurros de la alta sociedad lo describían como el verdadero heredero del poder en la región. Un hombre implacable que no conocía la piedad en los negocios ni en la vida.

Alessandro la miró fijamente hacia el frente, sosteniendo su postura con una elegancia rígida. Sus ojos marrones, profundos y casi negros, se clavaron en los de ella. Por un instante, el bullicio lejano de la ciudad desapareció. La mirada de Alessandro descendió por el cabello casi albino de Chiara, recorrió los Ñcristales de su vestido y se detuvo en la abertura que revelaba su pierna recta y firme sobre el suelo.

—Debería mirar por dónde camina, signorina —dijo Alessandro. Su voz era un barítono bajo, calmado, pero con un filo de autoridad que hizo que a Chiara se le erizara la piel.

—Yo... lo lamento. Gracias —logró articular ella, intentando dar un paso atrás.

Sin embargo, la mano de Alessandro no la soltó de inmediato. El agarre en su cintura se mantuvo el tiempo justo para que Chiara sintiera el calor de sus dedos a través de la tela. Él no la miraba con calidez, sino con una curiosidad fría y calculadora, como un depredador que acaba de cruzarse con una especie exótica que no logra catalogar.

—Florencia es traicionera de noche para quienes caminan sin mirar el suelo —añadió Alessandro, soltándola finalmente con una sutil lentitud—. Especialmente si llevan prisa.

Chiara enderezó su postura, acomodó el largo de su cabello sobre su hombro y sostuvo la mirada del hombre más temido de la ciudad. El sobre con el dinero pesaba en su pequeño bolso de mano. Sabía que debía correr, pero sus piernas parecieron olvidar cómo moverse bajo la intensa presión de esos ojos oscuros. El juego de poder de Florencia acababa de comenzar, y Chiara acababa de tropezar directamente en los brazos del rey de las sombras.




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