El Color de la Luz al Atardecer

Capitulo 7: La Noche de Lluvia

El clima en las sierras cambia con una rapidez que sorprende a quienes no están acostumbrados. Durante toda la tarde el cielo había permanecido despejado, con un sol cálido que doraba las copas de los árboles, pero hacia el atardecer, unas nubes grises y densas comenzaron a acumularse desde el oeste, cubriendo poco a poco la luz del día. El viento se levantó de golpe, agitando las ramas y trayendo consigo un olor húmedo y fresco que anunciaba tormenta.

Marina estaba en su estudio, organizando sus dibujos y revisando unos correos de trabajo, cuando escuchó el primer trueno, lejano pero profundo, que retumbó entre las montañas. Se asomó por la ventana y vio cómo el cielo se oscurecía por completo en cuestión de minutos. Las primeras gotas cayeron dispersas, pero pronto se transformaron en una lluvia intensa y constante, que golpeaba los techos y las hojas con un ruido envolvente.

Cerró bien las ventanas y revisó que no hubiera corrientes de aire, recordando lo que le había contado su abuela: las casas de adobe aguantaban bien, pero con tormentas fuertes a veces aparecían filtraciones en los techos más antiguos. No tardó en comprobar que tenía razón. A los pocos minutos, escuchó un goteo suave pero continuo en el rincón del dormitorio principal. Al encender la luz, vio que el agua se filtraba por una pequeña grieta entre las tejas y caía sobre el suelo, formando un charco que iba creciendo despacio.

Preocupada, buscó cubos y trapos en el armario, pero la lluvia no daba tregua y el viento seguía soplando con fuerza, moviendo las puertas y haciendo crujir las vigas de madera. Para empeorar las cosas, de repente las luces se apagaron y la casa quedó sumida en una penumbra solo iluminada por los relámpagos que cruzaban el cielo cada pocos segundos. El suministro eléctrico solía cortarse en las tormentas más fuertes, y podía tardar horas en volver.

Marina respiró hondo para calmar la inquietud que le provocaba la oscuridad y el ruido de la tormenta. Recordó que tenía lámparas de queroseno y velas guardadas en la cocina, tal como le había recomendado Lucía días atrás. Las buscó con cuidado, encendió una y luego otra, y con esa luz cálida y temblorosa pudo ver mejor la situación. Colocó los cubos debajo de la filtración y extendió trapos para que el agua no mojara las paredes ni los muebles, pero sabía que no podría reparar el daño mientras lloviera con tanta intensidad.

Estaba de pie en el pasillo, escuchando el ruido ensordecedor de la lluvia, cuando escuchó unos golpes firmes en la puerta de entrada. Se quedó inmóvil un instante, sorprendida: ¿quién saldría con semejante tormenta? Se acercó con precaución y, al abrir un poco, vio la silueta de Lucía, cubierta por un impermeable grueso, con el cabello empapado y una linterna en la mano.

—¿Estás bien? —preguntó Lucía al instante, levantando la linterna para iluminar el rostro de Marina—. Vi que se fue la luz y que la lluvia caía con fuerza, y me acordé de que el techo de esta zona necesita algunas reparaciones. Quise pasar por si necesitabas algo.

Marina sintió cómo la tensión se le iba del cuerpo al verla.

—¡Lucía! Sí, estoy bien, pero se me está filtrando agua en el dormitorio y no sé cómo taparlo bien hasta que pare —respondió con alivio, abriendo la puerta para que entrara—. Muchas gracias por venir, no tenía por qué molestarte.

—No es ninguna molestia —dijo ella mientras sacudía el agua de su ropa en el porche antes de entrar—. Forma parte de estar en el pueblo: nos ayudamos entre todos cuando hace falta.

Una vez dentro, Lucía dejó la linterna sobre la mesa y se quitó el impermeable, dejándolo colgado cerca de la puerta para que escurriera. Con la luz de las velas, sus rasgos parecían más suaves, y sus ojos brillaban con una calma que tranquilizaba cualquier inquietud.

—Vamos a ver qué pasa —dijo con seguridad.

Fueron juntas al dormitorio. Lucía observó la filtración, tocó la madera y miró hacia arriba, calculando con experiencia.

—Es solo una teja que se ha movido por el viento —explicó—. No es grave, pero mientras siga lloviendo entrará agua. Podemos poner una lona encima desde afuera para cortar el paso, y con los cubos controlamos lo que caiga hasta mañana.

Sin perder tiempo, salió brevemente al porche, donde tenía en su mochila una lona resistente y cuerdas que siempre llevaba consigo para emergencias. Con ayuda de Marina, que sostenía la linterna, subió con cuidado a la parte baja del techo y colocó la lona sobre la zona afectada, fijándola bien para que el viento no la arrancara. En menos de diez minutos, el goteo se redujo casi por completo.

Cuando volvió a entrar, tenía las mangas mojadas y el rostro salpicado de agua, pero sonreía satisfecha.

—Listo. Ahora ya no hay peligro de que se humedezca más la pared. Mañana, cuando amanezca y pare de llover, ajustamos la teja y queda como nueva.

Marina le ofreció una toalla seca y una taza de infusión caliente de hierbas, que preparó sobre una pequeña estufa de carbón que había en la cocina. Se sentaron en las sillas del comedor, cerca de la mesa iluminada por las velas, mientras afuera la tormenta seguía rugiendo, como si quisiera encerrar el mundo entero bajo su fuerza.

—No sabes cuánto te lo agradezco —dijo Marina, tomando su propia taza entre las manos para calentarse—. Si no hubieras venido, seguro que habría amanecido con el suelo inundado y no habría sabido qué hacer.

—Te lo dije una vez: no estás sola aquí —respondió Lucía con suavidad—. Además, me alegra haber venido. Me gusta este rincón, y más cuando está iluminado así, con luz de vela y lluvia afuera. Da una sensación de refugio, ¿no crees?

Marina asintió, mirándola con atención. En esa luz tenue, con el ruido constante del agua y el trueno que retumbaba de vez en cuando, la distancia que solía haber entre ellas parecía haberse desvanecido por completo. Había un aire de intimidad natural, sin esfuerzo, como si ese espacio reducido y esa situación imprevista hubieran derribado cualquier barrera que quedaba.




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