El color de el cielo en tus ojos

Capítulo 2: El nido de las víboras

El Palacio Pitti resplandecía bajo la luz de gigantescas lámparas de cristal que hacían brillar las paredes decoradas con frescos del Renacimiento. Chiara caminaba entre la multitud de la alta sociedad, consciente de que cada par de ojos en el salón juzgaba su presencia. Los hombres, vestidos con esmoquin idénticos, la miraban con una mezcla de fascinación y desconfianza; las mujeres, enjoyadas hasta las cejas, murmuraban detrás de sus abanicos sobre la identidad de la misteriosa mujer del vestido negro brillante y cabello de nieve.

El sobre en su bolso parecía quemarle los dedos. Siguiendo las instrucciones exactas de la nota anónima que su hermano le había dejado antes de desaparecer, caminó hacia la terraza que daba a los jardines de Boboli, el lugar designado para la entrega. El aire fresco de la noche le devolvió un poco de claridad.

—Llegas tarde, Moretti.

Una voz áspera la hizo girar bruscamente. Apoyado contra la barandilla de mármol se encontraba Matteo Rossi, un usurero de segunda categoría conocido por su crueldad en los barrios bajos de la ciudad. Tenía una sonrisa torcida que hizo que a Chiara se le diera la vuelta el estómago.

—Aquí está lo que mi hermano te debe —dijo Chiara con firmeza, extendiendo el sobre de cuero—. Ahora déjalo en paz.

Matteo tomó el sobre, lo sopesó en su mano y lo abrió con parsimonia, contando los billetes de alta denominación bajo la luz de la luna. Luego, su mirada lasciva recorrió la abertura del vestido de Chiara y se detuvo en su rostro.

—Esto es solo el interés, preciosa. Tu hermano debe tres veces esta cantidad. Y considerando lo bien que te queda ese vestido, creo que podríamos llegar a otro tipo de acuerdo para saldar el resto.

Matteo dio un paso hacia ella, extendiendo una mano rugosa hacia el rostro de Chiara. Ella retrocedió, chocando contra la barandilla de mármol, buscando desesperadamente una salida con la mirada.

—No la toque.

La orden cortó el aire de la terraza como un cuchillo de hielo.

Matteo se congeló en el sitio. La arrogancia desapareció de su rostro en un milisegundo, siendo reemplazada por una palidez mortal. Chiara miró hacia la entrada de la terraza y contuvo el aliento.

Alessandro de Luca avanzaba hacia ellos con paso lento y felino. La luz de los candelabros del interior del palacio recortaba su imponente silueta. Llevaba una mano metida en el bolsillo del pantalón de su traje negro, pero su postura irradiaba una violencia contenida que hizo que el ambiente se volviera asfixiante.

—Señor... Señor De Luca —tartamudeó Matteo, bajando la cabeza de inmediato—. Yo solo estaba... cobrando una transacción comercial legítima. No quería causar molestias en su evento.

Alessandro se detuvo a escasos centímetros de Matteo, obligando al usurero a mirar hacia arriba debido a la diferencia de altura. Los ojos oscuros del heredero eran dos pozos vacíos de empatía.

Alessandro se detuvo a escasos centímetros de Matteo, obligando al usurero a mirar hacia arriba debido a la diferencia de altura. Los ojos oscuros del heredero eran dos pozos vacíos de empatía.

—Todo lo que ocurre bajo este techo me concierne, Rossi. Y no tolero alimañas molestando a mis invitadas —la voz de Alessandro era un susurro peligroso—. Devuélvele el sobre. Ahora.

Matteo no lo pensó dos veces. Con las manos temblorosas, le tendió el sobre a Chiara, quien lo tomó mecánicamente, incapaz de apartar los ojos de la escena.

—Lárgate de Florencia antes del amanecer. Si vuelvo a ver tu rostro en mi ciudad, me aseguraré de que la próxima vez que cuentes dinero sea para pagar tu propio entierro —sentenció Alessandro sin elevar el tono de voz.

Matteo asintió frenéticamente, se dio la vuelta y prácticamente corrió hacia la salida, desapareciendo entre la multitud del salón.

El silencio regresó a la terraza, interrumpido solo por el sonido distante de la orquesta clásica. Chiara se abrazó a sí misma, temblando levemente por la adrenalina del momento. Alessandro se giró despacio hacia ella, recorriendo con la mirada el largo cabello rubio claro que caía sobre el hombro de la joven.

—Parece que mi advertencia de hace un momento no fue suficiente, signorina Moretti —dijo él, revelando que ya sabía su nombre—. Le dije que Florencia es traicionera de noche, pero veo que usted prefiere buscar el peligro por su cuenta.




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