Chiara dio un paso al frente, obligándose a mantener la espalda recta y la barbilla en alto a pesar de que el corazón le latía con fuerza contra las costillas. No podía permitirse mostrar debilidad ante el hombre que controlaba el destino de media Italia.
—Sé cuidarme sola, señor De Luca. Y ese hombre decía la verdad, era una transacción comercial privada. No necesitaba que interfiriera —mintió ella, intentando guardar el sobre en su bolso.
Alessandro soltó una risa seca, un sonido sin pizca de gracia que erizó los cabellos de la nuca de Chiara. Se acercó un paso más, reduciendo la distancia entre ambos hasta que ella pudo percibir el aroma a madera de sándalo y tabaco caro que desprendía su traje.
—¿Transacción comercial? No me insulte, Chiara. Conozco a Matteo Rossi y sé perfectamente a qué se dedica. También sé que tu hermano, Lorenzo, huyó de la ciudad ayer por la mañana después de perder una fortuna que pertenecía a mis empresas en las mesas de juego clandestinas.
A Chiara se le congeló la sangre. El bolso casi se le cae de las manos.
—¿Usted... usted lo sabe? —susurró, perdiendo toda la fachada de seguridad.
—Lo sé todo. En Florencia no se mueve un solo adoquín sin que yo lo autorice —Alessandro extendió la mano y, con una lentitud calculada, tomó un mechón de su cabello rubio casi blanco, estudiándolo entre sus dedos largos antes de soltarlo—. El dinero que traías en ese sobre no es ni el diez por ciento de lo que Lorenzo me robó. Rossi solo era el intermediario que iba a quedarse con tu vestido y con el resto de ti como pago.
Chiara tragó saliva, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
—Yo no tengo esa cantidad de dinero. Mi familia no tiene nada. Por favor... él es solo un estúpido que tomó malas decisiones. Déjeme trabajar, haré lo que sea para pagar la deuda, pero no le haga daño.
Alessandro la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Su mirada descendió por la silueta de la joven, apreciando la elegancia natural con la que llevaba el vestido negro y la pureza de sus rasgos. Una idea pareció formarse detrás de sus ojos marrones oscuros.
—¿Lo que sea? —repitió él, y por primera vez una sonrisa ladeada, fría y peligrosa, apareció en sus labios—. Curioso que uses esa palabra. Da la casualidad de que mi familia me exige contraer matrimonio antes de fin de año para consolidar el control de la banca florentina. Necesito una esposa que no tenga conexiones con mis rivales, alguien que dependa enteramente de mi protección. Alguien que me deba la vida.
Chiara lo miró con los ojos de par en par, horrorizada y fascinada al mismo tiempo.
—¿Me está pidiendo que me case con usted?
—Te estoy ofreciendo un trato, signorina Moretti —corrigió Alessandro, dando media vuelta para mirar hacia el horizonte iluminado de la ciudad—. Te conviertes en mi prometida ante la alta sociedad. Vistes mis joyas, asistes a mis eventos y mantienes la fachada de la mujer perfecta a mi lado. A cambio, la deuda de tu hermano queda completamente saldada y él podrá regresar con vida a Italia. Tienes exactamente diez segundos para decidir si caminas conmigo hacia el frente o si dejas que las sombras de esta ciudad te consuman.
Chiara miró el sobre en sus manos, pensó en su hermano escondido y luego miró la espalda ancha y rígida del hombre que vestía de negro. No había elección real. Ella ya estaba atrapada en su red.
—Acepto —dijo en voz baja pero clara.
Alessandro se giró, caminó hacia ella y, sin pedir permiso, la tomó firmemente de la cintura con una sola mano, apegándola a su cuerpo en una pose posesiva que sellaba el destino de ambos.
—Excelente elección, mi futura esposa. Ahora, caminemos de regreso al salón y enseñémosle a Florencia quién es su nueva reina
Editado: 30.06.2026