El Color Perfecto

Capítulo 28. Familiares de...

 

– En serio, esos son de ustedes, pero solo se pueden abrir después de medianoche. – Dice él con calma a los chicos que emocionados tocan cada paquete.

Los regalos son colocados bajo el árbol de Navidad y las bolsas abiertas de inmediato.

Ropa, zapatos, perfumes son el contenido de los paquetes que se abrieron por los destinatarios, algunos estaban marcados con el nombre de Paulina, otros con el de su primogénito y otros con el de la princesita de la casa.

Paulina estaba avergonzada por tantos regalos, hubiera preferido que él le preguntara primero o al menos se lo comentara, pero no, no fue así.

El contenido es exquisito, de las mejores marcas, Paulina logra reconocer algunas prendas que se había probado aquella tarde con él. Dos de los paquetes permanecen sin abrir en manos de Carlos Alberto, solo cuando los niños se van a sus habitaciones él se los entrega.

Una maravillosa ropa interior de encajes y sedas muy suaves, que parecen que van a derretirse ante su contacto.

– Quiero que uses esto hoy – dijo antes de entregarlo, justo cuando ya ella tiene en sus manos las prendas oscuras como la noche, termina en un susurro enloquecedor – quiero quitártelas...

La mirada de Paulina lo silencia, ella no quiere que los niños escuchen algo así. Su sonrisa, al principio tímida luego muy, muy coqueta, le da el sí que él está esperando.

Un beso de agradecimiento y otro de mero deseo, este último con ganas de devorar, no solo los labios del otro, sino el alma, la voluntad y el ser. Si no fuera por los niños tan cerca el final de la tarde habría sido un enredo de piernas. En ese momento Paulina recuerda algo importante, pero deben hablarlo cuando no estén sus hijos cerca. "Preservativos, preservativos", en su mente no ha dejado de dar vueltas esa palabrita.

Hornear los rollos de pollo, controlar a los chicos, mantener las manos de Carlos Alberto lejos de su cuerpo y apaciguar sus propios deseos se convierten en el interminable anochecer de ese veinticuatro de diciembre. A Las 9:00 salen para la casa de su hermana mayor riendo y haciendo conjeturas a cerca del contenido de los regalos bajo el árbol.

En unos segundos todo pasó de alegría y felicidad infinitas a confusión excesiva. Un fuerte golpe en el lado del conductor hace que el carro se vuelque, todo pasa tan rápido que Paulina solo alcanza a mirar a sus hijos en la parte trasera del vehículo y todo se vuelve oscuridad.

Luces en azul y rojo... Cuerpos que se mueven a su alrededor... Oscuridad... Luces que aparecen y desaparecen... Sonidos y palabras que no reconoce... Oscuridad...

***

Cecilia y Julio están en el pasillo de la clínica abrazados y acompañados por sus hijos. Los enrojecidos ojos de Cecilia evidencian las lágrimas derramadas durante las últimas horas.

– Familiares de...

– Nosotros. – es interrumpido por Karen, el médico que acaba de salir de quirófano se acerca con calma, todos se lo comen con los ojos.

– Todo ha salido bien. La señora está en sala de recuperación. En unas horas podrán acompañarla.

– Gracias doctor. Disculpe, nos podría decir cómo ésta Carlos Alberto, el conductor, no nos han dicho nada de él. – Pregunta Karen, quien se ha tomado el liderazgo de la situación, como siempre.

– ¿Ustedes son familiares? – inquiere el galeno, mirando a los presentes.

– Él es el novio de mi hermana... – Dice ahora Karina.

– Entiendo... – El hombre de unos 40 años, con una figura poco envidiable, los mira y se decide a comentar – El señor está en estado crítico, aún está en sala de cirugía, su pronóstico es reservado.

– Doctor, ¿está seguro de que mi hija está bien? Yo quiero verla ya. – Los brillantes ojos de Cecilia expresan más que sus palabras, ya había perdido un hijo por culpa de esa maldita enfermedad y no quiere perder a Paulina también y menos de una manera tan estrepitosa. Casi llorando termina – Déjeme verla, por favor.

– Creo que en poco tiempo podría pasar a verla, pero solo unos minutos, es mejor dejarla descansar.

– Lo se doctor, pero quiero verla. – Repite ella con su voz anhelante.

– Mami, tranquila todo va a salir bien, las cosas van a salir bien. – responde su primogénita.

– La mirada perdida de Cecilia al sentarse en la silla del pasillo llama la atención de todos. Parece que en ese momento se hace consciente de todo y muestra su evidente cansancio y preocupación.

El médico les recomienda ubicarla en otro espacio para que descanse y se sienta mejor. Esta noche no podrán hacer mucho.

Treinta minutos más tarde Cecilia entra a ver a su hija, ella aún se encuentra sedada y parece que durmiera, solo un pequeño parche en la sien derecha, el yeso del brazo del mismo lado y la bolsa de suero que le provee de líquidos muestran la razón de su real estado.

Mueve los párpados, intenta hablar. No puede, siente mucho sueño, está muy dolorida. Cecilia agarra su mano izquierda y la acaricia con mucho amor. Solo escucha que su madre la llama por su nombre. Intenta sonreír.

– Sebas, Vero, Carlos... – Susurra adolorida y medio dormida, aun bajo los efectos de los anestésicos.

– Shhh, tranquila ellos están bien. – Consuela su madre.

– Mis ángeles, quiero...

– Shhh, ya los verás, descansa, todo está bien.

Las cosas no están tan bien, en realidad los niños sólo sufrieron unos pocos golpes y contusiones, están en observación, allá los acompañan Heriberto y Karina, pero Carlos Alberto es otra historia, no quiere pensar cómo se debe sentir la mamá de ese muchacho en ese momento.

Los guardaespaldas de él habían estado bastante cerca durante esas horas y se habían visto bastante afectados por la situación, fueron los encargados de avisar a la familia de Carlos Alberto, nadie de la familia Valiente tenía un teléfono de contacto de su familia.




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