Los días siguientes transcurrieron para Marina con una calma que al principio le resultó casi extraña. Sin horarios estrictos, sin llamadas constantes ni ruidos de tráfico, el tiempo parecía fluir de otra manera, más lenta y profunda. Se dedicó a ordenar la casa, limpiar los rincones que habían quedado cerrados por años y abrir ventanas y puertas para que el aire renovara cada estancia. Mientras lo hacía, encontraba pequeños objetos que le traían recuerdos: un peine de madera tallada, un cuaderno de anotaciones de su abuela, semillas guardadas en sobres de papel, todo contando historias de una vida sencilla y en armonía con el entorno.
Por las tardes, cuando el calor del mediodía bajaba y la luz se volvía más suave, Marina salía a caminar. Al principio se limitaba a recorrer las calles cercanas, observando cómo vivía la gente, escuchando las conversaciones que salían de las casas o el canto de los pájaros en los árboles. Pero poco a poco, la curiosidad y el deseo de ver más allá del pueblo la fueron acercando cada vez más a la entrada del parque natural.
Cada vez que pasaba por allí, esperaba en secreto volver a ver a Lucía, aunque no sabía bien por qué. A veces solo veía el cartel de madera, el camino de tierra que se adentraba entre los árboles y nada más. Otras veces se cruzaba con otros vecinos o trabajadores del lugar, pero no volvía a ver esa figura de pasos firmes y mirada tranquila. Sin embargo, esa ausencia no hacía que el recuerdo se borrara; al contrario, cada vez que miraba hacia el bosque, venía a su mente la voz suave y la sonrisa breve de la guardaparque.
Una tarde, cuando llevaba ya casi una semana en Santa María, decidió ir un poco más lejos. Tomó la botella de agua, se puso un sombrero para protegerse del sol y se internó por el sendero principal, el más ancho y marcado, que el cartel indicaba como el más seguro para caminantes sin experiencia. Al principio el camino era claro, bordeado de arbustos y árboles de hojas anchas, con el suelo cubierto de hojas secas y pequeñas piedras. El aire olía a resina, a tierra húmeda y a flores silvestres que crecían a los lados. Marina caminaba despacio, deteniéndose a cada poco para observar la vegetación, escuchar el sonido del viento o dibujar rápidamente en su cuaderno algún detalle que le llamara la atención: una rama con forma especial, un grupo de flores azules, la silueta de una cumbre al fondo.
Estaba tan concentrada en lo que veía que no notó cuánto tiempo había pasado. El sol comenzó a bajar más rápido de lo que esperaba, y las sombras entre los árboles se alargaron hasta oscurecer partes del sendero. Al levantar la vista, se dio cuenta de que ya no reconocía bien las marcas que indicaban el camino. Había desviado la atención un poco más de lo debido, siguiendo un riachuelo que corría paralelo al camino principal, y ahora, al mirar hacia atrás, veía que el recorrido se veía diferente bajo esa luz cambiante.
La tranquilidad de los primeros momentos se transformó lentamente en una sensación de inquietud. Se detuvo, cerró los ojos un instante para respirar profundo y recordar lo que había leído en el cartel de entrada: “No se alejen de los senderos marcados. Si pierden la orientación, quédense en un lugar visible y no sigan caminando sin rumbo”. Pero en ese momento, la lógica le costaba más aplicarla. El silencio del bosque, que antes le parecía acogedor, ahora le resultaba inmenso y un poco desconocido. El sol se ocultaba tras las cumbres, y el cielo pasaba del azul claro a tonos dorados y violetas, pero entre los árboles la oscuridad crecía de prisa.
—¿Se te ha perdido el camino? —preguntó una voz desde unos metros más adelante.
Marina se sobresaltó y giró rápidamente, con el corazón latiéndole más fuerte. Al ver quién era, el alivio fue inmediato y profundo. Allí estaba Lucía, saliendo de entre los arbustos con la misma mochila y el mismo cuaderno que la primera vez, caminando con esa soltura de quien conoce cada rincón como si fuera su propia casa.
—Sí… creo que sí —respondió Marina, con una sonrisa nerviosa—. Me distraje dibujando y siguiendo el arroyo, y cuando quise volver, ya no estaba segura de por dónde había venido.
Lucía se acercó despacio, sin hacer gestos de preocupación ni de reproche, solo con esa calma que parecía ser parte de su naturaleza. Se detuvo frente a ella y miró a su alrededor, reconociendo el lugar al instante.
—No te preocupes, es algo que pasa mucho al principio —dijo con tono amable—. Este sendero tiene varias bifurcaciones que parecen caminos, pero solo son huellas de animales o desvíos que usamos para tareas de mantenimiento. Si sigues la corriente del agua, te alejas en lugar de acercarte a la salida.
Marina asintió, sintiéndose un poco torpe pero también tranquila por tenerla cerca.
—Gracias… la verdad es que ya empezaba a sentir que me iba a quedar aquí hasta mañana —admitió con una pequeña risa.
—No pasaría nada grave, pero sería más frío y más oscuro, y seguro que te quedarías con hambre —respondió Lucía con una sonrisa que le iluminó el rostro—. Vamos, te acompaño hasta la entrada. Es mejor caminar juntos mientras todavía tengamos luz suficiente.
Emprendieron el regreso, y Lucía iba marcando el camino con señales sencillas: “Mira esa roca con forma de cabeza de caballo, es un punto de referencia; si la ves, sabes que vas bien”, o “Ese árbol grande con la corteza agrietada es el límite de la zona de senderos permitidos”. Mientras caminaban, hablaban despacio, con la confianza que da estar en un lugar seguro y compartir un mismo recorrido.
—¿Te gusta mucho dibujar, entonces? —preguntó Lucía, señalando el cuaderno que Marina llevaba en la mano.
—Sí, es lo que hago —respondió ella—. Soy diseñadora gráfica, pero lo que más me gusta es dibujar paisajes, detalles de la naturaleza… cosas que no tienen fecha de caducidad, por así decirlo. En la ciudad trabajaba más en diseños para publicidad, carteles, cosas comerciales. Aquí siento que puedo volver a lo que realmente me gusta.