El Color de la Luz al Atardecer

Capitulo 8: Primer Acercamietno

Cuando amaneció, el cielo se había despejado por completo, dejando ver un azul intenso y limpio, como si la tormenta hubiera lavado cada rincón del valle. El sol salía despacio, proyectando rayos dorados que se reflejaban en el agua que quedaba sobre las hojas, los techos y las piedras, creando un brillo similar al de miles de pequeñas joyas. El aire era fresco y olía a tierra mojada, a resina y a flores que habían recibido por fin la humedad que necesitaban.

Marina y Lucía pasaron las primeras horas de la mañana revisando el techo. Tal como había dicho la guardaparque, solo era una teja que se había desplazado por el viento; con unas pocas herramientas y mucha destreza, la volvieron a colocar en su sitio y aseguraron las demás alrededor. Al terminar, no quedaba ni una sola gota de agua entrando en la casa, y el problema quedaba resuelto para mucho tiempo.

Mientras trabajaban, hablaron poco, pero no hizo falta. La presencia de la una al lado de la otra, la forma en que se entendían con gestos y miradas, revelaba que algo había cambiado definitivamente entre ellas. Las palabras que habían compartido durante la noche ya no eran solo pensamientos, sino una verdad que ambas reconocían sin necesidad de repetirla.

Después de limpiar y ordenar, desayunaron juntas en la mesa de la cocina, con pan recién horneado que Lucía había traído de su casa antes de salir, mermelada de frutas silvestres y café caliente. El ambiente era tranquilo, más íntimo y relajado que nunca, como si ya hubieran compartido cientos de mañanas así.

—Hoy tengo que hacer un recorrido por la zona sur del parque —dijo Lucía mientras terminaba su taza—. No es largo, pero me llevará hasta la hora de la tarde. Si quieres, cuando termine podemos subir al mirador del atardecer; es el mejor lugar para ver cómo cae el sol después de una tormenta. La luz cambia de una forma que no se ve en días normales.

Marina asintió con una sonrisa que le iluminaba el rostro.—Me encantaría. Te espero aquí, o donde me digas.

—Te paso a buscar a las cinco, entonces. Descansa un rato mientras tanto.

Se despidieron con un gesto suave, pero cuando Lucía salió por la puerta, sus miradas se sostuvieron un segundo más de lo habitual, cargadas de una promesa silenciosa.

Durante las horas que siguieron, Marina no pudo concentrarse mucho en sus tareas. Su mente volvía una y otra vez a lo que habían hablado, a la forma en que Lucía la había mirado, a la sensación de seguridad y paz que le transmitía. Sentía que el nudo de dudas que había llevado dentro durante tanto tiempo se iba soltando poco a poco, dejando paso a una claridad nueva y dulce. Sabía lo que sentía, y sabía que era correspondido; ahora solo quedaba dejar que todo fluyera con naturalidad, sin prisas ni miedos innecesarios.

Cuando el reloj marcó las cinco en punto, escuchó pasos en el camino y salió al porche. Lucía ya estaba allí, con su ropa de trabajo limpia, el cabello recogido con una cinta de tela y una sonrisa que esperaba por ella. Caminaron juntas hacia el sendero que subía al mirador, el mismo al que Marina había ido el día que llegó la carta de su ex pareja. Pero esta vez, el recorrido tenía un significado completamente distinto.

El suelo estaba húmedo pero firme, y el aire tenía una frescura especial. A medida que subían, podían ver cómo el sol iba bajando, tiñendo el cielo de tonos que iban del amarillo brillante al naranja intenso, pasando por rosas suaves y malvas profundas. Al llegar a la cima, se quedaron sin aliento ante la vista: el valle se extendía a sus pies, cubierto de una neblina ligera que se elevaba desde los arroyos y los bosques, y las sierras al fondo parecían recortadas contra un cielo que parecía pintado a mano.

—Es más hermoso de lo que imaginaba —susurró Marina, apoyándose en la barandilla de madera.

—Lo sé —respondió Lucía, parándose a su lado—. Después de la lluvia, el aire está tan limpio que se ve todo con una claridad que no es habitual. Y la luz… la luz se filtra entre las nubes dispersas y crea sombras y reflejos que duran solo unos minutos. Por eso me gusta tanto venir aquí.

Se quedaron en silencio unos instantes, disfrutando del espectáculo de la naturaleza. El viento soplaba suavemente, moviendo suavemente el cabello de ambas y trayendo consigo el canto de los pájaros que volvían a sus nidos. Poco a poco, Lucía se giró hacia Marina, y cuando ella también se volvió, sus miradas se encontraron y se sostuvieron con una intensidad tranquila, sin miedo ni duda.

—Marina —empezó Lucía con voz suave pero firme—. Anoche te dije que yo también sentía que todo había cambiado desde que llegaste. Quiero decírtelo claramente, sin dejar lugar a confusiones: me gustas. Me gustas por tu forma de ver el mundo, por tu sensibilidad, por tu honestidad y por esa fuerza que tienes, aunque a veces tú misma no la veas. No quiero apresurarte ni pedirte nada que no estés lista para dar, pero necesitaba que lo supieras con total claridad.

El corazón de Marina latía con fuerza, pero no por nerviosismo, sino por una alegría inmensa que le llenaba el pecho. Sentía que sus palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar, y que por fin podía dejar salir todo lo que había guardado en silencio.

—Yo también siento lo mismo —respondió ella, con voz suave pero segura—. Desde el primer día que te vi, hubo algo en ti que me llamó la atención, pero a medida que te fui conociendo, se convirtió en algo mucho más profundo. Me haces sentir segura, comprendida y, sobre todo, me haces sentir que puedo ser yo misma sin tener que ocultar nada. Tú me ayudaste a encontrarme a mí misma, Lucía. No tengo dudas ya.

Lucía sonrió, una sonrisa llena de ternura y alivio, y levantó lentamente una mano, acercándola con suavidad hasta tocar la mejilla de Marina, con la palma cálida y suave. El contacto fue ligero al principio, como si quisiera asegurarse de que tenía permiso, y cuando Marina cerró los ojos e inclinó ligeramente la cabeza hacia su mano, Lucía se acercó un poco más.




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