El colectivo frenó con un chirrido de frenos y un golpe seco en la plataforma de madera que hacía de parada en Santa María. El polvo fino, dorado por el sol de la tarde, se levantó en remolinos y entró por las ventanillas entreabiertas, impregnando el aire de un olor a tierra seca y pasto recién cortado. Marina Torres tomó su mochila del asiento y, con una mano en el pasamanos, bajó despacio, sintiendo cómo sus pies volvían a tocar el suelo que había pisado durante su infancia y adolescencia. Habían pasado tres años desde que se había ido a la capital, tres años que ahora le parecían una eternidad llena de ruido, prisas y vacíos que no lograba explicar con palabras.
Miró a su alrededor. El pueblo no había cambiado casi nada. Las calles eran de ripio, con algunas veredas de cemento desgastado por el paso del tiempo y las lluvias. Las casas bajas, con techos de tejas rojas y paredes encaladas o pintadas de colores claros, se extendían ordenadamente hacia las faldas de las sierras que cerraban el horizonte como un muro azulado y verde. Al fondo, se distinguían las cumbres más altas, cubiertas de vegetación espesa, y entre ellas, el sendero que subía hasta el mirador donde su abuela solía llevarla cuando era niña. Sentir esa presencia inmóvil y silenciosa le provocó una mezcla extraña de nostalgia y alivio, como si algo en su interior hubiera dejado de estar en tensión por primera vez en mucho tiempo.
Caminó despacio arrastrando una valija de ruedas que chirriaba sobre el suelo irregular. No llevaba mucho equipaje: solo ropa, sus cuadernos de dibujo, una tableta gráfica y algunas fotografías que no había podido dejar atrás. Al llegar a la calle principal, pasó frente a la plaza con sus árboles centenarios y la fuente que apenas soltaba un hilo de agua clara. Unos pocos vecinos la miraron con curiosidad; algunos la saludaron con un movimiento de cabeza, sin reconocerla del todo, otros simplemente siguieron con sus tareas. En un pueblo tan pequeño, cualquier rostro nuevo —o que regresa después de años— no pasa desapercibido. Pero a Marina no le importó en ese momento. Lo único que quería era llegar a la casa que había heredado tras el fallecimiento de su abuela, la única persona que siempre la había entendido sin hacer preguntas.
La vivienda estaba en una calle tranquila, en el borde mismo del pueblo, justo donde comenzaban los primeros senderos que se adentraban en el parque natural. Era una construcción sencilla, con paredes de adobe revocado, un porche con columnas de madera y un pequeño jardín que, con el paso del tiempo y sin nadie que lo cuidara, se había llenado de hierbas silvestres y flores amarillas que crecían solas. Al sacar la llave del bolsillo, notó que le temblaban un poco los dedos. Giró la cerradura y empujó la puerta, que crujió con un sonido profundo y familiar. El interior olía a madera vieja, a cera de abeja y a tierra húmeda. La luz entraba por las ventanas con cortinas desgastadas, dibujando rayos inclinados que iluminaban partículas de polvo suspendidas en el aire.
Dejó sus cosas en el suelo y recorrió cada habitación. Todo estaba tal cual lo recordaba: la cocina con su gran fogón de ladrillos, la mesa de madera oscura donde habían comido tantas veces, las estanterías llenas de libros antiguos y frascos con hierbas secas. En el dormitorio principal, la cama con el colchón de lana y las sábanas de algodón que su abuela cosía con sus propias manos. Sentarse en el borde de esa cama fue como volver a respirar profundamente después de haber estado aguantando la respiración durante años. Allí, en medio del silencio, las voces de la ciudad, las discusiones interminables, las exigencias constantes y la sensación de no encajar en ningún lado comenzaron a desvanecerse poco a poco.
Marina había dejado la ciudad y su relación anterior hacía apenas dos semanas. Durante los últimos dos años, había vivido con alguien que al principio le prometió compañía y estabilidad, pero que con el tiempo se había convertido en una presencia que limitaba sus movimientos, sus decisiones y, sobre todo, su forma de ser. Su ex pareja no entendía por qué le gustaba dibujar paisajes en lugar de hacer diseños comerciales más rentables, por qué necesitaba estar sola a veces, por qué no hablaba de sus sentimientos con facilidad. Lo peor de todo era que, en el fondo, Marina nunca había logrado mostrarse tal cual era. Había guardado silencio sobre muchas cosas, sobre sus dudas, sobre sus deseos, sobre la sensación de que había una parte de ella que permanecía oculta, esperando el momento de salir. Esa relación había terminado en un silencio final, sin gritos, pero con una certeza dolorosa: si no se iba, se perdería a sí misma para siempre.
Ahora, en Santa María, sentía que tenía la oportunidad de empezar de nuevo, aunque no supiera exactamente cómo. Se levantó y abrió todas las ventanas para que entrara el aire fresco. El viento traía consigo el canto de los pájaros y el sonido lejano del arroyo que bajaba de las sierras. Decidió salir a caminar para estirar las piernas y conocer el terreno que la rodeaba. Se puso una camisa ligera, unos pantalones cómodos y sus zapatillas de andar, tomó una botella de agua y salió nuevamente por la puerta principal.
Caminó sin rumbo fijo, siguiendo el borde del pueblo hasta llegar a la entrada oficial del Parque Natural de las Sierras de Santa María. Allí había un cartel de madera pintado con letras oscuras que indicaba los senderos permitidos, las zonas de acampada y las normas de conservación. Se detuvo frente a él, leyendo cada línea con atención, mientras observaba la inmensa extensión de bosque y cerros que se abría ante sus ojos. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, rosados y violetas, y las sombras se alargaban sobre el suelo. En ese momento, escuchó pasos firmes y rítmicos acercándose por el camino de tierra que venía desde el interior del parque.
Al levantar la vista, vio a una mujer que salía de entre los árboles. Iba vestida con ropa de trabajo resistente: pantalones de algodón grueso, camisa de manga larga remangada hasta los codos, botas de cuero y un sombrero de ala ancha que le cubría parte de la frente. Llevaba una mochila grande a la espalda y en una mano sostenía una brújula y un cuaderno de anotaciones. Tenía el cabello oscuro, recogido en una trenza que le caía sobre un hombro, y la piel bronceada por el sol y el aire libre. Sus pasos eran seguros, relajados, como si conociera cada centímetro de ese lugar.