El Color de la Luz al Atardecer

Capitulo 4: Recuerdos que pesan

Pasaron tres días tranquilos después de aquella mañana en el café. Marina se dedicó a establecer su rutina: por las mañanas trabajaba en su computadora, respondiendo a los pocos clientes que le quedaban de la ciudad y organizando su espacio de trabajo en una de las habitaciones más luminosas de la casa. Por las tardes salía a caminar, siempre siguiendo los senderos marcados y sin alejarse demasiado, tal como le había recomendado Lucía. Aunque no se vieron en esos días, el recuerdo de sus conversaciones y la calma que le transmitía seguían presentes en su mente, como una luz suave que le ayudaba a enfrentar cualquier inquietud.

Sin embargo, la tranquilidad se rompió una tarde de jueves. Al volver de su paseo, encontró un sobre blanco en el buzón de la puerta, con la letra que conocía demasiado bien: la de su ex pareja, Elisa. Se quedó parada en el umbral, mirando el papel como si fuera algo que pudiera quemarla, sintiendo cómo, de repente, el aire se volvía más denso y la sensación de paz que había logrado construir empezaba a desvanecerse.

Entró en la casa, dejó sus cosas en silencio y se sentó en el borde de la cama, sosteniendo el sobre entre las manos sin abrirlo todavía. Sabía lo que podía encontrar dentro: explicaciones tardías, arrepentimientos que no llegaban a tiempo, propuestas para volver, o simplemente palabras que ya no tenían sentido, pero que tenían el poder de hacerla revivir todo lo que había querido dejar atrás. Con un suspiro tembloroso, rompió el sello y comenzó a leer.

El texto era largo, lleno de frases dulces pero cargadas de una vieja costumbre: intentar convencer, justificar, hacer sentir a Marina que se había ido por capricho, que podía arreglarse todo si regresaba. Al leerlo, las imágenes del pasado volvieron a su mente con una claridad dolorosa: las discusiones por horarios, por amistades, por la forma de vestir o de hablar; la sensación de que cada decisión que tomaba tenía que ser aprobada; la necesidad de ocultar sus gustos, sus pensamientos y, sobre todo, esa parte de sí misma que nunca había podido expresar con total libertad.

Recordó cómo, poco a poco, había ido perdiendo su voz. Al principio creyó que era amor, que era ceder por el bien de la relación, pero con el tiempo comprendió que estaba desapareciendo. Ya no dibujaba con la misma pasión, ya no salía a caminar sola, ya no se sentía cómoda en su propia piel. Cuando decidió irse, lo hizo con el corazón roto, pero con la certeza de que era la única forma de salvarse a sí misma. Y ahora, esa carta parecía querer arrastrarla de nuevo a ese lugar oscuro y cerrado.

Al terminar de leer, sintió un nudo en la garganta y lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas, no por nostalgia, sino por la frustración de darse cuenta de que, aunque había cambiado de lugar, los recuerdos y las dudas todavía podían alcanzarla. Se levantó de golpe, salió de la casa y caminó sin rumbo, necesitando aire, necesitando alejarse de esas cuatro paredes que de repente le parecieron demasiado pequeñas.

Caminó calle abajo, pasó por la plaza y siguió hacia el camino que subía hacia el mirador más cercano, un lugar al que todavía no había ido, pero que veía desde la puerta de su casa. El sendero era empinado, pero corto, y en menos de veinte minutos llegó a la cima. Allí se detuvo, apoyó las manos en la barandilla de madera y miró hacia abajo: el pueblo parecía una maqueta ordenada, con sus techos rojos y sus calles de tierra, y más allá, las sierras se extendían en capas de colores que iban del verde intenso al azul pálido en la lejanía.

El viento soplaba con más fuerza allí arriba, secando sus lágrimas y despeinándola. Se quedó en silencio, respirando hondo, intentando que el aire fresco se llevara la angustia que la carta había despertado. Pero las palabras seguían dando vueltas en su cabeza: “Te necesito”, “Nadie te va a querer como yo”, “¿Qué vas a hacer en un pueblo tan lejos de todo?”. Eran frases que ya había escuchado antes, frases que intentaban hacerla sentir pequeña e insegura.

—Parece que el viento no es suficiente para llevarse todo lo que pesa —dijo una voz suave detrás de ella.

Marina se giró sobresaltada, pero al ver a Lucía, que estaba parada unos pasos atrás con las manos en los bolsillos y una expresión tranquila y comprensiva, sintió que algo en su interior se relajaba. No se había dado cuenta de que había subido detrás de ella, ni de cuándo había llegado.

—No quería interrumpir —agregó Lucía con suavidad, acercándose sin hacer ruido—. Te vi pasar caminando muy rápido, con la mirada perdida, y me pareció que necesitabas compañía, aunque fuera en silencio.

Marina asintió, secándose las últimas lágrimas con el dorso de la mano, sintiéndose un poco avergonzada por ser vista en ese estado, pero también aliviada de no estar sola.

—Llegó una carta —dijo con voz entrecortada—. De mi antigua vida… de mi relación anterior. Pensé que ya lo tenía todo superado, pero parece que todavía puede hacerme daño.

Lucía se acercó y se apoyó también en la barandilla, respetando el espacio de Marina, sin mirarla fijamente, sino mirando hacia el paisaje, como si compartir la vista fuera la mejor forma de acompañarla.

—No te culpes por sentirlo —respondió con calma—. Las cosas que vivimos, las palabras que escuchamos, se quedan guardadas en algún rincón. No desaparecen de un día para otro solo porque cambiemos de casa o de lugar. Lo que importa es cómo las miramos ahora.

Marina suspiró y dejó caer los hombros, dejando salir todo lo que tenía guardado.

—Me hizo sentir que no valgo nada por mí misma —confesó—. Que necesito a alguien que me diga qué hacer, que me cuide… pero en realidad, esa protección era una forma de control. Con el tiempo, dejé de saber quién era yo sin ella. Por eso me fui, pero a veces me da miedo: ¿y si tenía razón? ¿Y si no soy capaz de salir adelante sola?

Lucía la miró entonces, con esa mirada profunda que parecía ver más allá de las palabras, y le habló con una sinceridad que le llegó directo al corazón.




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